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El mercado interno, clave en cualquier estrategia de desarrollo

— Mauricio Caussi

MIÉRCOLES 15 DE MAYO DE 2019

La realidad que nos impone la situación planteada entre EEUU y China tiene aspectos que pueden ser analizados desde distintas planos. Esta cuestión, que ha instalado en la agenda pública diaria desde hace varias semanas, pero que ha tomado trascendencia en la agenda política nacional muy especialmente a partir de la mención que días atrás realizara la ex presidenta Cristina Fernández en su discurso de presentación del libro “Sinceramente”, nos puede servir de mucho a los argentinos. Más allá de las consecuencias financieras coyunturales que la escalada comercial entre aquellos países viene teniendo, tal como lo es la devaluación de las monedas de países emergentes, y que particularmente por el contexto especial que atraviesa nuestro país profundiza un problema que tiene origen en otras causas, el debate generado ha puesto sobre la mesa la importancia de las políticas tendientes a cuidar el mercado interno de un  país.

Claro está que el problema de la depreciación acelerada que el peso está  teniendo, tiene orígenes propios en el diseño e instrumentación de la política macroeconómica que lleva adelante el gobierno macrista. Pero rápidamente esa connotación negativa del hecho internacional, debe dejar paso a las bondades de poner en el centro del debate nuevamente las políticas económicas que está llevando adelante EEUU, que impulsa el presidente Trump, y que en buena parte deberían volverse a retomar en Argentina, poniendo el foco de atención en el desarrollo industrial. Cuando la Ex Presidenta plantea “mirar un poquito más lo que está ocurriendo en el norte”, hace referencia a esto. Lo que Trump básicamente ha hecho es consolidar tanto en el discurso como en la instrumentación, una política que tiende a revitalizar el mercado interno, a partir de decisiones de política impositiva interna y de política comercial, elevando los niveles de proteccionismo arancelario, y cuyo principal afectado es China por la gran masa de productos de dicho origen que ingresan al mercado estadounidense desde hace muchos años. Lo que está haciendo Trump es revalorizar la importancia del desarrollo industrial como vehículo de desarrollo integral de una sociedad. 

No debemos dejar de marcar que la disputa que están viviendo EEUU y China tiene un trasfondo geopolítico. Es como si se estuviera viviendo hoy, desde el plano puramente comercial, una nueva “Guerra Fría”, pero en este caso con ribetes comerciales antes que bélicos. Así como hace 60 o 70 años la disputa entre EEUU y la URSS tuvo también un trasfondo referido al impulso, a partir de la escalada de  inversión con fines potencialmente bélicos, la revolución industrial y tecnológica de aquel momento, esta disputa comercial actúa en igual sentido. Claramente, lo que se vive es una  reafirmación de la  importancia del desarrollo industrial, aunque adaptado a las “condiciones de época” como condición indispensable para la consolidación de un proceso de desarrollo.

Esto que reinstaura Trump, entonces, no debe verse como una nueva era en el proceso de globalización, sino que constituye un “nuevo momento” de un proceso que, a mi juicio, lleva ya varios siglos, pero que no se impone como una cosa hegemónica, sino que conviene relativizarlo un poco. En estadísticas que son de este siglo XXI, la Organización de las Naciones Unidas plantea, entre otros, dos datos contundentes. Por un lado, nos dice que poco más del 80% de las transacciones económicas totales en el mundo (lo que los economistas llamamos el valor bruto de producción), son transacciones que se desarrollan puertas adentro de la frontera de cada país, en el mercado interno. Y en segundo lugar, nos dice que el 74% de las personas que trabajaban a comienzos del Siglo XXI, lo hacen en proximidades de su lugar de origen. ¿Qué plantea esta realidad? Que en la era de la globalización y su profundización, la dinámica del mercado interno, la escala local y micro-regional, tanto a nivel de transacciones económicas como a nivel de empleo, sigue siendo fundamental. Desde ya que el proceso globalizador brinda oportunidades, particularmente a la Argentina ante un mundo que demanda crecientemente alimentos (por ejemplo), pero no hay que perder de vista la importancia del mercado interno, porque a partir del mismo se desarrolla la “competitividad sistémica”, que luego permitirá las empresas nacionales acceder a esas oportunidades de negocios que le da el mundo globalizado. Mal podremos tener empresas “competitivas mundialmente”, si regalamos nuestro mercado interno, tanto en términos de no generación de inyecciones crecientes a la demanda local, como en términos de apertura irrestricta y generalizada al ingreso de productos importados. Trump cuando diseña e implementa sus políticas, pone el foco en su mercado interno, protegiendo a sus industrias y a sus trabajadores de la creciente penetración China que se viene dando, como decíamos, desde hace décadas.

Si bien es cierto que esta escalada puede generar nuevamente un cierre relativo de las economías mundiales, afectando al comercio exterior argentino también, no nos preocupemos por lo menos importante. Aquella ideología de pensamiento económico que impera hace décadas y realza las bondades de la apertura de las economías, insisto, debemos relativizarla. Citando una de las ideas fuerza de un economista al que respeto especialmente, como Aldo Ferrer (para un ciudadano interesado por el destino de Argentina, es insoslayable la lectura de su obra más importante, “La Economía Argentina: desde sus orígenes hasta principios del siglo XXI”), uno de los pilares sobre los que se estructura la “densidad nacional”, es sostener con el mercado externo una relación no de sumisión, sino “de iguales”. En esta lógica, los países más desarrollados del mundo siempre han propiciado desde algunos ámbitos de discusión y formación de pensamiento, ideas políticas que, cuando uno analiza lo que cada uno de ellos hace, no se condicen mucho con lo que pregonan. Por caso, son aquellos países quienes plantean hacia el resto la conveniencia de instrumentar políticas liberales, pero “puertas adentro” uno puede encontrar claramente lineamientos proteccionistas con continuidad en el tiempo.

Finalmente, debemos  trabajar todos en reafirmar permanentemente (y Don Aldo muy bien lo explica en  la mencionada obra) que no hay mejor política de fortalecimiento del mercado interno, que la instrumentación desde distintos planos de políticas que impulsen procesos de redistribución progresiva de los ingresos. Una sociedad con pocos que ganan mucho, y muchos que ganan poco, es una sociedad que no genera una demanda que propicie la aparición de un tejido pyme fuerte. Esa sociedad es una sociedad que consume poco, que invierte poco, y que además posibilita una participación importante de los productos importados. Una  sociedad como aquellas de los siglos XVIII,XIX, y principios del XX en la Argentina. Luego de la Primera Guerra Mundial, Argentina ha recorrido en algunos períodos un camino inverso: con base en políticas de redistribución progresiva del ingreso, se avanzó en procesos de industrialización que crearon millones de  puestos de trabajo, que  potenciaron y mejorar el  perfil exportador del país agregándole  valor a nuestros productos, y que en definitiva viabilizaron un proceso de movilidad social ascendente que colocó a nuestro país como un caso único en América Latina, pero que sistemáticamente, y de manera cada vez  más abrupta, han sido interrumpidos. 

Bienvenida entonces la disputa China-EEUU para debatir nuevamente estas ideas. Porque más allá de los nombres propios de turno de cada coyuntura política, lo importante es debatir ideas que hagan a la posibilidad de estructurar un sendero de desarrollo sostenible para un país.

“Sin Industria, no hay Nación”, reza la frase con la que se identifica la Unión Industrial Argentina.  Bienvenido el debate que trae Trump y su escalada comercial con China, para agregar que “Sin Mercado Interno, no hay Industria”. 

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El autor es economista, docente universitario y Secretario General de la Universidad Nacional de Rafaela.

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