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Violencia en América Latina

— Adriana Rossi

VIERNES 08 DE NOVIEMBRE DE 2019

Fueron semanas de elecciones, Bolivia, Argentina, Uruguay y Colombia, presidenciales las primeras tres, la última para elegir poderes locales. Ganó Evo Morales en Bolivia, pero la oposición habla de fraude. Ganó Alberto Fernández en Argentina e inaugura un ciclo que se supone lejos de los esquemas que engulleron al país en una espiral de deudas no sólo económicas sino sociales. Uruguay espera una segunda vuelta con el partido de gobierno, el Frente Amplio, debilitado. El futuro es incierto. 

En Colombia el urubismo, derecha guerrerista con relaciones muy pocos santas con el paramilitarismo más que activo en una Colombia que busca una paz sin encontrarla, pierde sus bastiones y pierde terreno el partido del presidente Iván Márquez. Se asoman nuevos partidos, nuevos personajes como la alcaldesa de Bogotá, primera mujer a ocupar ese cargo, asoman los jóvenes antes ausentes en un escenario electoral, se impone más el centro y una derecha moderada, de acuerdo al análisis de Héctor Bernardo, periodista y escritor, que de todas formas hace hincapié en los asesinatos de líderes sociales y ex guerrilleros de las Farc, que ensangrientan el país.

Y fueron semanas de convulsiones. Salieron a la calle los habitantes de Puerto Rico, de Haití, de Honduras, de Panamá, de Ecuador y de Chile. Por la corrupción, en contra de reformas consideradas poco democráticas, por nuevas asambleas constituyentes, contra el aumento de boletos, de carburante, por paquetes económicos con el sello del FMI o de un sistema que promete paraísos futuros que nadie alcanza, salvo un restringido número de habitantes que de rico se vuelve más rico. 

Son protestas espontáneas nacidas del hartazgo, de la desigualdad y de promesas incumplidas, de derechos conculcados. Son protestas que surgen del límite mismo de un sistema capitalista neoliberal.

No es sólo América Latina que se revuelve y se rebela. El modelo cruje y cruje en todo el mundo con resultados dispares. Chalecos amarillos en Francia ya debilitados, protestas en Líbano con un primer ministro que tuvo que renunciar, protestas violentas con más de 80 muertos en Irak, protestas en Arabia Saudita. El pretexto puede ser cualquiera, el enojo y la rabia parecen ser los mismos. 

La derecha reacciona

En el continente asistimos a las declaraciones furibundas del presidente de Brasil que habla de un enemigo externo, por supuesto Maduro, que fomenta las revueltas. Se asiste a su escalada verbal en contra del gobierno argentino recientemente electo que representa un modelo más inclusivo. Se vislumbran tiempos difíciles en las relaciones binacionales y dentro de bloques como el Mercosur, y para el pueblo brasileño, que está siendo intimidado por la amenaza de desempolvar decretos de la época de la dictadura en caso se le ocurra seguir el ejemplo de un Chile o de un Ecuador. 

En Ecuador el gobierno de Lenin Moreno que se sentó a negociar con los representantes indígenas que asumieron el liderazgo de la protesta campesina, da señales de dar marcha atrás respeto de las decisiones consensuadas que desactivaron el levantamiento popular e inaugura una caza de brujas en contra de los partidarios de Rafael Correa, acusados además de estar financiando la protesta vía Venezuela. 

En Chile el presidente Piñera saca una agenda social para aplacar la reacción popular, rechazada por la sociedad ya que pone parches y no resuelve las problemáticas de fondo. Pide perdón y afirma escuchar a los ciudadanos al mismo tiempo que alaba la labor de los carabineros acusados de violencia, maltrato, abusos sexuales, encarcelamiento, desaparición y tortura de los manifestantes al mejor estilo pinochetista, mientras se acumulan los muertos y se presenta una demanda contra el mismo presidente por delito de lesa humanidad.

El gobierno saliente de Argentina, que también afirma escuchar los reclamos de la sociedad,  termina aplicando a los pocos días de haber perdido las elecciones aumentos en los servicios, combustibles y alimentos, en una especie de castigo por la derrota. 

Y en el ojo de otra tormenta, ya que la de Chile no amaina, se encuentra Bolivia cuyas elecciones están siendo revisadas y auditadas por enviados por la Unión Europea y por la OEA, organismo no muy afín al presidente, pero que Evo Morales convocó, al mismo tiempo que prometió aceptar, por ser vinculantes, los resultados de la auditoría y llamar a nuevas elecciones en caso de constatar fraude. A pesar de ello se está manifestando una oposición muy violenta liderada no por Carlos Meza, el otro candidato a la presidencia, sino por Luis Alberto Camacho. Representante del Comité Cívico de Santa Cruz Camacho intima a Evo Morales a que renuncie, fomenta enfrentamientos y acciones como la quema del municipio de Vinto y la agresión a su intendenta en el departamento de Cochabamba, los ataques a los partidarios de Evo Morales y a toda persona de rasgos indígenas en una mezcla de xenofobia con fervor religioso, que caracteriza a la ultraderecha del oriente boliviano, tierra de donde históricamente salieron todos los golpes de estado.

Lo que pone de manifiesto semejante panorama es una serie de fenómenos. 

La espontaneidad de la protesta habla de bronca y humillación por las condiciones cada vez más invivibles de sectores de la sociedad, desde la clase baja hasta una burguesía que va descendiendo cada vez más los peldaños en la jerarquía social hasta perder su estatus. 

Hace visible en muchos países una crisis política  que no permite vehicular el malestar de la sociedad para encontrar salidas o poner un coto a un sistema devastador como expresó Manuel Parra, médico, desde Chile en una entrevista la semana pasada a Atlas Internacional, pero que encuentra en las asambleas y reuniones de ciudadanos su forma de expresarse para diseñar un país diferente. 

Hace patente también como la derecha va adornando su discurso, en primer lugar para atraer votantes, como señala Rodolfo Levin, sociólogo desde Montevideo respecto de la primera vuelta en las elecciones para presidente en Uruguay y en segundo lugar para desarticular protestas y luego mantener el estatus quo, cambiando algo para que nada cambie, al estilo Piñera.

O finalmente muestra su lado más oscuro, autoritario, en algunos casos directamente fascista, a través de personajes como el ya citado Bolsonaro en Brasil, Juan José Gómez Centurión o José Luis Espert en Argentina y Guido Manini Ríos de Uruguay del llamado partido militar al que se suma Luis Alberto Camacho de Bolivia, que insta a la violencia estilo guarimba venezolana; y finalmente a través de la actuación de unas fuerzas del orden marcadas por la violencia, el desprecio por los derechos humanos, y por un entrenamiento recibido por fuerzas estadounidenses e israelíes.

Son éstas las distintas facetas de un sistema que ha llegado a su límite, un sistema que en América Latina se está desplomando en palabras del politólogo Atilio Boron, pero que está decidido a permanecer cueste lo que cueste y con un sólido apoyo del país del norte cuna de este modelo.

El artículo se basa en los aportes de investigaciones y entrevistas realizadas por Atlas Internacional a Manuel Parra - Chile, Rodolfo Levin – Uruguay, Atilio Boron y Héctor Bernardo – Argentina.

Adriana Rossi analista internacional

Programa Atlas Internacional transmitido desde el Complejo Cultural Atlas de Rosario para FM9, 105.5 de Santa Fe y Radio Ciudad 88.1 de Venado Tuerto. 

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