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Lo imposible

— José Natanson

DOMINGO 29 DE MARZO DE 2020

La escena ocurrió en el invierno de 1347, en el inicio de la peste negra, la epidemia que asoló Europa, Asia y el Norte de África cobrándose, según los relatos más fiables, unas 20 millones de vidas. Liderados por Jani Beg, que había heredado el trono de su padre tras asesinar a sus dos hermanos, hordas de mongoles recientemente islamizados asediaban el puerto genovés de Caffa, hoy Feodosia, en el Mar Negro, en busca de las riquezas de una ciudad que recibía unos 200 barcos diarios repletos de mercancías. Frente a la obstinada resistencia de los sitiados y ante la evidencia de que sus propias tropas estaban cayendo víctimas de una enfermedad desconocida que se propagaba como pólvora, el khan ordenó, en lo que probablemente sea una de las primeras operaciones de guerra bacteriológica de la historia, utilizar las catapultas para bombardear de cadáveres contagiados el interior de las murallas, obligando a los sitiados, que pensaban erróneamente que la enfermedad se contraía por el contacto de los cuerpos, a escapar. Pero la peste ya se había propagado a través de su verdadero vector, las ratas, y la huida la trasladó a Génova, de ahí a Constantinopla y finalmente a medio mundo civilizado.

Difusa pero angustiante, la sensación de fin del mundo se extiende hoy por el planeta, conforme más y más países decretan la cuarentena y ven cómo se eleva el número de contagiados y muertos. Apocalipsis con arresto domiciliario, según la buena definición del periodista Boris Muñoz: ni siquiera podemos salir a la calle a ver cómo termina esto. Por eso quizás algunos se apuran a buscar responsables: las hipótesis conspirativas, explica el investigador especializado en estudios del futuro Ezequiel Gatto (1), nos tranquilizan moralmente porque permiten identificar un culpable, sea éste el gobierno chino, un laboratorio secreto de Estados Unidos, un plan para acabar con los viejos al estilo de La guerra del cerdo o un chino que se comió un murciélago. O un khan ambicioso que ataca una ciudad bombardeándola con cadáveres. No importa que se trate de hipótesis incomprobables, del mismo modo que la historia de los cuerpos contagiados de peste bubónica volando por arriba de los muros podría ser falsa, una tempranafake news, según corrobora el historiador Ole J. Benedictow en su libro La peste negra (2). Lo importante, apunta Gatti, es que identificar un responsable permite suponer que alguien pensó el futuro de todo esto, que esto ocurre porque alguien así lo planeó y que todo tiene un sentido: uno sólo.

Hay algo igualador en la incertidumbre, en el hecho de que nadie –de Donald Trump al último obrero chino- sabe realmente cómo va a terminar la pandemia, aunque desde luego el virus no afecta del mismo modo a todos. Como señala Gatto, es la primera vez en la historia que el mundo parece plegarse sobre un sólo elemento que define “nuestro tiempo”, lo que explica la sensación un poco aterradora de que somos víctimas de una incursión extraterrestre, algo externo  que nos pone a todos en un único conjunto.  Porque además todo sucede en tiempo real, en la tiranía del minuto a minuto: vivimos pandemias por radio y televisión pero nunca a través de las redes sociales, que aceleran la dinámica de los hechos (todos los días contamos el número global de  muertos) y dispersan la información: las pocas fuentes fiables –la Organización Mundial de la Salud sobre todo– recuperan centralidad y protagonismo.

El futuro está abierto, hoy  más que nunca. Por eso, antes que pensar el fin del mundo (o del capitalismo, que a esta altura es casi lo mismo), quizás sea más sensato tratar de pensar qué cambiará cuando la crisis finalmente pase. Slavoj Žižek sostiene, en un libro de reciente aparición sobre el coronavirus que debe haber escrito siguiendo el método Fogwill, que la pandemia abre la oportunidad de replantear horizontes hasta hace poco impensables, aunque su proyecto de construir un “comunismo con coordinación y colaboración global” suene un tanto inalcanzable (3). ¿Qué cambiará entonces? No es sencillo imaginarlo, porque están ocurriendo las cosas más insólitas: el FMI acepta tan campante que el gobierno argentino no pague su deuda por cinco años, 1.300 millones de indios son confinados a sus hogares en la cuarentena más masiva de la historia y los patos se pasean por los canales de Venecia (y los carpinchos por Nordelta).

¿Qué saldo dejará la pandemia?

En primer lugar, observamos la reubicación en el centro de la escena internacional de dos cuestiones que nunca se fueron, que siempre estuvieron ahí, pero que venían sufriendo ataques y erosiones: el Estado-nación y la ciencia.

Como ha sido señalado en estos días, el gran protagonista de la respuesta a la crisis fue el Estado. No ocurre siempre, pero a veces las crisis totales, como la que estamos atravesando, conllevan  un reempoderamiento del Estado: sucedió después de la Segunda Guerra Mundial, con la construcción del Estado de Bienestar, y puede que termine ocurriendo ahora, en momentos en que se hace evidente que la sociedad civil y los actores económicos pueden contribuir a buscar soluciones pero que la respuesta general sólo puede venir del Estado, que distribuye cheques de 3.000 dólares a todas las familias en Estado Unidos, renacionaliza los sistemas de salud en Europa o decreta las cuarentenas en medio planeta.

También cascoteada últimamente, hostigada desde los frentes diversos del fanatismo religioso (que niega la teoría de la evolución), el hipismo irresponsable (que niega las vacunas) y los intereses económicos (que niegan el cambio climático), la ciencia recupera protagonismo. En momentos de incertidumbre y confusión, la ciencia provee certezas: el coronavirus tiene tal ADN, se contagia de tal forma, se testea de esta otra. Lo demostrable, lo verificable. Una de las pocas instancias de coordinación internacional que sobreviven al ascenso de los nacionalismos, la Organización Mundial de la Salud, se erige en un espacio fundamental de coordinación de esfuerzos. Como sostiene Yuval Noah Harari (4), la gran ventaja del hombre en la lucha contra el virus es la capacidad de intercambiar información. Un coronavirus en Corea y un coronavirus en España no pueden intercambiar consejos sobre cómo infectar a los humanos. Pero Corea puede enseñar a España lecciones valiosas. Si el Estado es nacional, la ciencia es, por definición, universal: quizás otro de los saldos de la pandemia sea un fortalecimiento de la comunidad científica internacional y de los organismos que la representan. Leviatán y positivismo para salvar al mundo.

Geopolítica

El fondo sobre el que se recortan estos movimientos es la desglobalización, el proceso de reversión de la tendencia a la integración planetaria cuyo inicio hoy, con la distancia que da el tiempo, podemos situar claramente en la crisis financiera de 2008/2009, que marcó el comienzo del declive de la Unión Europea como actor global, produjo un auge de los nacionalismos y parió una serie de liderazgos proteccionistas que, como Donald Trump y Boris Johnson, denuncian los acuerdos comerciales y se amurallan detrás de sus fronteras. Con la fuerza demoledora de su irrupción sorpresiva, el coronavirus cancela vuelos comerciales, quiebra las cadenas globales de suministros, detiene los flujos de mercancías. Salvo excepciones, los líderes mundiales reaccionan con reflejo nacional, compiten antes que cooperan, como ilustra la intención de Trump de adquirir de prepo la propiedad de un laboratorio alemán que estaba trabajando en una vacuna.

Es cierto, como apunta Julio Burdman (5), que la globalización desborda a los gobiernos, que líderes que intentaron una salida original, como Trump o Johnson, tarde o temprano tuvieron que  subordinarse a la estrategia general, que hay un momento en que sus opiniones valen menos que la de Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS. Pero también es verdad que una vez que pase lo peor el resultado será menos, y no más, integración global. Cuando superemos la pandemia, ¿Estados Unidos seguirá aceptando que la mayor parte de los principios activos de los remedios que consume o los chips imprescindibles para ensamblar sus computadoras y celulares se produzcan fuera de sus fronteras?

En esencia, la desglobalización puede ser vista como la respuesta defensiva de actores en situación de declive hegemónico a la transición de poder global motorizada por el ascenso de China. Contra los que se apuraron a ver la crisis como un golpe fatal al régimen chino, como el Chernobyl del Partido Comunista Chino, la reacción rápida mostrada tras un primer momento de ocultación terminó convirtiendo al país en el gran protagonista de la crisis. Frente a las dificultades de Italia y España para imponer el distanciamiento social, los desvaríos de Trump y la absoluta descoordinación del sistema norteamericano, donde cada Estado y cada ciudad toman un rumbo diferente, China respondió de manera asombrosamente eficaz.

Como señaló Byung-Chul Han en un comentadísimo artículo publicado en estos días (6), esto fue posible por el mix único de la tradición confucionista de una sociedad acostumbrada a la disciplina colectiva y el despliegue de un Estado digital de vigilancia total: cuando los sensores del metro de Pekín detectan a un pasajero con fiebre el sistema de reconocimiento facial lo identifica y le envía un mensaje a su celular instándolo a que se acerque en un plazo perentorio al centro de control más cercano a hacerse el test, al tiempo que rastrea a quienes compartieron el vagón para que hagan lo mismo. Para Han, la soberanía ya no reside en quien es capaz de cerrar las fronteras sino en quien controla los datos. Soberano no es el que decide; es el que sabe. Dotado de un panóptico digital compuesto por 170 millones de cámaras, el Estado chino logra niveles de trazabilidad que le permiten encontrar y aislar a los contagiados, pero esto sólo es posible en un país en el que las empresas de telecomunicaciones no tienen inconvenientes en compartir los datos con el Estado porque son públicas y en el que los derechos civiles directamente no existen.

No hay muchas dudas: los sistemas centralizados –autoritarios o semi-autoritarios– de Asia respondieron mejor al estrés de la crisis que la mayoría de las grandes democracias occidentales (con la singular excepción, una vez más, de Alemania). Como sostiene Andrés Malamud en esta misma edición de el Dipló, si en Oriente la crisis fortaleció el statu quo político, en Occidente lo puso en cuestión. La decisión del gobierno chino de enviar profesionales y equipos médicos a países no sólo del tercer mundo –el primero en recibirlos fue Italia–, junto a la postal de ciudadanos chinos escapando de España para volver a su patria, confirman quién está ganando la batalla cultural de la pandemia.

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