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Opinión

Mientras pasa el temblor

— Gustavo Castro

MARTES 15 DE JUNIO DE 2021

Los primeros brillos del amanecer post pandemia, insuflados por la aceleración de la campaña vacunatoria, intentan iluminar tenuemente el horizonte de una sociedad azotada por la peste y sus demoledoras consecuencias económicas. En esa incipiente esperanza, aún estragada diariamente por un alud de avisos fúnebres, está puesta buena parte de la expectativa electoral oficialista a escala nacional y provincial. Las intentonas opositoras de variado pelaje por enlodar o lisa y llanamente boicotear la inmunización masiva dan certera cuenta de ello.

En ese contexto, el nacimiento de una corriente interna indisolublemente emparentada con el gobernador Omar Perotti conmovió al peronismo santafesino. Su presentación en sociedad, minutos antes de la histórica final de Colón, revela que el objetivo no excedía los límites del mundillo político.

El nombre de la estructura, Hacemos Santa Fe, llevó a trazar equivalencias automáticas con el “cordobesismo” que conduce Juan Schiaretti. El parto de un espacio con similar denominación en Corrientes, bajo el mando de Carlos “Camau” Espínola, alentó esa comparación. Más aún al comprobarse que en todos los casos estaba por detrás la mano del publicista y lobbysta Guillermo Seita.La buena relación de los mandatarios de las provincias mellizas, el perfil propio del rafaelino y el sesgo hostil al kirchnerismo en la franja central del país completó el cuadro.

No obstante, la mera sumatoria de estos elementos, reales todos ellos, puede conducir a equívocos. Básicamente, porque como en el tradicional juego de las diferencias, los dibujos parecen idénticos a simple vista, pero la gracia está en las disidencias. Que en este caso, además, son notorias.

Lo primero que debe decirse es que Hacemos por Córdoba es una construcción política de décadas, edificada en conjunto por el propio Schiaretti y por el malogrado José Manuel De la Sota. Que además llegó al gobierno de la provincia mediterránea en 1999 para no abandonarlo hasta ahora. Y que tiene a la enorme mayoría del peronismo de ese territorio en su interior.

La segunda divergencia de importancia a mencionar es que el kirchnerismo en Córdoba es una expresión poco más que marginal, tanto en estructura como volumen electoral. En Santa Fe, en cambio, las vertientes intestinas que se referencian en la vicepresidenta Cristina Fernández tienen verificado despliegue territorial y decisivo caudal de votos. Fueron, de hecho, un factor determinante para la llegada de Perotti a la Casa Gris.

La tercera, que va de la mano de la anterior, es que el gobierno santafesino se mantuvo alineado estrechamente a la gestión de Alberto Fernández, más allá de sonoros pero aislados choques. Ese encolumnamiento implica gestos de reciprocidad en la gestión concreta. Un rápido repaso por las noticias oficiales de las últimas semanas es prueba irrefutable de ello.

En consecuencia, más allá de los parentescos entre el lanzamiento perottista y la experiencia cordobesista e incluso las presuntas intenciones rupturistas atribuidas al gobernador local, la clave tal vez esté en un par de preguntas sencillas: ¿qué ganaría la administración santafesina en un quiebre de estas características en la actual coyuntura? ¿por qué Roberto Mirabella, referencia nítida del nuevo espacio, promovería una fractura que pondría en riesgo su renovación en el Senado e incluso su pretensión de suceder a su coterráneo y amigo?

No hay, entonces, demasiados elementos prácticos para sospechar que el escenario de unidad del peronismo santafesino, que tan buenos resultados dio hace dos años, pueda estar en riesgo. En el corto plazo, al menos. Desde ya, claro, que eso no evitará vibrantes tensiones internas ni, por supuesto, competencia electoral en las candidaturas municipales y comunales.

Opuesto es el panorama de Juntos por el Cambio, la principal fuerza opositora en el país y con ánimo de colgarse definitivamente esa misma cucarda en la provincia. La ausencia de la siempre ordenadora lapicera gubernamental y la colisión en marcha entre el ex presidente Mauricio Macri y su pretenso heredero Horacio Rodríguez Larreta pavimenta la multiplicación de listas también en Santa Fe. Aún así, la figura de Federico Angelini sobresale nítidamente en las preferencias de ambos líderes PRO. Ello no implica que el tándem José Corral-Roy López Molina, de probada competitividad en las urnas, se amilane. Tampoco que el ex intendente Mario Barletta no haga su apuesta con la convocatoria a la conocida comunicadora del canal América 24 Carolina Losada. Mucho menos evita que ahora se sumen los radicales NEO al calor de la escudería de Martín Lousteau, con Maximiliano Pullaro como declarado postulante, quienes lograron días atrás una foto con el jefe de Gobierno porteño a modo de certificado de ingreso.

El Frente Progresista, por su parte, y el socialismo en particular, intenta recomponerse del fatal desenlace del Covid en Miguel Lifschitz, el dirigente con mayor base electoral por escándalo de ese espacio. Era su dimensión para la cosecha de voluntades ciudadanas lo que retenía a buena parte del ucerreísmo en los límites de esa alianza. Ese dique, trágicamente, desapareció. El camino a convertirse en fuerza decididamente minoritaria en las elecciones nacionales sólo parece poder evitarse con el resurgimiento de Antonio Bonfatti. Y aquí vuelven las preguntas: ¿a cambio de qué el ex gobernador se expondría a un tercer puesto en una elección híperpolarizada? La pregunta va dirigida a su propio partido y a sus aliados. Pero también, por qué no, al peronismo, que necesita de un elemento divisorio de la base electoral que lo contradice.

Los temblores de la pandemia continúan sacudiendo a la sociedad y la reconfiguran. La política, pese a lo que se dice con demasiada liviandad, no es ajena a ello.

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