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Opinión

Adorni: FIN de temporada

Después de meses de blindaje político, Javier Milei terminó soltando al funcionario que más defendió. La renuncia de Manuel Adorni no sólo cierra una historia personal: expone cómo el Gobierno pasó de prometer una nueva política a enfrentar las mismas crisis, internas y costos que criticó durante años.

Un final anunciado

Las series políticas tienen una regla casi infalible: el protagonista nunca cree que llegó su último capítulo. Siempre supone que encontrará una salida, que aparecerá un giro inesperado del guion o que el director le regalará una temporada más.

La política argentina, en cambio, suele ser bastante menos indulgente.

La renuncia de Manuel Adorni tiene mucho de final anunciado. El funcionario dejó el gobierno acorralado por una investigación judicial por presuntos hechos de corrupción, después de meses en los que Javier Milei hizo todo lo posible por sostenerlo.

El presidente lo defendió públicamente, lo respaldó cuando crecían las denuncias y convirtió su permanencia en una cuestión casi personal. Pero llegó un momento en el que el costo político de protegerlo terminó siendo más alto que el costo de dejarlo ir.

Porque hasta los gobiernos más convencidos descubren, tarde o temprano, que hay una diferencia entre ejercer el poder y desafiar permanentemente a la realidad.

Y la realidad, una vez más, terminó ganando.

La ironía de la “nueva política”

La primera gran ironía es evidente.

El Gobierno que llegó prometiendo terminar con “la vieja política” terminó atrapado en uno de los clásicos más antiguos del poder: sostener durante demasiado tiempo a un funcionario convertido en problema.

Es una escena repetida. Cambian los nombres, cambian los partidos, cambian los discursos. Lo que no cambia es la tentación de creer que una crisis puede administrarse simplemente negándola.

No suele funcionar.

La Libertad Avanza construyó buena parte de su identidad sobre una idea muy simple: ellos no eran como los demás. Venían a romper las reglas, a desafiar los manuales y a demostrar que la política tradicional había quedado vieja.

Sin embargo, cuando apareció la primera gran crisis interna, el Gobierno reaccionó exactamente como reaccionaron tantos gobiernos antes: discusiones reservadas, pases de factura, búsqueda de sucesores y un largo intento por ganar tiempo.

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En definitiva, descubrió algo que casi todos los presidentes aprenden alguna vez: gobernar es bastante más complejo que hacer campaña.

Cuando la agenda cambia de dueño

Hay una imagen que resume toda esta historia.

Mientras Luis Caputo intentaba convencer a los mercados de que la economía seguía siendo el eje del Gobierno, toda la conversación política giraba alrededor de Adorni.

El ministro hablaba de inflación. Le preguntaban por la crisis política. Hablaba del dólar. Respondía sobre internas. Intentaba mostrar resultados económicos. La discusión volvía, una y otra vez, sobre el Gobierno.

Para cualquier ministro de Economía ese escenario es una pesadilla.

Porque los mercados detestan una sola cosa más que la inflación: la incertidumbre política.

Y durante semanas, sino meses, el oficialismo transmitió exactamente eso.

Resulta paradójico que un gobierno obsesionado con controlar el relato terminara perdiendo el control de su propia narrativa.

Ya no hablaba de reformas. Ya no hablaba de inversiones. Ya no hablaba del rumbo económico.

Respondía preguntas.

Aclaraba versiones.

Apagaba incendios.

Y ningún gobierno puede construir liderazgo si pasa más tiempo defendiendo el pasado que explicando el futuro.

El precio de la lealtad

Hay una virtud que nadie puede negarle a Javier Milei: la lealtad.

El Presidente protege a quienes considera parte de su círculo más cercano.

Pero toda virtud llevada al extremo puede convertirse en un problema.

Porque un Presidente no administra amistades.

Administra instituciones.

La lealtad es importante.

La responsabilidad política, también.

Gobernar implica saber cuándo defender a alguien fortalece un proyecto y cuándo empieza a debilitarlo.

Milei estiró esa decisión hasta el límite y perdió.

Quizás porque entendía que ceder significaba darle una victoria a sus adversarios.

Quizás porque retroceder podía interpretarse como una señal de debilidad.

Paradójicamente ocurrió lo contrario.

Cuanto más demoró la decisión, mayor fue el costo político.

El triángulo de hierro también se oxida

Durante meses se habló del “triángulo de hierro”: Javier Milei, Karina Milei y Santiago Caputo.

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Una conducción compacta. Sin fisuras. Sin diferencias. La salida de Adorni demuestra que ni siquiera los núcleos de poder más cerrados son inmunes al desgaste.

Porque cuando una crisis se prolonga demasiado, las diferencias dejan de ser tácticas y empiezan a ser personales.

Y cuando eso sucede, el problema ya no es un funcionario.

Es el funcionamiento del poder.

¿Y ahora qué?

Ahora el Gobierno intentará cerrar rápidamente este capítulo y volver a concentrarse en la economía, que sigue siendo su principal activo político.

Cambiarán nombres. Cambiarán estrategias. Cambiarán voceros.

Lo que difícilmente pueda cambiar es la enseñanza que deja este episodio.

La política tiene una enorme capacidad para igualar a todos.

A los gobiernos peronistas.

A los radicales.

Al PRO.

Y también a quienes prometían ser completamente distintos.

Quizás por eso la renuncia de Adorni no deba leerse solamente como la caída de un funcionario.

Es el final de una ilusión: la de creer que un gobierno puede escapar para siempre de las reglas del poder.

Porque la política tiene defectos, excesos y contradicciones.

Pero conserva una costumbre que atraviesa generaciones.

Siempre termina cobrando las facturas que se dejan demasiado tiempo sobre la mesa.

Y esa, probablemente, sea la mayor ironía de todas.

El gobierno que llegó prometiendo dinamitar el sistema terminó aprendiendo la lección más antigua del poder: ningún dirigente es imprescindible cuando su permanencia empieza a poner en riesgo al proyecto que dice defender.

Fin de temporada.

Aunque, como toda buena serie política, el capítulo final nunca es realmente el último.

La verdadera incógnita ya no es cómo terminó la historia de Manuel Adorni.

La pregunta es quién protagonizará la próxima.

Autor

  • Germán Dellamónica

    Periodista. Director periodístico de LT9. Conductor de Amanecer no es poco, de lunes a viernes de 06:00 a 09:00.

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