Desde el último fin de semana los títulos sobre el acuerdo de paz se reparten entre la fuerte expectativa sobre el fin a una guerra de un año, o la culminación de un conflicto armado de 115 días, según los hechos que se consideren como iniciadores de la crisis.
Algunos toman en cuenta el mes de junio del año pasado cuando Estados Unidos lanzó la operación “Martillo de Medianoche” en territorio iraní, pero otros, luego de una ventana de paz de siete meses, consideran de forma más marcada los hechos desencadenados desde fines de febrero de este año.
De cualquier modo, conviene prevenir que la espectacularidad que rodea al anuncio de un acuerdo, no garantiza necesariamente la consolidación inmediata de una estabilidad duradera, que como quedó demostrado, el mundo entero necesita de Medio Oriente.
Al día martes 16 de junio, la Casa Blanca no había informado en detalle los puntos contenidos en el deal, basando la demora en “aspectos sensibles” que se estaban gestionando para su comunicación.
Pero de manera llamativa y teniendo en cuenta la necesidad de una diplomacia quirúrgica, la agencia estatal iraní IRNA fue adelantando varios de los temas volcados al memorándum.
Como es obvio, la cuestión nuclear aparece como uno de los ejes. Al respecto, la publicación sostiene que “Irán no asume ningún nuevo compromiso” y que “el marco del programa nuclear pacífico permanece intacto”.
No obstante, también reconoce una posible renegociación específica sobre este punto, al establecer que “cualquier negociación nuclear se llevará a cabo durante el plazo de 60 días posteriores a la firma del memorándum”.
Uno de los factores más determinantes de las turbulencias de este año en el escenario económico y financiero internacional estuvo dado por los bloqueos al estrecho de Ormuz.
Sobre ese paso navegable estratégico, IRNA advierte que “Irán en ningún caso asume el compromiso de ceder la gestión o devolver las condiciones del estrecho de Ormuz a la situación anterior a la agresión militar de Estados Unidos y el régimen de Israel a la parte contraria”.
Un tema bastante más complejo es el papel de Israel, puesto que los intereses de ese país en torno al conflicto se fueron bifurcando significativamente respecto de los de Washington.
Según fuentes iraníes, el documento contiene como uno de los propósitos concretos el fin de la guerra contra Irán, además de todos los demás frentes de la región, incluido El Líbano. De antemano, el gobierno de Netanyahu rechaza de plano la posibilidad de establecer una suerte de mesa tripartita de observación del acuerdo, porque se atribuye el derecho de seguir actuando militarmente en la región.
Respecto de la pretensión iraní dirigida al levantamiento de todas las sanciones, la divulgación de la agencia estatal reconoce que ese objetivo queda atado a la evolución de las tratativas en torno al capítulo nuclear.
“Del mismo modo que en el memorándum de fin de la guerra Irán no asume ningún nuevo compromiso sobre el expediente nuclear, la parte contraria tampoco asume un compromiso definitivo en el memorándum sobre el fin de las sanciones, y la determinación del destino de las sanciones se pospone hasta después de la firma del memorándum y de las negociaciones de 60 días”, según difundió IRNA.
La expectativa es tan grande como la cautela que cabe, especialmente atendiendo a la historia, y al posicionamiento de Israel, que en los últimos días ha acentuado diferencias con su aliado histórico.
Estos puntos describen la postura iraní pre-firma, que puede llegar a contrastar con la presentación que elabora la Casa Blanca, en un contexto en el que difícilmente puedan coincidir completamente las declaraciones finales de dos actores que elaboran sendos discursos triunfalistas.





















