Hacia fines del año 2021, varios países europeos advirtieron por la atípica movilización militar desplegada por el gobierno de Vladímir Putin en el sur de Rusia.
Decenas de miles de soldados rusos estaban participando de ejercicios militares que la Unión Europea y en particular Ucrania, vieron como un preludio a un conflicto bélico.
Definidas por el Ministerio de Defensa de Rusia como “maniobras de entrenamiento al combate”, las mismas se estaban practicando en Volgogrado, Rostov, Krasnodar y la península anexionada de Crimea.
Pero el 24 de febrero de 2022 todos los temores se confirmarían cuando los ucranianos tomaron conocimiento de detonaciones en Hostomel, explosiones cuyo origen fue automáticamente asociado a una primera acción bélica.
El ataque comenzaba con el aeropuerto Antonov, y no era precisamente el comienzo de una “operación especial” breve, sino el inicio de una invasión a gran escala.
Las presiones y sanciones económicas con las que la UE y Estados Unidos buscaron debilitar la estrategia rusa, chocaron con la reticencia de Putin, quien se recostó (comercialmente) sobre China, su socia en los “BRICS”.
Así, el conflicto se fue espiralizando, en un contexto en el que el Pentágono y varios países europeos llegaron a advertir por la presencia de miles de soldados norcoreanos dando apoyo a Rusia.
Entonces, tanto Estados Unidos (aún bajo la administración Biden), como buena parte de Europa, comenzaron a incrementar la asistencia a Ucrania para que pueda contrarrestar el poderío ruso, que por su parte se vio ayudado por Bielorrusia, cuyo territorio sirvió como base logística de parte de la invasión.
El factor Trump
Apenas conocidos los resultados de las últimas presidenciales estadounidenses en noviembre de 2024, la gestión demócrata de Biden apuró los últimos proyectos de ayuda a Ucrania, dejando traslucir su intuición de un cambio drástico en el posicionamiento estadounidense frente al tema.
Donald Trump celebraba que Estados Unidos “asumió el control del país” y se refería en general a los conflictos en curso diciendo que “no queremos guerras, no voy a empezar una guerra, las voy a parar”.
Pero de aquella frase, sólo una parte era cierta, el actual presidente estadounidense no influyó en la decisión rusa de invadir Ucrania, pero tampoco pudo detener la crisis, más allá de la pomposa puesta en escena de Anchorage (Alaska).
Como se recuerda, en agosto del año pasado, los mandatarios de EE.UU. y Rusia se reunieron en un encuentro cuya foto resultante representó un nivel de espectacularidad desproporcionado en relación a los efectos reales del encuentro.
Además, aquel mitin terminaría por afianzar la postura de Trump de abierta crítica a la ONU y a su diseño, un hecho que hoy bien puede leerse como antecedente directo del impulso del “Consejo de Paz” con el que el mandatario republicano busca aumentar el contrapeso contra el organismo.
La cara más dramática de la prolongación de la guerra
A cuatro años del ataque al aeropuerto cercano a Kiev, la cifra de muertes civiles y de desplazados no ha parado de aumentar. En muchos lugares, el daño a infraestructura crítica como la de los servicios públicos, obliga a miles de familias a dejar sus hogares con mudanzas intempestivas que se repiten con cada recrudecimiento de los ataques.
Los sucesivos cortes de electricidad no condicionan únicamente la vida hogareña sino que incluso limitan la capacidad de asistencia en hospitales.
Por su parte, UNICEF acaba de denunciar que en lugares como Jersón, todos los niños debieron trasladarse a ambientes dispuestos en subsuelos.
El representante de dicho organismo reveló que “de los aproximadamente 60.000 niños que vivían en la ciudad antes del inicio de la invasión, sólo quedan unos 5.000 que tienen que aprender, jugar y dormir en sótanos para mantenerse a salvo”.
La Organización Internacional para las Migraciones sostiene que en la actualidad, Ucrania continúa siendo centro de la mayor crisis de desplazamientos forzados de Europa.
Se estima que en los últimos doce meses, 450 mil ucranianos debieron dejar su hogar por primera, segunda o tercera vez.
En cuatro años de guerra, el drama fue más rápido que la negociación. Y a propósito de la vía diplomática, las últimas tratativas llevadas a cabo en Ginebra la semana pasada, no hicieron más que renovar el escepticismo en torno a la búsqueda de una pacificación inmediata que pueda satisfacer intereses tan disímiles como los de Rusia, Ucrania, Estados Unidos y la Unión Europea.
Como en toda guerra, en el medio de los intereses en tensión, se prolonga el padecimiento de la población civil que sólo espera por el fin del invierno boreal.
La ONU calificó el panorama en Ucrania como el de “un país al borde del colapso” y estimó en casi 600.000 millones de dólares el monto que habría que destinar a su reconstrucción.
Bastante más graves son la cifra de muertos y el drama humanitario que arrojan ya los cuatro años de duración de la “operación especial”.