La relación bilateral entre Argentina y Brasil continúa resentida. En general se ha atribuido el enfriamiento a los últimos epítetos del presidente argentino hacia su par brasileño, pronunciados hace casi un mes durante un acto del Partido Liberal en San Pablo.
Pero en orden institucional, el incidente diplomático que marca el antecedente directo a tomar en cuenta, fue el faltazo de Javier Milei a la última cumbre del MERCOSUR desarrollada a finales de junio en Paraguay.
En vez de concurrir a aquel encuentro, el mandatario argentino priorizó recibir a Flavio Bolsonaro en Buenos Aires, para explicitar su espaldarazo a la candidatura del principal contendiente de Lula camino a la primera vuelta del 4 de octubre.
La semana pasada, el integrante del Observatorio de Política Exterior de Brasil, Gilberto Rodrigues, opinó por LT9 que se avizora un panorama muy difícil para que el contrapunto pueda desescalar de manera inmediata, porque “Itamaraty” (Ministerio de Relaciones Exteriores), ve en Milei a un encargado y guardián en Sudamérica del pensamiento ultraderechista de Donald Trump.
Comparando períodos históricos, el especialista señaló que el nivel de confrontación actual entre los líderes de los dos países vecinos, no encuentra parangón ni siquiera retrocediendo al último período de sendas dictaduras militares.
Volviendo al escenario contemporáneo, conviene recordar que en Brasil, una mayoría del electorado giró ideológicamente de forma inversa al de Argentina, es decir; desde el mandato de Jair Bolsonaro (padre del candidato actual), al retorno a la presidencia de Lula.
Ese viraje cambió la relación con EE.UU. desde un acoplamiento incondicional, hacia una posición muy crítica por el tema arancelario y por la alianza estratégica de la Casa Blanca con Israel en torno a la cuestión gazatí.
Y en ese contexto, Milei se erige como una especie de “proxi” trumpista para contestar el discurso crítico de Lula hacia Washington.
En relación a los efectos directos del enfriamiento -a punto de congelamiento- de las relaciones argentino-brasileñas, tienen que ver sobre todo con el impacto en el MERCOSUR, que no termina de despegar en toda la dimensión que implica un bloque supra-nacional, más allá de la buena noticia surgida en mayo pasado por la entrada en vigencia parcial del acuerdo con la Unión Europea.
La medida de la preocupación regional, se hizo patente pocos días atrás cuando en Uruguay, que actualmente preside el bloque de países, el presidente Yamandú Orsi llegó a sugerir que la próxima visita de León XIV a la región, podría servir como una especie de mediación para recomponer el vínculo a favor de la proyección mercosuriana.
Desde el Tratado de Asunción firmado en 1991, el cumplimiento integral de los objetivos estratégicos del MERCOSUR, se vio recurrentemente impedido por la exacerbada bilateralización en la que han incurrido los países miembros, y también por la esporádica pero excesiva ideologización de la política exterior en determinados períodos por parte de algunos de los países miembros.
Lo hizo Jair Bolsonaro al asumir en 2019 poniendo a Estados Unidos como prioridad en la agenda internacional, y lo hace ahora Javier Milei, metiéndose de lleno en la campaña del PL que busca impedir la reelección de Lula.
Mientras tanto, el resurgimiento de las tensiones comerciales con el cruce de medidas arancelarias desafiantes entre los gobiernos de Trump y de Xi.
En momentos en que las dos primeras economías del mundo vuelven a dibujar un horizonte complejo para el intercambio comercial global, la revitalización de la integración regional se ofrece como un antídoto real a los vaivenes y la volatilidad de un comercio exterior que ya viene bastante sacudido por las tensiones bélicas.
Sin embargo, sigue primando la pulseada dialéctica e ideologizada, en desmedro de los intereses estratégicos o de Estado que deberían desacoplarse completamente de todo personalismo o discurso partidario.
