El resultado de las elecciones en Brasil dejó una primera conclusión para la Argentina: cuando uno apuesta demasiado fuerte por un resultado político y ese resultado no se produce, las consecuencias económicas pueden ser importantes.
El Gobierno de Javier Milei había apostado por un triunfo de Flávio Bolsonaro. La expectativa era que ese resultado permitiera abrir una nueva etapa en la relación comercial, económica y diplomática entre ambos países, con posibilidades de avanzar en proyectos de infraestructura y una mayor sintonía entre las dos administraciones.
Pero ganó Lula da Silva, que iniciará un cuarto mandato presidencial, y ahora la situación es otra.
La reacción de los mercados fue inmediata. Cayeron las acciones y los bonos, subió el riesgo país y el real brasileño se depreció frente al dólar. En la Argentina también hubo movimientos cambiarios y financieros, en un contexto en el que el Gobierno tuvo que actuar sobre las expectativas del mercado.
No me parece incorrecto que el Gobierno intervenga para moderar los nervios cuando hay turbulencias. Una de las tareas de cualquier administración económica es evitar que la incertidumbre se transforme en una crisis mayor. La cuestión es que el escenario político que se esperaba no se produjo y ahora hay que administrar las consecuencias.
Lula, los mercados y la relación con la Argentina
La primera pregunta es qué va a pasar con la relación entre Milei y Lula. ¿Vamos a restablecer los vínculos institucionales y comerciales o vamos a seguir con un enfrentamiento que no beneficia a ninguno de los dos países?
Brasil es el principal socio comercial de la Argentina y esa relación no desaparece porque los presidentes tengan diferencias ideológicas. Automóviles, maquinaria, productos industriales y una enorme cantidad de bienes circulan entre ambos mercados. Además, cualquier proyecto de infraestructura importante necesita acuerdos bilaterales.
Por eso, más allá de las preferencias políticas, la Argentina necesita una relación funcional con Brasil.
También me parece importante entender qué representa Lula en términos económicos. No se trata simplemente de trasladar las categorías de la política argentina a la brasileña. Lula tiene una tradición desarrollista e industrialista, con un vínculo fuerte con el sector manufacturero de San Pablo y una política de protección de determinadas actividades económicas.
Brasil tiene, además, una estructura productiva y financiera muy diferente de la nuestra, con una capacidad exportadora importante y un Banco Central respaldado por reservas de otra magnitud. No se puede analizar su economía como si fuera una réplica de la argentina.
Eso no significa ignorar las críticas que pueden hacerse a Lula, especialmente por determinadas posiciones de política exterior o por sus vínculos con gobiernos cuestionados en la región. Pero una cosa es discutir esas decisiones y otra es suponer que el resultado electoral brasileño no tiene consecuencias concretas para nuestra economía.
Hay que entender que Brasil seguirá siendo un socio central, independientemente de quién gobierne.
La reacción de los mercados también interpela a la política argentina
Hay un segundo punto que me parece todavía más importante y que excede lo que acaba de ocurrir en Brasil.
¿Por qué los mercados reaccionaron de una manera tan negativa frente a la victoria de Lula? ¿Por qué habían apostado por Flávio Bolsonaro y ahora reconsideran sus posiciones?
La respuesta no puede reducirse a decir que los mercados tienen una determinada ideología o que simplemente están en contra de un candidato. Hay que preguntarse qué esperan de cada propuesta económica, qué riesgos identifican y por qué determinados resultados políticos generan semejante reacción.
Las caídas de acciones y bonos, la depreciación del real y el aumento de la percepción de riesgo muestran que los inversores tenían expectativas concretas sobre el rumbo económico de Brasil. Cuando esas expectativas no se cumplen, revisan sus decisiones.
Y esa es una lección que también debería tomar la oposición argentina.
Ante la posibilidad de un cambio político en la Argentina, los mercados también reaccionan. Entonces, en lugar de burlarse de esas reacciones o descartarlas como si fueran irrelevantes, la pregunta debería ser por qué determinados sectores del mercado desconfían de una propuesta política y económica.
Los mercados tienen un papel importante porque allí se encuentran fuentes de financiamiento para los gobiernos y las empresas. Una economía que necesita invertir y crecer no puede ignorar de manera permanente lo que sucede con el acceso al crédito y la confianza de los inversores.
Esto no significa que los mercados siempre tengan razón ni que deban decidir el resultado de una elección. Significa que sus reacciones son una variable que los dirigentes tienen que comprender y analizar.
En la Argentina, además, el escenario externo se combina con una dinámica cambiaria e inflacionaria que sigue siendo delicada. El dólar venía mostrando una variación reducida en comparación con la inflación acumulada, pero el movimiento de los últimos días volvió a ponerlo bajo presión. A eso se suma el comportamiento de los alimentos, que puede complicar el índice de precios por factores estacionales y climáticos.
Por eso, todavía es temprano para sacar conclusiones definitivas sobre el cierre de octubre.
Lo que sí queda claro es que el resultado electoral brasileño obliga al Gobierno argentino a revisar sus expectativas y a decidir cómo quiere relacionarse con su principal socio comercial. La política exterior no puede quedar reducida a afinidades personales o ideológicas cuando están en juego el comercio, las inversiones y el financiamiento.
Brasil eligió a Lula. Ahora la Argentina tiene que decidir qué hace con esa realidad. Y la oposición, del mismo modo, debería preguntarse qué señales está enviando al mercado y por qué genera determinadas reacciones.
Porque la economía no se ordena solamente con decisiones internas. También depende de las relaciones con los países vecinos, de la confianza, del crédito y de la capacidad de construir acuerdos que sobrevivan a las diferencias políticas.
