En los últimos días Bolivia marcó el pulso de la información internacional por las masivas protestas contra un gobierno que lleva sólo seis meses al frente del país vecino.
Rodrigo Paz Pereira asumió su mandato de cinco años en noviembre del año pasado, con el fuerte desafío de estabilizar una economía afectada por todas las tensiones institucionales y sociales que provocó la implosión del Movimiento al Socialismo (MAS), en medio de la pelea abierta entre los dos ex presidentes y antiguos aliados, Evo Morales y Luis Arce.
Aquella fractura produjo el año pasado un giro significativo en el liderazgo de Bolivia, desde un socialismo completamente roto, hacia el Partido Demócrata Cristiano.
Pero desde fines de abril, el diagnóstico que el equipo de Paz ensayaba en campaña se volvió desafío, porque surgieron con fuerza las protestas por escasez de alimentos, falta de combustible e insuficiente existencia de medicamentos o suministros en hospitales.
Luego, todo el mes de mayo viene marcado por la movilización, respaldada por diversas organizaciones y sindicatos, transportistas y mineros, es decir; un activismo multisectorial con profundas demandas.
Hasta aquí hubo distintos niveles de tensión, pero el marco es muy delicado y ya derivó en algunos choques con decenas de detenciones. El riesgo de consecuencias más graves es muy grande si tienen en cuenta los últimos acontecimientos con nuevos bloqueos no exentos de algunas metodologías violentas que llevan la complejidad del panorama al extremo.
Además, se combina con todo este cuadro la situación judicial de Evo Morales, acusado de abuso de menores y trata de personas.
Hoy es difícil interpretar las razones reales del posicionamiento protagónico que ha emprendido Morales frente a este cuadro. El ex mandatario sigue encarnando un liderazgo marcado para algunos grupos sociales y políticos en Bolivia.
Resulta complicado poder saber sus intenciones genuinas; o están dirigidas a acelerar un nuevo proceso electoral forzando la renuncia de Paz, o de paso, y en medio del caos, busca además bloquear el avance judicial sobre graves denuncias de hechos que no parecen definitivamente esclarecidos.
Mientras que en las rutas y calles siguen las protestas con todos estos temas vinculados, desde el gobierno hubo cierta iniciativa de negociación, pero la protesta no es homogénea, y sólo algunos grupos accedieron a algunas rondas de diálogo improductivas.
Pero el MAS “evista”, hoy resignificado, redobla la apuesta constantemente con nuevos bloqueos y con el pedido de elecciones (muy) anticipadas.
Hasta hace pocos días, la postura gubernamental fue evitar a toda costa que haya consecuencias personales en el manejo de la situación. Oficialmente se ha esbozado un plan para desbloquear rutas y poder conseguir un corredor humanitario para el transporte de insumos esenciales, todo en medio de una inestabilidad muy grande.
A nivel regional cabe hacer mención al posicionamiento del gobierno argentino con el envío de un avión Hércules. La cancillería habla de traslado de víveres y desmiente que haya mandado material represivo para desalentar las protestas.
Sobre este punto, conviene considerar que las ayudas a países tienen que tener dos reglas básicas para que no desnaturalicen el objetivo de fondo: no pueden estar atadas únicamente a la simpatía, afinidad o acoplamiento ideológico, y deben medir su alcance para no incurrir en injerencia extranjera.
En realidad, el estilo de política exterior del actual gobierno argentino proyecta más una situación de sintonía ideológica que de espontánea iniciativa humanitaria.
Volviendo al problema esencial, al norte de la frontera argentina aparece un gobierno que lleva medio año, que no fue el iniciador de todos los problemas porque asumió en noviembre del año pasado al frente de un país con el tejido social roto.
A Paz, por una combinación de factores, entre los que no puede obviarse la débil gobernabilidad de inicio de gestión, se le presentan consecuencias que se materializan en una crisis muy temprana, apenas iniciado su período constitucional de cinco años.
A la par de priorizar la estrategia por desbloquear el tránsito de cargas esenciales, el gobierno democristiano debe acertar en el hallazgo de algún tipo de mediación con representatividad y poder de toma de decisión entre todos los actores, porque a esta altura, antes que de elecciones anticipadas, hay que hablar de la necesidad de pacificación general, para que luego se pueda retomar la ardua tarea de reconstrucción del tejido social boliviano.





















