En mayo pasado, desde Pekín, la cumbre entre las dos primeras economías mundiales proyectó lo que Xi Jinping denominó como “un nuevo paradigma” en la relación bilateral, para propender a una mayor estabilidad global.
Más pragmático y en declaraciones a los medios, Donald Trump revelaba al mismo tiempo que no se había hablado en términos de fijar compromisos en materia arancelaria.
Las repercusiones en el mundo fueron ambiguas, con evaluaciones que se repartieron entre la valoración del gesto de fuerte peso diplomático, y la percepción de que el encuentro no rindió lo que prometía en términos de un horizonte de mayor previsibilidad para el intercambio comercial internacional.
A poco menos de tres meses de la gran foto, en la primera semana de agosto volvió a ganar impulso la pulseada y el diferendo, cuando Trump resolvió un nuevo esquema arancelario afectando insumos para semiconductores o paneles solares, una escisión quirúrgica automáticamente dirigida a China.
Tras la medida, el vocero chino del Ministerio de Comercio, dijo abiertamente que las medidas perjudicaban a su país y admitió otro encontronazo en la relación bilateral.
Es cierto que por este nuevo capítulo de contrapunto comercial, no cabría afirmar que ha revivido la guerra comercial en su mayor intensidad, pero sí resulta llamativa la rapidez con que la cumbre de mayo entre Xi y Trump va perdiendo efectividad.
Nuevamente asoma el temor de la mayoría de los países sobre la posibilidad de una reedición de aquel escenario de hace casi diez años, cuando empezó la escalada de exigencias arancelarias recíprocas, una dinámica que se intensificó en 2018 y que en los mercados se bautizó con la ya muy extendida fraseología bélica.
Para ese período, la serie estadística registra una significativa caída del intercambio global de productos. En aquel momento, el por entonces canciller argentino Jorge Faurie, dio una charla en la UNL y entrevistado por LT9, ya advertía sobre un mundo en el que los viejos rótulos estaban vencidos.
Faurie remarcaba que devenían obsoletas las categorizaciones de China como país cerrado y de Estados Unidos alentando el libre comercio. Todo se trastocó, especialmente con el inicio de la era Trump en su primer período presidencial ejercido entre 2017 y 2021.
Para poner otro ejemplo sobre etiquetas derogadas, si se trata de multilateralismo, recientemente fue China la que intervino ante la Organización Mundial de Comercio a favor de Brasil (su socio en los BRICS), frente a las sobretasas exigidas por la administración estadounidense hacia la principal economía del MERCOSUR.
No estamos hoy en los niveles de confrontación de hace cinco o seis años, pero la foto de aquella cumbre de presidentes parece velarse de a poco, con riesgo creciente del resurgimiento del viento de frente para la economía global, que ya bastante incertidumbre atraviesa con las guerras de este siglo.
Frente a esos condicionantes externos, ante los cuales ya se sabe, la política económica doméstica no puede hacer nada, la hoja de ruta pendiente sigue siendo construir una política comercial externa más estratégica, diversificada y efectiva, que quede a salvo de las discusiones ideológicas interpersonales para poder robustecer los regionalismos, y no tener que estar tan preocupados en la pulseada entre EE.UU. y China, países que por largo tiempo van a continuar disputando su poder de influencia en todo el mundo.
