La ciudad de Aguilares vive horas de profunda conmoción. Florencia del Valle Sosa, de 30 años, había desaparecido el 12 de febrero tras salir de su casa para realizar trámites y compras.
Al advertir que pasaban las horas y ella no regresaba, su esposo comenzó a buscarla por sus propios medios. Poco después encontró la motocicleta abandonada, junto a las bolsas con las compras, a la vera de la Ruta Provincial 331. Ante esa situación, se presentó en la Comisaría de Aguilares Sur para radicar la denuncia, lo que dio inicio a un operativo de búsqueda para dar con su paradero.
Dos días después, la mujer fue hallada en el paraje Santa Rosa, en Nueva Trinidad, al costado de la Ruta Provincial 332. Se encontraba en estado de shock, embarrada, con la ropa mojada y con signos de hipotermia.
Violencia digital y condena social
Sin embargo, tras conocerse la noticia de que había sido encontrada con vida, los mensajes de odio contra Florencia del Valle Sosa poblaron las redes sociales.
“¿Qué pasó, se fue de parranda y se suspendieron los corsos?“, fue uno de los tantos comentarios que se publicaron. ”Fue a buscar el regalito del 14 adelantado“, y “anduvo con el pata de lana”, escribieron otras personas en redes sociales.
Horas después se confirmó que la mujer se quitó la vida. El caso volvió a poner en evidencia no solo el alcance de la violencia digital y la circulación impune de discursos de odio, sino también el sesgo de género con el que muchas veces se construye la condena social.
En redes sociales cuando la protagonista es una mujer rápidamente emergen sospechas, juicios morales e hipótesis que ponen el foco en su conducta y la ubican bajo juicio público, aun sin datos.
Tras su muerte, una joven de la misma localidad publicó un mensaje que rápidamente ganó repercusión y se viralizó bajo la consigna “La condena social también mata”, en un llamado a la reflexión colectiva sobre la responsabilidad que implica publicar, compartir u opinar en redes sociales.
“Hoy una mujer decidió no vivir más. Y no fue solo por lo que vivió, sino por todo lo que tuvo que leer”, sigue el texto, que busca interpelar a quienes opinan sin conocer las circunstancias y no advierten sobre el peso que pueden tener las palabras en las personas, sobre todo aquellas que se encuentran en una situación de vulnerabilidad.
“Señalar, humillar, burlarse, opinar sin saber, también es violencia. Y la violencia deja marcas que no siempre se ven”, concluye el escrito.