Lejos del banco de suplentes y de la exigencia constante del día a día, Ezequiel Medrán se permitió un momento de pausa en Magazine Deportivo para mostrarse tal cual es puertas adentro. El entrenador de Colón habló de su rutina, de los espacios que se genera para desconectar y, sobre todo, de los vínculos que lo sostienen en una profesión que, según sus propias palabras, “son 24 horas”.
“Si no estuviera en esto, seguramente estaría mirando algún partido en mi casa, tranquilo”, confesó entre risas, dejando en claro que el fútbol no es solo su trabajo, sino también su forma de vida. Sin embargo, con el paso del tiempo aprendió a encontrar pequeños respiros en medio de la vorágine: “Antes me olvidaba hasta de comer. Hoy trato de organizarme mejor, darme una hora y media para ir al gimnasio, dejar el celular y dedicarme ese tiempo”.
Ese momento personal, reconoce, funciona como su cable a tierra. “Arrancamos a las 6 de la mañana, volvemos a las 2 de la tarde, descanso un rato, voy a entrenar… y después vuelvo a la rutina. Siempre hay llamadas o situaciones que resolver”, explicó, marcando la intensidad de un rol que no entiende de horarios.
Instalado en Santa Fe, Medrán atraviesa una etapa de plenitud. “Me siento realmente cómodo. Es una ciudad cercana a Rafaela, mi lugar, y estoy en un momento muy bueno, en lo profesional y en lo familiar”, destacó. Esa estabilidad le permite disfrutar más del camino, incluso en medio de las responsabilidades que implica ser director técnico.
A la hora de comparar su etapa como futbolista con la actual, no dudó: “Se disfruta mucho más como jugador. Estar dentro de la cancha es un privilegio que se extraña. Esa sensación no se compara con nada”. Y enseguida agregó que intenta transmitirle ese mensaje a sus dirigidos: “Que lo disfruten, porque todo pasa muy rápido y es una profesión hermosa”.
Fuera del fútbol, hay pasiones que esperan su momento. La pesca es una de ellas, aunque hoy quede relegada: “En vacaciones siempre me hago un tiempo. Acá en Santa Fe, con el río al lado, increíblemente fui una sola vez”, contó. Eso sí, a diferencia de muchos, combina ambas cosas: “Me gusta pescar y me gusta comer pescado”.
Pero si hay un eje central en la vida de Medrán, ese es la familia. En cada respuesta aparece como sostén y refugio. “Mi viejo es un referente de vida. Es contención permanente, una guía donde uno encuentra tranquilidad”, expresó con emoción. Su historia con el fútbol, de hecho, está directamente ligada a él: “De chico lo acompañaba a entrenar, me sentaba en el banco de suplentes con 7 u 8 años… ahí empezó todo”.
Ese recorrido también se nutre de otros afectos: su tío, su abuela, su mejor amigo, su cuñado. “Son los que están siempre, los domingos, en el día a día”, remarcó, dejando en claro que, más allá de la exigencia profesional, hay un círculo íntimo que lo mantiene conectado con lo esencial.
“Soy un agradecido, un apasionado. Amo con compasión el fútbol, no podría vivir sin esto”, resumió. Y aunque reconoce que la profesión le ha quitado momentos familiares o fechas especiales, no duda en poner en la balanza todo lo que le dio: una vida marcada por la pelota, desde la infancia hasta hoy.
Medrán dejó ver al hombre detrás del entrenador. El que necesita parar un rato, el que extraña la cancha, el que encuentra en su familia el sostén y el que, por sobre todo, sigue viviendo el fútbol con la misma pasión de aquel chico que se escondía en un banco de suplentes.
