En el marco de un nuevo aniversario de la trágica inundación que sufrió la ciudad de Santa Fe en el año 2003, LT9 realizó una histórica y emotiva transmisión especial desde la sede de la organización social La Poderosa, en el barrio Chalet. La histórica emisora se trasladó al territorio para compartir el aire con los vecinos y mantener viva la memoria de una de las jornadas más oscuras de la capital provincial.
“No, gracias a ustedes por estar acá”, agradeció conmovida María Claudia Albornoz, referente de la organización, al inicio de la charla con el equipo periodístico. “Ese 29 de abril aprendimos a que si la gente está cerquita, si nos abraza y compartimos un mate, eso nos alivia el alma. Siempre los 29 son dolorosos, son difíciles, es como volver atrás 23 años. Que ustedes estén acá en el barrio contando las historias nos parece muy sanador”, destacó.
Cuatro metros de desidia y abandono
Durante la entrevista, Albornoz recordó la magnitud del agua en el lugar exacto donde hoy funciona la organización: “Aquí donde estamos el agua llegó a cuatro metros y medio. El barrio desapareció. Solo quedaban los tanquecitos de agua en una postal desoladora”.
La referente social revivió con crudeza la desesperación de las primeras horas de aquella tarde de 2003, cuando el agua ingresó con violencia por el sector del zanjón. Recordó la icónica y dolorosa imagen de una vecina que corría pidiendo auxilio para rescatar a su hija con discapacidad, y los denodados esfuerzos de los vecinos para convencer a los comerciantes históricos de abandonar sus locales antes de que quedaran atrapados.
La mentira oficial que costó vidas
Uno de los puntos más fuertes del relato de Albornoz estuvo centrado en la responsabilidad política de la época y el discurso oficial del entonces intendente Marcelo Álvarez, quien por la mañana había asegurado a los medios de comunicación que la zona sur y oeste no correrían peligro porque la “Bomba 1” funcionaba correctamente.
“Nosotros sabíamos rápidamente que era mentira porque siempre tuvimos problemas con esa bomba”, sentenció Albornoz. “Pero la palabra del intendente esa mañana tiró todo abajo porque la gente se confió y se empezó a quedar. Incluso empezó a llegar gente evacuada del norte a casas de familiares en Chalet porque supuestamente era una zona segura”.
Albornoz describió que el crecimiento del río fue voraz. “El agua en Chalet empezó a las tres de la tarde y a las siete de la tarde ya se habían borrado los techos de las casas. Fue una cuestión de pocas horas”, concluyó en un duro testimonio que refleja que, a 23 años de la tragedia, el dolor sigue intacto pero la lucha por la memoria continúa firme en los barrios santafesinos.
Resistencia en los techos y solidaridad barrial
Ante el avance implacable del agua, muchos vecinos tomaron la decisión de no abandonar sus hogares y permanecer en las alturas. “La gente se quedaba en sus techos y armaba sus carpas cuidando sus pocas cosas, lo poco que les había quedado”, relató Albornoz. No querían irse porque no sabían cuándo iban a poder volver ni cuándo bajaría el agua, aferrados desesperadamente a sus pertenencias en medio de la incertidumbre total.
Frente a este escenario de desprotección, la organización vecinal fue clave para la supervivencia. “Nosotros después hicimos como un dispositivo frente a la vecinal sobre la Ruta 11 y desde ahí localizábamos a quienes eran diabéticos porque les empezamos a llevar su insulina, que tiene que estar fría”, recordó. El operativo espontáneo sirvió también para asistir a los enfermos que resistían arriba de las chapas.
El quiebre de la “cuña mental” y el dolor de los recuerdos perdidos
La catástrofe desnudó la falta de preparación de una ciudad que solo asociaba las inundaciones a las crecidas lentas del río Paraná y no a un ingreso violento por el Río Salado. “No teníamos la cuña mental de cómo reaccionar a esta situación”, sumó el equipo periodístico durante la charla, recordando que muchos vecinos levantaban pequeños tapiales o compraban bolsas de arena creyendo que el agua apenas entraría unos centímetros y se iría al día siguiente.
Sin embargo, Chalet se convirtió en “la boca de un embudo” debido a las obras de la avenida de circunvalación que terminaron embalsando el agua. “Cuando entré a mi casa había peces vivos adentro”, graficó Albornoz con dolor. Más allá de los destrozos materiales de los trabajadores cuentapropistas del oeste, lo más difícil de digerir fue la pérdida de la historia familiar. “Las fotos con tus viejos, las fotos de la infancia, los libros… todo eso de la noche a la mañana se perdió absolutamente. Se nos desgranó todo lo que teníamos adentro de la casa, pero no se desarmó la memoria”, cerró.
