Opinión

Sin manuales

Entre el agua que avanzaba sin freno y una ciudad quebrada, la crónica reconstruye escenas de desesperación, silencios compartidos y gestos de humanidad que desbordaron cualquier lógica. Escrito a fines de mayo de 2003.

La fotografía que mostró un buitre acechando a una moribunda niña sudanesa, le valió el premio Pulitzer 1994 al reportero gráfico Kevin Carter. Esta circunstancia desató una polémica entre quienes reconocieron en esa foto un disparador de la conciencia global sobre el drama del hambre, y los que lo acusaron de no haber hecho mucho más que espantar el ave. Carter se suicidó pocos años después.

Una catástrofe no tiene lógica, así que no sé por qué razón recordé la historia en la tarde del martes 29 de abril, al narrar para la radio los momentos desesperantes que originó el agua del Salado, cuando burló la pretendida defensa hecha con bolsas de arena a pocos metros del Hospital de Niños.

Bajo la llovizna los voluntarios lanzaban gritos roncos y una viejita en sillón de ruedas apretaba fuerte los apoyabrazos para permitir que sus socorristas consigan un poco de altura, trasladándola con peligrosos bamboleos y realizando ese esfuerzo con el agua hasta la cintura para alejarse de la esquina de Lamadrid y Mendoza.

Del oeste aún venían canoas con vecinos de Santa Rosa de Lima, totalmente superados en sus cálculos más pesimistas. Pude ver la mirada de las criaturas saturadas de preguntas e impotentes hasta para llorar.

En cambio, jóvenes y adultos con algunos bolsos rompían en llanto en la vereda del Hospital, buscando cerca sin saber qué buscar, mientras el agua subía y los echaba al rato. La vi a la periodista Nancy Balza de El Litoral y no nos dijimos nada. O sí, quizás todo, sólo con aquella mutua mirada enrojecida que compartimos.

Así iba cayendo en la cuenta que no me tocaba agarrar el remo u hombrear bolsas. Y a diferencia del pobre de Carter, empecé a asumir que el instante sugería una cruda coincidencia entre periodismo y solidaridad, entre comunicación y tarea humanitaria.

Antes que el terraplén, la crecida rompió el contacto entre decenas de miles. Ese hecho alimentó toda la tarea que vendría para procurar ser vehículos, mensajeros de avisos y pedidos, y narradores que muchas veces nos sentimos sin un lenguaje acorde al cuadro.
Gente temblando en los techos, mareas humanas deambulando de noche en medio del apagón de casi toda la ciudad, la cara santafesina desencajada, como la de ese hombre frente al afiche pegado en la puerta de LT9 con listado de gente y lugares. Tenía un papel y una birome y marcaba los nombres de sus familiares ubicados, me dijo que de doce había encontrado a tres.

La catástrofe también nos enseñó paradojas, y se nos concedió que el poder destructivo a veces es contestado con actitudes conmovedoras y edificantes sobre ruinas. Embarcado con guardavidas por Entre Ríos (fina ironía del destino para una calle con hasta tres metros de agua), me sorprendí con los “techeros” de un mercadito que me lanzaron cajas y bolsas con manzanas y bananas para que las repartamos en otros techos, porque ya se hacía de noche y la ayuda llegaba con una lentitud de pesadilla.

Un grupo de presos de Coronda redactó su comunicado donando a los inundados el desayuno y una comida. O esa familia que desde un techo hacía flamear la bandera argentina.

La lista de voluntarios creció tan rápido como el Salado. Muchos permanecieron anónimos, pero gestaron una tarea tan necesaria como impensada.
Esas cosas ayudaron, pero otras veces recibías la piña al alma, como la que me dolió cuando encontré a mi amigo kiosquero diciéndome “perdí todo, a mi viejo también”.

Escuché los tiros en el atardecer. Algunos disparaban al aire armas de fuego para desalentar oportunistas. Vi a compañeros de trabajo salir corriendo y dejar sus tareas porque su hogar pasaba a ser la noticia que daban el día anterior.

Ahora que vuelvo a pensar, nos tocó un rol difícilmente repetible y sin poder recurrir a manuales. En lo personal, al llegar las noches del durante y del después inmediato, la Santa Fe inundada me reproducía la película con las escenas de cada jornada, y algunas veces, las lágrimas vinieron a descomprimir la angustia acumulada.

Autor

  • Lic. en Comunicación Social. Magister en política internacional

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