Los resultados de la segunda vuelta electoral celebrada en Colombia el pasado domingo 21 de junio marcaron un giro a la ultraderecha para el ejercicio del poder.
Si bien los números fueron ajustados, la fórmula del partido Defensores de la Patria, encabezada por Abelardo de la Espriella, terminó imponiéndose sobre la del oficialista Pacto Histórico con el postulante Iván Cepeda.
La diferencia fue de 250.000 votos a favor del candidato libertario, entre un total de poco más de 25 millones de votos válidos.
Además de la fuerte polarización, no es un dato menor la cantidad de colombianos que se ausentaron en los comicios; un grupo indiferente al acto electoral definitorio, cifrado en alrededor de 6 millones de votantes.
Hoy, lo exiguo del margen del escrutinio, no altera el cronograma institucional que prevé el traspaso de mando para el 4 de agosto.
En poco más de un mes, el nuevo presidente deberá priorizar en una agenda de largada, la construcción de alianzas legislativas en un Congreso en el cual no dispondrá de mayoría propia.
En la breve transición que ya corre, los libertarios transmiten confianza en que se tejerán lazos estratégicos con sectores conservadores de otros partidos, como por ejemplo el del Centro Democrático, referenciado en el ex presidente Álvaro Uribe.
A la par de la búsqueda de gobernabilidad para el período de cuatro años que deberá liderar, Abelardo de la Espriella tendrá que atender las demandas más salientes de una sociedad que en campaña expresó su preocupación por el sistema de salud, la economía, la seguridad pública y el temor del resurgimiento de la violencia armada por parte de las FARC disidentes o del ELN.
La incógnita que sugiere una nueva experiencia ideológica al frente de La Casa de Nariño, puede matizarse atendiendo a algunos proyectos lanzados durante la campaña por el partido ganador.
Conocidas en Colombia como “las propuestas del tigre”, las iniciativas apuntan a los primeros cien días de gobierno en los que el partido Defensores de la Patria prometió “erradicar cualquier filtro de narcotráfico, corrupción y mala gerencia”.
La plataforma incluyó explícitamente un duro cuestionamiento a la política del actual gobierno en torno al aún no terminado proceso de pacificación iniciado hace diez años, al aseverar que “la paz total de Petro no es paz fracasada, sino traición a la patria”.
El compromiso que asumió el ahora presidente electo es el de destruir 330.000 hectáreas de coca, además de perseguir a los capitales narcos.
En economía, el gobierno electo prevé un programa de ajuste fiscal y de achique del Estado.
Sobre política exterior, queda muy nítido el regreso al acoplamiento con Estados Unidos, sobre todo teniendo en cuenta las entusiastas reacciones de Donald Trump al resultado del balotaje.
Después de todo, además de Argentina, Chile, y más recientemente Perú, la Casa Blanca suma otra pieza en el tablero latinoamericano, donde EE.UU. disputa el poder de influencia con una China que sigue gravitando especialmente en lo comercial.
Del Pacto Histórico de Gustavo Petro, al partido Defensores de la Patria de Abelardo de la Espriella, Colombia dio el último fin de semana un giro escarpado en la dimensión ideológica.
Desde agosto, el próximo gobierno tendrá principalmente, el desafío de contrarrestar los efectos de la fuerte polarización que antecede al ejercicio de la próxima gestión.
