El 24 de marzo de 1976 no empezó una pesadilla de un día para otro. No fue un relámpago en un cielo despejado. Fue, el resultado de un proceso: político, social, económico y también cultural. Un proceso que, en buena medida, contó con aceptación, con silencio y hasta con expectativas.
La dictadura que se inició ese día —tras derrocar a María Estela Martínez de Perón— no solo interrumpió la democracia: instaló un sistema de terrorismo de Estado que dejó miles de desaparecidos y una marca indeleble en la historia argentina. Pero la pregunta que incomoda, y que sigue vigente medio siglo después, no es solo qué pasó. Es por qué pasó.
Durante mucho tiempo, amplios sectores de la sociedad creyeron que el golpe podía traer orden. Que podía terminar con la violencia política, con la crisis económica, con el caos. Esa idea —la del “mal menor”— fue uno de los pilares invisibles que sostuvieron el golpe de estado.
No se trata de repartir culpas de manera simplista. La Argentina de mediados de los 70 estaba atravesada por una crisis profunda: enfrentamientos armados, descomposición institucional, inflación descontrolada. Pero reconocer ese contexto no puede llevarnos a justificar lo que vino después. Porque lo que vino fue infinitamente peor.
El golpe no fue solo militar. Fue también civil. Sectores del poder económico, parte del sistema político, medios de comunicación e incluso actores internacionales formaron parte de un entramado que empujó —o al menos no resistió— la caída del orden democrático.
Por eso, cuando se habla del “consenso” que rodeó al golpe, no se está relativizando el horror posterior. Se está señalando algo más inquietante: que las democracias no siempre caen solo por la fuerza. A veces también se erosionan desde adentro, cuando una sociedad empieza a creer que la democracia es un problema en lugar de una solución.
El terrorismo de Estado que se desplegó a partir de entonces no fue improvisado. Fue planificado. Desde la misma noche del golpe se implementaron mecanismos clandestinos de detención y desaparición de personas. La represión no fue un exceso: fue un método. Y tuvo un objetivo claro.
Como señalan numerosos estudios, las principales víctimas fueron trabajadores, estudiantes, militantes y jóvenes. Es decir, sectores que podían cuestionar el modelo económico que se buscaba imponer. Porque el golpe no solo vino a “poner orden”: vino a cambiar la estructura económica del país.
Ahí aparece otra dimensión clave: la dictadura no fue solo represión, fue también transformación. Endeudamiento, desindustrialización, concentración económica. Un proyecto que necesitaba, para implementarse, eliminar la resistencia social. Y lo hizo de la manera más brutal.
Pero si algo enseña la historia, es que la memoria no puede ser cómoda. No alcanza con repetir “Nunca Más” si no estamos dispuestos a revisar las condiciones que hicieron posible aquello que decimos no querer repetir.
Porque hay algo peligroso en convertir el golpe del 76 en una especie de anomalía inexplicable, en un hecho aislado protagonizado por monstruos ajenos a la sociedad. Eso tranquiliza, pero no explica nada. Y lo que no se explica, se puede repetir.
La dictadura necesitó del miedo, pero también del silencio. De quienes miraron para otro lado. De quienes pensaron que “algo habrán hecho”. De quienes creyeron que la represión era un precio aceptable para recuperar la estabilidad.
Esa es, quizás, la reflexión más incómoda: no todos fueron víctimas ni todos fueron victimarios. Hubo zonas grises. Hubo complicidades. Hubo indiferencia.
Y ahí es donde el presente dialoga con el pasado.
Cada vez que se relativiza el valor de la democracia, cada vez que se justifica la violencia estatal, cada vez que se banaliza el autoritarismo en nombre del orden, se vuelve a abrir —aunque sea simbólicamente— la puerta que se abrió en 1976.
No se trata de comparar épocas ni de caer en exageraciones. Se trata de entender que los climas sociales importan. Que las palabras importan. Que las ideas que circulan en una sociedad pueden, con el tiempo, volverse decisiones políticas concretas.
Por eso el 24 de marzo no es solo una fecha de recuerdo. Es una advertencia.
Recordar el golpe es recordar a las víctimas, sí. Pero también es revisar las condiciones que lo hicieron posible. Es preguntarnos qué haríamos hoy frente a una crisis similar. Es incomodarnos.
Porque la democracia no se pierde de un día para otro. Se va debilitando cuando deja de ser defendida.
A 50 años, el desafío no es solo mantener viva la memoria. Es hacerla útil. Convertirla en una herramienta para pensar el presente. Para detectar a tiempo los discursos que justifican lo injustificable.
Y para entender, de una vez, que el horror no empieza con los desaparecidos.
Empieza mucho antes.
Empieza cuando una sociedad deja de creer en sí misma.
