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Opinión

Del campo a la industria: el increíble viaje de nuestros cultivos

La industria tiene la capacidad de separar sus diferentes componentes y transformarlos en aceites, proteínas, harinas, almidones, azúcares, alcoholes y muchos otros productos que después aparecen como materias primas de cientos de alimentos y productos industriales.

Hola mis queridos lectores de LT9, ¿cómo están?

Hoy les propongo hacer un ejercicio diferente. Quiero que miren a su alrededor. La mesa donde desayunaron, el pan, las galletitas, el aceite, el alimento de nuestras mascotas, el combustible de algunos vehículos, una caja de cartón, un cosmético e incluso la pasta de dientes que usamos todas las mañanas.

¿Qué tienen que ver todas estas cosas con el campo?

Muchísimo más de lo que imaginamos.

Cuando hablamos de soja, trigo, maíz o girasol solemos pensar inmediatamente en una cosechadora trabajando en un lote, en un camión cargado de granos o en un barco saliendo de un puerto. Pero la historia de esos granos recién comienza cuando salen del campo.

La industria tiene la capacidad de separar sus diferentes componentes y transformarlos en aceites, proteínas, harinas, almidones, azúcares, alcoholes y muchos otros productos que después aparecen como materias primas de cientos de alimentos y productos industriales.

Y por eso hoy quiero contarles qué ocurre con cuatro cultivos que conocemos muy bien: soja, maíz, trigo y girasol.

Empecemos por la soja.

Cuando cosechamos soja estamos obteniendo mucho más que un grano. Industrialmente, una de las primeras cosas que se hace es lo que conocemos como “crushing” o molienda, mediante la cual se separan fundamentalmente el aceite y la harina o expeller de soja.

La harina de soja tiene un contenido importante de proteína y por eso posee un enorme valor para la alimentación animal. Aparece en dietas para aves, cerdos, bovinos y otras producciones pecuarias. Es decir que muchas veces, cuando consumimos pollo, cerdo, huevos o leche, indirectamente hubo soja en algún punto de esa cadena productiva.

Del otro lado queda el aceite de soja. Lo conocemos como aceite comestible, pero allí tampoco termina su historia. Puede utilizarse también como materia prima para producir biodiésel y participa en distintas aplicaciones industriales. El USDA menciona usos del aceite de soja en tintas, lubricantes, pinturas y combustibles, entre otros productos.

Y existe otro componente muy interesante: la lecitina de soja.

Quizás alguna vez leyeron una etiqueta y encontraron la expresión “lecitina de soja”. Se utiliza especialmente como emulsificante, es decir, ayuda a unir componentes que naturalmente tienden a separarse, como el agua y las grasas. Por eso aparece en chocolates, productos de panificación, margarinas, aderezos y numerosos alimentos procesados.

Ahora vayamos al maíz, que probablemente sea uno de los cultivos con mayor capacidad de sorprendernos.

Naturalmente pensamos en harina de maíz, polenta, copos de cereal o maíz para consumo directo. Pero una parte enorme de su importancia está en algo que no vemos: el almidón.

El grano de maíz puede procesarse para obtener almidón, glucosa, dextrosa, jarabes, aceite de maíz, alcohol y etanol. También constituye una fuente fundamental de energía para la alimentación animal.

Y acá aparece aquella frase que alguna vez seguramente escucharon: “Hasta la pasta dental tiene maíz”.

¿Es verdad?

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Puede serlo, pero expliquémoslo correctamente.

No significa que a la pasta dental se le agregue harina o granos de maíz. Algunas pastas dentales contienen sorbitol, una sustancia que se utiliza, entre otras razones, como humectante para ayudar a mantener la humedad y la consistencia del producto. El sorbitol puede producirse industrialmente a partir de glucosa proveniente del almidón de maíz. Incluso si uno observa actualmente la composición de distintas pastas dentales comerciales encuentra sorbitol entre sus ingredientes. Por eso es correcto decir que un derivado cuyo origen puede ser el maíz puede terminar formando parte de un dentífrico, aunque el origen concreto del sorbitol puede variar según el fabricante.

Pero el maíz llega todavía más lejos.

Su almidón y sus derivados pueden utilizarse en la industria del papel y el cartón, adhesivos, textiles y otros procesos industriales. También puede transformarse mediante fermentación en etanol, utilizado principalmente como biocombustible y en otros usos industriales.

Entonces, cuando vemos un maizal, no estamos observando solamente la futura alimentación de una persona o de un animal. Estamos frente a una verdadera fábrica biológica de almidón y energía.

Pasemos ahora al trigo.

Probablemente sea el cultivo cuya relación con nuestra alimentación resulta más evidente.

Trigo significa harina; y harina significa pan, galletitas, tortas, pastas, pizzas y una enorme cantidad de alimentos. Dependiendo del tipo y calidad del trigo existen diferentes destinos. Por ejemplo, los trigos durum o candeales son especialmente utilizados para elaborar pastas.

Pero durante la molienda no todo termina convertido en harina destinada al consumo humano. Se generan subproductos como salvado y otras fracciones que pueden utilizarse en alimentación animal.

Además, del trigo también podemos obtener almidón y gluten.

Y acá nuevamente salimos de la cocina y entramos a la industria.

El almidón de trigo tiene aplicaciones en papel, cartón corrugado, adhesivos, textiles, productos farmacéuticos y distintos procesos industriales. Puede actuar como espesante, adhesivo, aglutinante o componente de determinados materiales.

Fíjense entonces qué interesante: aquel trigo que vemos verde durante el invierno y dorado cuando se acerca la cosecha puede terminar convertido en pan, pero algunos de sus componentes también pueden participar en la fabricación de una caja de cartón, un adhesivo o incluso productos farmacéuticos.

Finalmente llegamos al girasol.

Cuando pensamos en girasol seguramente lo primero que aparece es el aceite, y con razón. La producción de aceite constituye su principal destino. Las semillas poseen un elevado contenido de aceite, que se extrae y refina fundamentalmente para consumo alimentario.

Pero nuevamente encontramos varios destinos.

Luego de extraer el aceite queda harina o torta de girasol, un subproducto que puede utilizarse en alimentación animal y que aporta principalmente proteína y fibra.

También existen girasoles destinados a confitería: las conocidas semillas que consumimos directamente, tostadas, peladas o incorporadas a diferentes alimentos.

Y el aceite tampoco se limita a nuestra cocina.

Puede tener aplicaciones industriales en cosméticos, resinas, lubricantes y biocombustibles. Históricamente, los aceites vegetales también han sido utilizados para fabricar jabones, pinturas y otros productos.

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Incluso existe lecitina de girasol, cada vez más conocida como emulsificante en diferentes productos alimenticios.

Y acá me gustaría detenerme porque creo que esta es la parte más interesante de la columna de hoy.

¿Por qué cuatro simples granos pueden terminar en tantos productos diferentes?

Porque nosotros vemos un grano, pero la industria ve sus componentes.

En la soja ve aceite y proteína.

En el maíz ve principalmente almidón, aceite y una enorme fuente de energía fermentable.

En el trigo encuentra almidón, proteínas como el gluten y harina.

En el girasol encuentra fundamentalmente aceite y proteínas que quedan concentradas en sus subproductos.

Y después comienza una segunda transformación.

El almidón puede convertirse en glucosa.

La glucosa puede transformarse en otros compuestos.

Los aceites pueden convertirse en biocombustibles, lubricantes o ingredientes industriales.

Las proteínas pueden destinarse a alimentación animal o humana.

Los subproductos vuelven a incorporarse a otras cadenas productivas.

Por eso muchas veces el vínculo entre el campo y nuestra vida cotidiana está escondido.

Vemos una botella de aceite y reconocemos al girasol.

Vemos un paquete de harina y reconocemos al trigo.

Pero difícilmente cuando abrimos una caja de cartón pensamos en un almidón agrícola utilizado en un adhesivo.

Cuando ponemos combustible probablemente no pensamos en una planta de maíz o en un cultivo de soja.

Cuando alimentamos un pollo quizás tampoco recordamos que detrás de esa carne hubo maíz aportando energía y harina de soja aportando proteína.

Y cuando nos cepillamos los dientes muchísimo menos imaginamos que uno de los componentes de esa pasta dental puede provenir originalmente del almidón de un maíz.

Eso es lo maravilloso de las cadenas agroindustriales.

El campo no produce solamente alimentos.

Produce moléculas, energía, fibras, proteínas, aceites y materias primas que después la ciencia y la industria transforman en miles de productos.

Por eso, la próxima vez que pasemos frente a un lote de soja, trigo, maíz o girasol, quizás podamos mirarlo de otra manera.

Porque allí no estamos viendo simplemente granos esperando una cosechadora.

Estamos viendo el comienzo de cientos de historias productivas que pueden terminar en nuestra mesa, en un criadero, en un vehículo, en una fábrica, en una farmacia, en un cosmético, en una caja de cartón o, increíblemente, hasta en aquello que usamos todas las mañanas para cepillarnos los dientes.

Nos encontramos el próximo sábado para seguir descubriendo juntos todo lo que hay detrás del campo argentino.

Autor

  • Catalina Juliá

    Ingeniera Agrónoma, nacida en María Juana, pero desde hace 14 años vivo en San Justo, lugar que hoy siento como propio porque formé mi familia y también me desarrollé como profesional. Mi cercanía con el campo empezó desde muy chica. Vengo de una familia con raíces profundas en la actividad agrícola tambera, iniciada por mi abuelo, que llegó desde España.

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