El escenario de polarización que viene caracterizando la política doméstica en cada uno de los países suramericanos se hizo patente otra vez con los comicios del pasado 4 de octubre.
El sorpresivo primer lugar de Flavio Bolsonaro del Partido Liberal con el 47,03% frente al 45,17% del presidente Lula, volvió a poner de manifiesto la generalizada dificultad que los oficialismos de la región afrontan para poder renovar mandato.
Pero el verdadero indicador sobre la polarización brasileña, estuvo dado en la cantidad de votos que obtuvo el candidato posicionado en el tercer puesto.
El “mejor del resto”, el outsider Augusto Cury del partido Avante, logró sólo el 2,89% de los votos.
El cotejo que se impone automáticamente, es que se abstuvo de concurrir a votar poco más de la quinta parte del padrón de 158 millones de ciudadanos habilitados para sufragar.
Es decir, por un contundente margen, el desencanto es el “partido” que se afirmó como tercera fuerza, con una abstinencia récord desde la plena re-democratización brasileña producida en 1989 con las elecciones directas.
Son más de 30 millones de votantes en los que tanto el PT como el PL enfocan sus esfuerzos de estas últimas semanas, en un contexto difícil de cuantificar en cuanto a proyecciones, especialmente si se considera el errático pronóstico realizado por la mayoría de las encuestadoras antes de la primera parada electoral.
En la recta final, y con los resultados del domingo pasado, el plan opositor fluye más fácilmente que el oficialista.
Mientras el bolsonarismo tiene argumentos para seguir poniendo énfasis en sus propuestas para seguridad, desburocratización y ajuste estatal, el segundo lugar de Lula todavía sacude una campaña que busca atraer votos del centro, tratando de no entrar en contradicción con la propuesta de Estado presente y de políticas tendientes a la reducción de las desigualdades.
Por otro lado, los comicios brasileños vienen a actualizar el análisis sobre los términos de una campaña donde la derecha parece explotar de forma más acertada el entorno digital, mientras las campañas progresistas se han inclinado por insistir en el ejercicio de acciones proselitistas de la militancia tradicional.
En ese sentido, en la primera vuelta del 4 de noviembre quedaron expuestos los aciertos de la oposición y al contrario, las defecciones del estilo oficialista.
Desde hoy quedan 18 días para la definición. Y en los tramos cortos de campaña, el tiempo es más amigo del mérito que de los yerros, dando ventaja a Flavio Bolsonaro, y brindando al proyecto reeleccionista de Lula un margen muy exiguo para recalcular la estrategia.





















