Cada 29 de abril vuelve. No como un recuerdo distante ni como una efeméride más del calendario. Vuelve como una presencia incómoda, como una marca que no termina de cerrar. Vuelve el agua. Vuelve la bronca. Vuelve el silencio de quienes debían hablar. Vuelve la memoria de una ciudad que, en 2003, fue arrasada no sólo por un río desbordado, sino por la desidia, la negligencia y la ausencia del Estado en su momento más crítico.
Santa Fe no fue sólo escenario de una inundación. Fue escenario de una cadena de decisiones que no estuvieron a la altura del riesgo que se conocía. Porque cuando un río crece, no lo hace de un día para el otro. Y cuando una ciudad convive históricamente con ese riesgo, lo que está en juego no es si puede pasar, sino qué se hace para evitar que ocurra de la peor manera.
Y ocurrió de la peor manera.
El rio Salado avanzó. Pero no avanzó solo. Entró por donde no debía entrar. Entró por una defensa incompleta, por una obra que no se terminó, por un punto vulnerable que nunca debió existir. Por ahí ingresó el agua con una fuerza imposible de detener.
Ciento cincuenta y ocho muertos. Detrás de ese número hay nombres, historias, familias que quedaron quebradas para siempre. No es una cifra. Es una herida que sigue latiendo en cada aniversario.
Más de 125 mil personas afectadas. Barrios enteros bajo el agua. Casas destruidas. Recuerdos flotando, vidas desarmadas en cuestión de horas. Y lo más brutal: todo ocurrió de noche, sin aviso, sin un sistema de alerta eficaz, sin una respuesta que estuviera a la altura de lo que estaba pasando.
Esa noche, miles de santafesinos lo perdieron todo. Pero no sólo lo material. Perdieron la tranquilidad. Perdieron la confianza. Perdieron la certeza de que alguien estaba cuidando.
Porque mientras el agua avanzaba, hubo quienes eligieron no ver. Hubo quienes minimizaron el riesgo. Hubo quienes no terminaron las obras que podían haber cambiado el curso de la historia. Y hubo quienes, incluso después, intentaron explicar lo inexplicable.
Eso es lo que todavía duele. Eso es lo que no termina de cerrar.
La imagen de una defensa abierta es más que un error técnico. Es un símbolo. Es la representación de un Estado que dejó un punto crítico sin resolver. Y por ese punto entró el agua. Y por ese punto entró la tragedia.
Después vino la desesperación. La gente saliendo con lo puesto. Familias enteras deambulando sin saber a dónde ir. Una ciudad irreconocible, tapada por el agua y por la angustia. Y en medio de ese caos, apareció lo mejor de la sociedad: la solidaridad. Vecinos ayudando a vecinos, manos tendidas cuando lo demás fallaba.
Santa Fe mostró su humanidad en su peor momento. Pero esa respuesta no puede tapar lo otro: la ausencia.
A 23 años, recordar no puede ser un acto automático. No alcanza con repetir “no olvidar”. La memoria tiene que incomodar. Tiene que señalar. Tiene que exigir.
Porque el riesgo sigue ahí. El río sigue ahí. La posibilidad de que vuelva a pasar, también.
La diferencia está en lo que se haga. En las obras que se terminan. En las decisiones que se toman. En la responsabilidad de no dejar nunca más una puerta abierta frente a un riesgo conocido.
Cada aniversario es, en el fondo, una advertencia. Una forma de decir que lo que pasó no puede volver a pasar. Que no fue sólo el agua. Que hubo errores. Que hubo ausencias. Que hubo responsabilidades.
Y que todo eso no puede repetirse.
El agua se retiró. Con el tiempo, la ciudad se reconstruyó. Pero hay algo que no volvió: la confianza intacta.
Porque cuando una ciudad siente que estuvo sola en su peor noche, algo se rompe.
Y en Santa Fe, esa noche todavía no terminó.
