Estamos entrando en el último trimestre del año. Y en términos económicos, este es el trimestre definitorio.
La economía se mide, en general, por trimestres porque eso permite comparar contra el período anterior y contra el mismo trimestre del año pasado y, de esa manera, empezar a encontrar una tendencia. En estos próximos meses vamos a terminar de saber cómo fue el crecimiento del año, qué pasó con la recaudación, la inflación, las exportaciones, las importaciones y el resultado fiscal.
Pero hay que hacer una salvedad: el último trimestre no se comporta como los otros. Las fiestas de fin de año, la menor cantidad de días laborables y la estacionalidad hacen que las últimas semanas de diciembre tengan un comportamiento particular. En la práctica, tenemos poco más de dos meses para terminar de definir buena parte de los números del año.
Y en ese contexto aparece un dato político y económico que puede ser muy importante: Brasil.
Supongamos que finalmente gana Flávio Bolsonaro y se convierte en el próximo presidente brasileño. Lo primero que cambia, por lo menos durante un tiempo, es la relación política entre los dos países. Argentina y Brasil tendrían dos jefes de Estado con una determinada sintonía, con capacidad para hablar y, fundamentalmente, para impulsar proyectos que necesitan de ambos gobiernos.
Y hay uno que para mí es central.
Vaca Muerta y el gran proyecto energético
Argentina tiene la posibilidad de convertirse en un proveedor estratégico de gas para Brasil. Bolivia, que históricamente abasteció parte de ese mercado, se está quedando sin gas. Nosotros, en cambio, gracias a Vaca Muerta, tenemos cada vez más disponibilidad.
El problema es que para aprovechar esa oportunidad hay que invertir.
Brasil ya tiene plantas para procesar gas natural licuado y, por eso, lo que necesita fundamentalmente es que el gas llegue por gasoducto. Hay una obra importante en marcha, que es la reversión del gasoducto del norte, que permitirá reconvertir parte de la infraestructura que utilizaba Bolivia para vender gas a la Argentina y llevarlo hacia Brasil.
Pero eso no alcanza.
Para convertirnos verdaderamente en proveedores del sur brasileño necesitamos un gasoducto que salga de Vaca Muerta y llegue a Brasil, probablemente a través de Uruguayana. Estamos hablando de una obra de entre 3.000 y 4.000 millones de dólares, que requiere financiamiento internacional y un acuerdo político entre los dos países.
Y acá aparece la importancia de la relación presidencial.
Una obra de esta magnitud necesita que Argentina y Brasil estén de acuerdo, pero también que puedan conseguir financiamiento de organismos internacionales como el Banco Mundial, la CAF y el BID.
El negocio es enorme para los dos. Para Argentina, todavía más.
Estamos hablando de unos 3.000 millones de dólares anuales para nuestro país y de la posibilidad de abastecer de gas al sur de Brasil, incluyendo San Pablo. Es decir, no estamos hablando simplemente de una exportación más: estamos hablando de convertirnos en un proveedor energético estratégico de una de las economías más grandes de América Latina.
Argentina ya está vendiendo gas a Brasil y la reversión del gasoducto del norte debería terminar el año próximo. Después, si se construye el nuevo gasoducto, habrá que sumar un plazo de alrededor de dos años o algo más para que la obra entre en funcionamiento.
Ese, para mí, es el proyecto más importante que puede abrirse en la relación bilateral.
Más comercio y una oportunidad para la competitividad
Pero Brasil no es solamente energía.
Es, inevitablemente, el principal socio comercial de la Argentina. Podemos tener diferencias diplomáticas, podemos discutir políticamente y podemos estar más cerca o más lejos de nuestros respectivos gobiernos, pero el comercio entre los dos países sigue existiendo y tiene una enorme importancia.
Automóviles, maquinaria y una gran cantidad de productos cruzan permanentemente la frontera en ambas direcciones.
Y acá aparece otro dato interesante. El real se apreció aproximadamente un 5% frente al dólar después de las elecciones. Para quienes producen y compiten con Brasil, eso implica una mejora inmediata de la competitividad argentina frente a los productos brasileños.
No significa que con eso se resuelvan nuestros problemas. Pero sí significa que, de un día para otro, Argentina puede encontrarse con una relación cambiaria algo más favorable.
Y tenemos con qué competir.
Este año tuvimos, por ejemplo, discusiones dentro del Mercosur por los cupos de carne, miel, maíz y aceite para exportar a la Unión Europea. Y ahí hay algo que muchas veces olvidamos: la Argentina tiene sectores productivos extraordinarios.
Somos un jugador muy importante en producción agropecuaria y tenemos productos en los que somos líderes mundiales. El caso de la miel es un ejemplo y también lo son el maíz pisingallo, los limones y el jugo de limón.
Entonces la pregunta no debería ser solamente qué hacemos para vender más.
La pregunta debería ser qué seríamos capaces de hacer con una economía ordenada, con crédito racional y con reglas de juego que se mantengan durante cinco años.
No hace falta pedir demasiado. Para producir, invertir y exportar, muchas veces lo único que necesita una empresa es saber cuáles van a ser las reglas de juego de acá a cinco años y tener acceso a un crédito que pueda pagar.
La Argentina tiene recursos, productores y sectores competitivos. Lo que muchas veces nos falta es justamente eso: previsibilidad.
Ahora bien, si Bolsonaro finalmente no gana y el próximo presidente es Lula, por lo menos durante el próximo año no habría grandes cambios respecto del escenario actual. Después habrá que ver cómo evoluciona la relación con la Argentina.
Y mientras tanto tenemos otro dato para mirar: la inflación.
Es probable que octubre vuelva a ubicarse cerca del 2%. No lo considero ni una buena ni una mala noticia en sí misma. Prefiero una inflación que vaya bajando gradualmente, con meses de 1,7%, 1,6%, 1,8% y eventualmente 2%, antes que intentar llegar rápidamente a cero mediante un ajuste demasiado fuerte sobre la economía.
El objetivo tiene que ser que la inflación llegue a un dígito, pero con una economía que siga funcionando.
Porque el desafío no es solamente bajar la inflación. Es hacerlo sin destruir la capacidad productiva que necesitamos para que, justamente, oportunidades como la de Vaca Muerta, Brasil y nuestras exportaciones puedan convertirse en crecimiento real.
