Hola mis queridos lectores de LT9, esta semana pensé mucho en poder recorrer el país aprovechando un fin de semana largo de cuatro días. Pero como a muchos argentinos, tocó quedarme en casa. Entonces dije: ¿y si viajamos igual? ¿Y si lo hacemos con la imaginación, con la palabra, con esa capacidad que tenemos de recorrer miles de kilómetros sin movernos de la silla?
Por eso hoy, como otros sábados, los invito a subirse conmigo a este viaje. Un recorrido distinto, bien federal, para descubrir —o redescubrir— qué otras cosas se producen en este bendito suelo argentino que va mucho más allá de lo que solemos nombrar.
¿Vamos?
Arranquemos por el litoral, donde el verde es intenso y el aire tiene ese perfume tan particular que mezcla tierra húmeda y monte. Allí, en Misiones y el norte de Corrientes, nos encontramos con un clásico argentino: la yerba mate. Pero no es sólo un cultivo, es cultura, es identidad. Detrás de cada mate hay miles de familias productoras, cooperativas, tareferos y una economía regional que late al ritmo de la cosecha.
Un poco más allá, sin salir de esa región, aparece el té. Quizás no tan visible en nuestra vida cotidiana, pero con una enorme importancia exportadora. Argentina es uno de los principales productores de té del mundo, y gran parte de lo que se produce en esas tierras coloradas termina en mercados internacionales.
Si seguimos viajando hacia el noroeste, el paisaje cambia, se vuelve más árido, más desafiante, pero no por eso menos productivo. En provincias como Tucumán, Salta y Jujuy, la caña de azúcar marca el pulso de la economía. Ingenios, cosechas y una industria que no sólo produce azúcar, sino también bioetanol, sumando valor y diversificación.
En esa misma región, el tabaco sigue siendo una actividad clave. Con fuerte presencia de pequeños productores, genera empleo y movimiento económico en zonas donde las alternativas productivas no abundan. Es una de esas producciones que muchas veces no vemos, pero que sostienen comunidades enteras.
Y si hablamos de Tucumán, no podemos dejar de mencionar al limón. Sí, ese mismo que usamos en la cocina, pero que ha convertido a la provincia en líder mundial en exportación de derivados industriales. Una muestra clara de cómo una economía regional puede proyectarse al mundo.
Seguimos camino y nos vamos hacia Cuyo. Mendoza y San Juan nos reciben con viñedos que se extienden al pie de la cordillera. Allí nace el vino argentino, reconocido en todo el mundo. Pero más allá del producto final, lo que impresiona es la cadena que hay detrás: productores, bodegas, tecnología, turismo. Una economía que supo reinventarse y agregar valor.
Pero Cuyo no es sólo vino. También hay producción de ajo, cebolla, aceitunas y frutas secas. Actividades que muchas veces pasan desapercibidas, pero que tienen un peso enorme en las exportaciones y en el empleo regional.
Ahora bajamos hacia la Patagonia. El paisaje vuelve a cambiar, el clima se vuelve más frío, el viento dice presente. Y sin embargo, la producción no se detiene. En el Alto Valle de Río Negro y Neuquén, las peras y manzanas son protagonistas. Frutas de calidad que viajan desde el sur argentino hacia distintos rincones del mundo.
Más al sur, la ganadería ovina sigue siendo parte de la identidad patagónica. La lana y la carne ovina sostienen una actividad histórica, adaptada a condiciones difíciles pero con un enorme valor productivo.
Y si miramos hacia el mar, aparece otro de los grandes recursos del país: la pesca. Langostinos, merluza, calamar… productos que muchas veces vemos en la mesa sin pensar en toda la cadena que hay detrás, desde el trabajo en altamar hasta la industrialización.
Pero en este viaje no podemos dejar de hacer una parada especial en la ganadería, una de las actividades más representativas de la Argentina, que atraviesa todo el territorio y adopta distintas formas según la región.
La ganadería bovina, símbolo indiscutido de nuestro país, sigue siendo una de las grandes protagonistas. Desde la cría en el norte, pasando por la recría y el engorde en la región pampeana, hasta los sistemas más intensivos como los feedlots, la cadena de la carne vacuna combina tradición con tecnología. La calidad de la carne argentina es reconocida en el mundo, pero detrás de cada corte hay un enorme trabajo productivo, sanitario y logístico.
Al mismo tiempo, otras carnes vienen creciendo con fuerza. La producción avícola, por ejemplo, se ha transformado en una de las más eficientes del país, con un consumo interno muy alto y un importante desarrollo industrial. El pollo se convirtió en un alimento cotidiano en la mesa de los argentinos.
La actividad porcina también ha dado un salto importante. Con mayor tecnificación y profesionalización, cada vez más productores se vuelcan a esta alternativa que permite ciclos productivos más rápidos y una buena conversión alimenticia.
Y como mencionábamos antes, en la Patagonia la ganadería ovina sigue siendo clave, no sólo por la carne sino también por la lana, un producto que conecta directamente con los mercados internacionales.
Volvemos hacia el centro del país, pero esta vez no para hablar de los cultivos tradicionales, sino de otras producciones que también hacen al entramado agropecuario.
La lechería, por ejemplo, tan presente en Santa Fe y Córdoba. Miles de tambos que todos los días producen leche que luego se transforma en quesos, yogures, dulce de leche. Una actividad que no descansa y que requiere un compromiso diario enorme.
También aparecen producciones como la apicultura. Argentina es uno de los principales exportadores de miel del mundo. Detrás de cada frasco hay apicultores, colmenas y un trabajo silencioso pero fundamental, que además cumple un rol clave en la polinización.
Y no podemos olvidarnos del maní en Córdoba, un verdadero caso de éxito. Un cultivo que logró posicionarse a nivel internacional con una fuerte apuesta al agregado de valor.
En el norte, el algodón vuelve a tomar protagonismo, especialmente en Chaco y Santiago del Estero. Una actividad que tuvo altibajos, pero que sigue siendo clave para muchas economías locales.
Y si hablamos de producciones menos visibles, también hay que mencionar la forestación en Misiones y Corrientes. Plantaciones de pino y eucalipto que abastecen a una industria en crecimiento, vinculada a la madera, el papel y la energía.
Todo este recorrido nos deja algo claro: el campo argentino es mucho más que lo que solemos nombrar. Es diversidad, es adaptación, es esfuerzo. Es un entramado productivo que se extiende de norte a sur y de este a oeste, con realidades muy distintas pero un mismo objetivo: producir.
Cada región, cada actividad, cada productor aporta su parte a este gran mapa productivo. Y muchas veces, son esas producciones menos visibles las que sostienen el arraigo, el empleo y la vida en el interior del país.
Tal vez no pudimos viajar este fin de semana largo. Pero si algo nos permite este ejercicio es entender que no hace falta hacer las valijas para recorrer la Argentina. A veces alcanza con mirar un poco más allá, con valorar lo que tenemos y con reconocer el enorme potencial de nuestro suelo.
Los invito a seguir haciendo este viaje, a seguir descubriendo, a seguir contando. Porque el campo argentino no es uno solo, y siempre hay algo nuevo por conocer.
Nos encontramos el próximo sábado.
