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Dándole luz al Margen Bruto Agrícola

Hoy les traemos los conceptos que construyen un margen bruto agropecuario: todo lo que tenés que considerar para conocer el resultado real de tu actividad.

Dándole luz al Margen Bruto Agrícola

Hola, mis queridos lectores de LT9, ¿cómo están? Espero que muy bien.
Aprovechando esta lluvia que nos invita a frenar un ratito, los invito a tener a mano el mate, la calculadora, la compu con el Excel… o lo que uses para sacar los números de tu actividad agropecuaria.

Este sábado, el ingeniero Henri nos deja más claro que nunca los conceptos que construyen un margen bruto agropecuario: todo lo que tenés que considerar para conocer el resultado real de tu actividad.
Porque si algo tenemos claro, es que arrancar cualquier empresa con los números ordenados y con precisión es fundamental para proyectarse, crecer y tomar decisiones que cuiden el futuro.

Sin más preámbulos, te dejamos esta increíble columna para que puedas calcular tu propio margen bruto y entender, con claridad, qué hay detrás de cada hectárea trabajada.

Para calcular el margen bruto agrícola, el punto de partida es el ingreso neto por hectárea. Este surge de multiplicar el rendimiento —expresado en toneladas o kilogramos por hectárea— por el precio neto del producto.

El precio neto se obtiene a partir del precio pizarra, al que se le descuentan los gastos comerciales y logísticos. Entre ellos se incluyen:

  • Fletes:
    • Acarreo desde el campo o la planta.
    • Flete largo hasta el puerto, generalmente fijado por tonelada y determinado por la distancia.
  • Gastos de acondicionamiento: secado, zarandeo, paritarias y otros procesos necesarios para que el grano cumpla con estándares comerciales.
  • Comisión comercial: correspondiente al acopio o al exportador.

A su vez, el precio final también se ajusta según bonificaciones o descuentos por calidad.
Ejemplos habituales:

  • En girasol, bonificaciones o rebajas por materia grasa.
  • En trigo, ajustes por proteína.
  • En ambos casos, también se consideran penalidades por granos quebrados, verdes u otras condiciones de recibo.

Además del volumen efectivamente vendido, el cálculo del ingreso neto debe contemplar todas las toneladas producidas, independientemente de su destino final. Esto es clave para reflejar el verdadero resultado económico del cultivo.

Por un lado, están las toneladas comercializadas, donde contamos con un precio real de venta y con gastos comerciales concretos. Pero, además, debemos incluir los kilos que quedan en stock al cierre del período analizado. A ese stock se le asigna un valor neto de realización, es decir, el precio que se podría obtener si esos granos se vendieran en ese momento, descontando los gastos comerciales proporcionales.

También es necesario incorporar otros posibles destinos de la producción:

  • Cesión a otras actividades de la empresa, como alimentación para la actividad ganadera en el caso de maíz o sorgo.
  • Uso como semilla, ya sea para la producción de semillas propias o para conservar como insumo para la campaña siguiente.

En todos estos casos, esos kilos deben valuarse con un precio neto, también basado en un valor neto de realización. Solo así el ingreso neto refleja de manera fiel el valor económico total generado por el cultivo, más allá del flujo de ventas efectivas.

En el análisis del margen bruto, los gastos directos del cultivo deben registrarse de manera completa y con criterios de valoración consistentes. Estos incluyen todas las erogaciones necesarias para producir el cultivo, independientemente de si los trabajos se realizan con recursos propios o contratados.

El primer rubro a considerar son las labores agrícolas: labores de preparación de suelo, pulverizaciones y siembra. Cuando estas tareas se realizan con maquinaria propia, corresponde asignarles un valor de mercado, equivalente al costo de oportunidad de utilizarlas internamente o al importe que cobraría un contratista por el mismo servicio.

A continuación, se incorpora el costo de la semilla. Este puede corresponder a semilla adquirida o a semilla de uso propio. En este último caso, se la valúa según su valor neto de realización, que representa el ingreso que podría obtenerse si esa semilla se comercializara. Aunque suele ser inferior al precio de compra de una semilla certificada, igualmente posee un valor económico que debe reconocerse. En este rubro se incluyen también los curasemillas e inoculantes utilizados.

Otro componente relevante es la fertilización, junto con los herbicidas, insecticidas y otros insumos fitosanitarios, cuyo costo debe registrarse según los valores vigentes en el mercado al momento de su aplicación o compra.

A esto se suman los seguros agrícolas, como coberturas contra granizo, viento u otros riesgos específicos. Son parte integral de los costos directos porque se contratan para proteger la producción del cultivo analizado.

Finalmente, se incorpora el costo de cosecha, ya sea realizada con equipo propio o contratada. Al igual que en las labores, cuando se dispone de maquinaria propia se debe imputar un valor de mercado, tomado de las tarifas de cosecha de la zona.

Además de los costos directos, el cálculo del margen bruto debe incluir una categoría de gastos que con frecuencia se pasa por alto, pero que resulta fundamental para evaluar la rentabilidad real del negocio: los gastos de administración y gerenciamiento.

Dentro de este rubro se consideran los costos necesarios para el funcionamiento operativo y la toma de decisiones dentro de la empresa agrícola. Entre ellos se encuentran:

  • Gastos administrativos y de estructura.
  • Movilidad y logística asociada al seguimiento de los lotes.
  • Asesoramientos técnicos, como monitoreos de cultivos u otros servicios profesionales.

En empresas eficientes y de mayor escala, estos costos suelen ubicarse entre 45 y 55 dólares por hectárea. Sin embargo, pueden ser superiores en explotaciones más pequeñas, donde la estructura fija se distribuye sobre una superficie menor.

A esto se suma el costo del arrendamiento.
Si la tierra es alquilada, se toma el valor real del arrendamiento abonado. Pero cuando se trabaja sobre campo propio, corresponde imputar un costo de oportunidad: es decir, el ingreso que podría obtenerse si esa tierra se ofreciera en alquiler, o el valor que se pagaría por un campo de características equivalentes. De esta manera, el cálculo reconoce que la tierra tiene un valor económico independientemente de su condición de propiedad.

Un aspecto adicional en el cálculo del costo de arrendamiento es su prorrateo cuando se realizan dos cultivos en la misma campaña, como trigo–soja, colza–soja, colza–maíz o trigo–maíz. En estos casos, el arrendamiento debe distribuirse entre ambos cultivos de acuerdo con un criterio razonable y consistente con la realidad productiva de cada zona.

La forma más habitual es asignar 50% del costo de arrendamiento a cada cultivo. Sin embargo, en regiones donde el cultivo de invierno presenta márgenes significativamente menores, se utiliza un esquema diferenciado: se reconoce entre 30% y 40% del arrendamiento al cultivo de invierno y se imputa el porcentaje restante al cultivo de verano (soja o maíz de segunda). Este criterio permite reflejar con mayor precisión el aporte económico relativo de cada cultivo dentro de la secuencia.

¿Y qué les pareció?
Seguro quedaron tan atrapados como yo. ¡Qué importante es tener estos conceptos así de claros! Esperamos que les sea de mucha utilidad, y aprovechamos para contarles que, los últimos sábados de cada mes, vamos a ir compartiendo los números de distintas actividades agropecuarias.

Si hay alguna que te interese en particular, dejános tu comentario.

Gracias por acompañarnos un sábado más.
Nos volvemos a encontrar el próximo fin de semana para seguir desmenuzando juntos todo lo que pasa en el campo argentino.

Autor

  • Ingeniera Agrónoma, nacida en María Juana, pero desde hace 14 años vivo en San Justo, lugar que hoy siento como propio porque formé mi familia y también me desarrollé como profesional. Mi cercanía con el campo empezó desde muy chica. Vengo de una familia con raíces profundas en la actividad agrícola tambera, iniciada por mi abuelo, que llegó desde España.

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