Si de modelos de integración se trata, nadie duda en señalar a la UE como la más formidable experiencia de conformación supra-nacional.
Pero en sus orígenes, hace más de medio siglo, el proyecto tuvo que enfrentar férreas posiciones contrarias, aunque faltaba bastante para la imposición o generalización del término euroescepticismo.
En efecto, el vocablo encuentra sus raíces recién en la década del ’80 del siglo pasado y fue utilizado por primera vez en la prensa británica para identificar incipientes posicionamientos de rechazo a la gran integración.
Profecía cumplida
El autor egipcio Samir Amin sostuvo en una obra publicada en 1995 que “todo indica que el barco de Gran Bretaña navegaría a lo largo de las costas estadounidenses y tomaría sus distancias frente a la Europa continental. Vamos sin dudas por ese camino”.
A pocos años de aquel pronóstico, entre 2004 y 2007 se aceleró la ampliación de la UE con el ingreso de doce nuevos Estados miembros, extendiendo la integración hacia el este.
Cronológicamente, ese crecimiento iba a anteceder a una crítica coyuntura financiera global originada en Estados Unidos. La crisis internacional desatada en 2008 por la “burbuja inmobiliaria” infectó rápidamente a los mercados económicos y financieros mundiales alterando y restringiendo el flujo de préstamos.
En Europa, el contagio se expresó poniendo en evidencia la fuerte brecha entre los países cuyas asimetrías macroeconómicas eran más evidentes.
Condicionados por la cláusula de no correspondencia financiera o no rescate del Banco Central Europeo, Grecia, Irlanda, Portugal y Chipre, debieron recurrir a préstamos bilaterales urgentes para paliar crecientes déficits y poder afrontar las consecuencias de una profunda recesión.
En el Reino Unido, la corriente euroescéptica la emprendió contra el diseño de gobernanza de la UE, siendo esa crítica uno de varios factores convergentes que provocaron el triunfo del “Leave”.
El bloque acusó golpes en varias direcciones. En una producción periodística realizada por un grupo de analistas internacionales en 2016, el New York Times publicó que “la salida británica debilita a un bloque que es el mercado más grande del mundo, así como un ancla de la democracia global”.
Reparto de costos y vuelta al debate
Según informes de la Comisión Europea, la retirada del Reino Unido “creó obstáculos al comercio y a los intercambios transfronterizos con consecuencias para las administraciones públicas, las empresas y los ciudadanos, incluso con el Acuerdo de Comercio y Cooperación que buscó atenuar el impacto negativo”.
Por su parte, en marzo de este año, la ministra de Hacienda del Reino Unido, Rachel Reeves, estimó que el Brexit le costó a su país el 8% del PBI.
Reeves fue más allá de los números y ensayó como disparador de un nuevo debate, que “este gobierno cree que una relación más estrecha (con la UE) redunda en beneficio de toda Europa”.
En encuestas divulgadas este mes por The Guardian, se afirma que gran parte de los británicos están dispuestos a aceptar la discusión sobre un futuro retorno al bloque.
Lo que sí persiste desde el factor ideológico, es la diferenciación característica de la política del Reino Unido, que marca en general, impulsos europeístas o críticos a la UE, según provengan de laboristas o conservadores, respectivamente.
El nuevo formato del debate revela también que, a casi diez años del crucial plebiscito, buena parte de los votantes cayeron en la cuenta de haber quedado en el medio de una campaña marcada por inexactitudes que – aunque por escaso margen – alcanzaron para satisfacer la pretensión de sectores euroescépticos.
En adelante, en un proceso que se vislumbra pendular y sin plazos claros, una parte significativa de los británicos propende a aceptar seriamente, una hoja de ruta de regreso al bloque que hoy componen 27 miembros.
