Se escucha en el viento que cruza la estepa, en el frío que cala en la piel, en la nieve que pinta de blanco la montaña eterna y en ese silencio inmenso que, lejos de estar vacío, parece decirnos algo.
¿Dónde empieza el sur?
Decimos “el sur” como si supiéramos exactamente dónde está. Como si el mapa tuviera una única mirada, como si el Sur estuviera abajo y el Norte arriba.
¿Pero depende entonces en donde estemos parados? En todos los sentidos del término.
¿O creerle del todo a la brújula?
O analizar las cosas desde otro lado. Porque no es lo mismo mirar hacia el Sur desde el Norte que mirar hacia el Norte desde el Sur. No?
Aquí, hoy en el sur, observando pequeña e insignificante yo, las cumbres nevadas, cambia mi mirada.
Cambia la historia que contamos.
Cambia incluso el lugar desde el que nos pensamos.
Y en esa tierra patagónica y bajo estas cuestiones que me atraviesan aparece una voz en mi cabeza. La voz de Hugo Giménez Agüero, el cantor y poeta del sur.
Tuve la oportunidad de conocerlo de chica, de apreciar su obra, de imaginarme sus paisajes, su gente y su manera de vivir. De aquellos que aprendieron a conversar con las distancias y la memoria de quienes estuvieron antes, mucho antes habitando estas tierras australes.
A través de su música derramada que parece avanzar al ritmo del viento en loncomeos, kaanis, chorrilleras, milonga andina o surera, supo llevar la tierra consigo y yo, como tantos, pudimos sentirla como el nos hacía vivirla.
Hay una milonga de su autoría “No me abandones ahora”.
La escuchaba en las faldas de mi padre, y como hoy, me emociona hasta las lágrimas, llevándome directamente a este universo.
Comienza con una voz radial que transmite un mensaje para un trabajador rural Don Zenón Martínez, de la estancia El Tero, puesto La Vasca, que su esposa acaba de dar a luz a un varón y que ambos están bien. Pero, debido al temporal, recomiendan no viajar.
Zenón está lejos, en medio de la nieve. Le habla a su caballo zaino, y le pide que no lo abandone porque quiere llegar hasta el pueblo conocer su hijo.
La nieve cae intensamente, el viento sopla helado y el camino se vuelve cada vez más difícil. Yo siempre entendí un final trágico, pero capaz no era ese.
Es una historia verídica de distancia, nieve y espera.
Pero ahí estuvo la radio, como ocurría antes y más en estas zonas donde las distancias son enormes. A través de la voz de un locutor transmitiendo un mensaje que es de vida o muerte para alguien.
Y para mí, lo más hermoso en el trasfondo de la canción está justamente ahí: la radio no es un elemento decorativo.
En la Patagonia rural, donde las distancias son enormes y los temporales pueden aislar a las personas, los mensajes radiales eran —y en muchos lugares siguieron siendo— una forma esencial de comunicación, de compañía, de ilusiones, de noticias buenas y malas, que se escuchaban como ceremonia y rezo.
El Sur, el norte, la radio, el poeta, Zenón, este artículo, mis días en la nieve, todo me lleva al principio de tal torbellino de palabras.
YO sí quiero escuchar el SUR.
Y ustedes a través de “No me abandones ahora”, un poquito a la distancia.
