Ya transcurrió un poco más de un mes desde los fuertes y trágicos sismos que afectaron principalmente las regiones del centro y del norte de Venezuela.
El balance oficial de víctimas es de 5.398 fallecidos, 16.740 heridos y más de 23.000 personas desplazadas, que aún permanecen en campamentos temporales. Penosamente las cifras no son seguras y pueden seguir aumentando con el paso del tiempo y con el cruce de datos.
Inicialmente la comunidad internacional reaccionó al desastre destinando diferentes partidas de ayuda, pero el largo día después empieza a desnudar una realidad que marca un apoyo insuficiente si se procura una contención razonable.
El director de la Organización Panamericana de la Salud, Jarbas Barbosa, alertó que persisten riesgos sanitarios por los daños en los sistemas de agua y cloacas, el hacinamiento en los refugios y en general, por el colapso del sistema de salud.
Actualmente el organismo subraya la necesidad de reforzar la vigilancia epidemiológica y de atender los pedidos de protección que surgen desde el personal que sigue trabajando en terreno.
Por su parte, con necesaria crudeza y tras su recorrida por La Guaira, la directora del Fondo de Población de la ONU, Paula Narváez, enfatizó sobre la magnitud de las necesidades que persisten, sin que se pueda recurrir a decenas de centros de salud que funcionaban con relativa normalidad antes de los terremotos, pero que ahora padecen o severos daños edilicios o la destrucción total.
Las distintas agencias de Naciones Unidas siguen encarando una labor multidisciplinaria que abarca un programa de auxilio psicológico para las comunidades afectadas.
En otro orden, un problema muchas veces oculto en situaciones de catástrofe, es que una gran cantidad de personas no cuenta con ninguna documentación que acredite su identidad, lo que suma un obstáculo para la coordinación y organización de una asistencia eficiente.
Personal de la ONU también trabaja para prevenir la violencia de género, un riesgo que suele aumentar durante las crisis humanitarias en todas partes del mundo, razón por la cual se coordinan acciones con el gobierno a cargo y con las ONG, para procurar hacer más seguros los refugios frente al riesgo latente.
Para Narváez, “la reconstrucción tomará años” por lo que se torna urgente un mejor y sostenido “apoyo internacional para que las comunidades más vulnerables puedan recuperar sus medios de vida”.
Ya cumplido el primer mes de los trágicos sismos, inexplicablemente el drama va perdiendo su lugar en la agenda internacional, a pesar de los enfáticos llamados de los responsables de las principales agencias humanitarias, para que la sensibilidad no cese frente a una nación todavía en duelo y camino a una larga y dura reconstrucción.
