Hay personajes que entretienen. Otros que acompañan. Y hay algunos que, con apenas unas pocas líneas y una expresión de fastidio, consiguen hacer algo mucho más difícil: obligarnos a pensar.
Mafalda pertenece a esa última categoría.
El 29 de septiembre de 1964, la revista Primera Plana publicó por primera vez una tira protagonizada por una pequeña niña de pelo negro, carácter fuerte y una particular preocupación por todo aquello que ocurría a su alrededor. Así nacía oficialmente Mafalda, uno de los personajes más reconocibles de la historieta argentina. Argentina
Y aunque tenía apenas seis años, Mafalda nunca se comportó como una espectadora ingenua del mundo. Preguntaba. Cuestionaba. Se indignaba. Se burlaba. Y, sobre todo, desconfiaba de las respuestas fáciles.
Una niña que no quería quedarse callada
Mafalda odiaba la sopa, discutía con sus padres, conversaba con sus amigos y se preocupaba por problemas que parecían demasiado grandes para una niña.
La guerra, el hambre, la pobreza, las desigualdades, la política, la educación, el papel de la mujer y el futuro de la humanidad aparecían en sus conversaciones. Quino consiguió algo extraordinario: hablar de asuntos complejos sin convertir la historieta en un discurso solemne. Argentina
Por eso Mafalda sigue funcionando décadas después.
Porque muchas de sus preguntas no envejecieron.
“¿Y si en vez de planear tanto voláramos un poquito?”
“Paren el mundo, que me quiero bajar.”
“Lo malo de la gran familia humana es que todos quieren ser el padre.”
Y quizás una de las más recordadas:
“Ya que amarnos los unos a los otros no resulta, ¿por qué no probamos amarnos los otros a los unos?” Clarin.com
En sus viñetas, el humor nunca estuvo separado de la crítica. Mafalda podía hacer reír mientras señalaba una contradicción, una injusticia o una costumbre que todos habían naturalizado.
De una publicidad que nunca existió a un personaje eterno
La historia de Mafalda también tiene algo de casualidad.
En 1964, Quino recibió un encargo relacionado con una campaña publicitaria para una línea de electrodomésticos de la marca Mansfield. La agencia necesitaba personajes cuyos nombres comenzaran con la letra “M”. La campaña finalmente no se realizó, pero Quino conservó a aquella niña que había creado. Argentina
Y Mafalda encontró su lugar en Primera Plana.
En marzo de 1965 pasó al diario El Mundo, donde comenzó a publicarse con mucha mayor frecuencia. Desde allí su popularidad creció rápidamente y la historieta comenzó a cruzar fronteras. Con el tiempo fue traducida a más de 30 idiomas y se convirtió en un fenómeno internacional. Argentina
La tira dejó de publicarse en 1973, pero Mafalda nunca dejó realmente de existir.
Quino, el hombre detrás de la niña
Detrás de Mafalda estaba Joaquín Salvador Lavado Tejón, conocido mundialmente como Quino.
Nacido en Mendoza en 1932, comenzó a acercarse al dibujo desde chico. Estudió en la Escuela de Bellas Artes, aunque abandonó sus estudios para dedicarse a la historieta. A los 18 años viajó a Buenos Aires buscando convertirse en dibujante profesional y atravesó varios años difíciles antes de conseguir publicar sus primeros trabajos. Argentina
En 1963 publicó Mundo Quino, su primer libro, un año antes de que Mafalda apareciera por primera vez.
Pero reducir a Quino a “el creador de Mafalda” sería injusto. Fue uno de los grandes maestros del humor gráfico argentino, capaz de utilizar una escena cotidiana para hablar del poder, la burocracia, el consumo, las relaciones humanas, la desigualdad y las contradicciones de la sociedad. Argentina
Mafalda fue su creación más famosa, pero no fue su única obra.
La vigencia de Mafalda
Quizás la verdadera razón por la que Mafalda sigue siendo reivindicada no está solamente en sus frases.
Está en su actitud.
Mafalda no aceptaba que algo fuera así simplemente porque siempre había sido así.
Y esa es probablemente una de las razones por las que continúa siendo tan argentina y, al mismo tiempo, tan universal.
Mientras los adultos discutían cómo funcionaba el mundo, una nena preguntaba por qué tenía que funcionar de esa manera.
Y quizás ahí esté el secreto de su permanencia.
Porque Mafalda no creció.
Crecimos nosotros.
Y cada vez que volvemos a leerla descubrimos que aquella nena que parecía estar hablando de los problemas de 1964 todavía tiene algunas preguntas para hacernos hoy.
