Había algo extraño en aquellos seis hombres. Graham Chapman, John Cleese, Terry Jones, Eric Idle, Michael Palin y Terry Gilliam no parecían demasiado interesados en contar chistes de principio a fin. Preferían romperlos.
El primer episodio de Monty Python’s Flying Circus se emitió el 5 de octubre de 1969 por la BBC. El programa tendría cuatro temporadas y 45 episodios, hasta convertirse en una referencia mundial del humor absurdo, surrealista y satírico.
Y desde el comienzo dejaron claro que las reglas podían ser un problema perfectamente prescindible.
El chiste que no termina donde debería
El humor de Monty Python tenía algo particularmente incómodo: muchas veces no buscaba el remate tradicional.
Un personaje podía comenzar una escena con absoluta normalidad y terminar hablando de algo completamente absurdo. Una situación podía quedar inconclusa. Un sketch podía interrumpirse sin explicación. Una animación podía aparecer de la nada. Y una frase aparentemente insignificante podía convertirse en el centro de toda una escena.
Era un humor surrealista, anárquico, absurdo y profundamente satírico, que también se burlaba de las convenciones de la televisión y de las normas sociales de su época.
Uno de sus grandes hallazgos fue entender que lo absurdo no necesariamente necesita explicación.
A veces alcanza con llevar una idea lógica hasta un lugar completamente ridículo.
Y entonces aparece Les Luthiers
Acá aparece una coincidencia que resulta difícil ignorar.
Unos años antes, en Argentina, un grupo de músicos y estudiantes había comenzado a experimentar con una idea parecida: utilizar la inteligencia, la música, el absurdo y el lenguaje para construir humor.
Ese grupo terminaría convirtiéndose en Les Luthiers.
No son lo mismo. Y tampoco se trata de decir que Les Luthiers copiaron a Monty Python. De hecho, Les Luthiers reconocieron múltiples influencias: desde Chaplin y los Hermanos Marx hasta Woody Allen, Quino y, justamente, Monty Python.
Pero existe un parentesco evidente.
Dos formas de tomarse el absurdo en serio
Los Monty Python podían construir un sketch alrededor de una situación completamente disparatada y tratarla con absoluta seriedad.
Les Luthiers podían inventar un compositor inexistente, una obra musical imposible o un instrumento absurdo y presentarlo con la solemnidad de una conferencia académica.
Ahí aparece una de las grandes similitudes:
cuanto más serio se presenta el disparate, más gracioso resulta.
Los dos grupos entendieron que el humor no siempre necesita gritar que algo es gracioso.
A veces alcanza con decir una estupidez con cara de funcionario público.
El lenguaje como arma
Otra coincidencia está en el uso del lenguaje.
Monty Python explotó los dobles sentidos, los juegos de palabras, las contradicciones y los diálogos llevados hasta el absurdo.
Les Luthiers hicieron prácticamente una disciplina artística del juego verbal.
Palabras inventadas, nombres imposibles, falsas citas históricas, personajes ridículos, canciones con estructuras sofisticadas y frases que parecen cultas hasta que uno descubre que están diciendo una barbaridad.
En ambos casos, el humor tiene una segunda capa.
Primero aparece el chiste.
Después aparece la inteligencia detrás del chiste.
La parodia de lo solemne
También comparten una obsesión: reírse de aquello que se presenta como demasiado serio.
Los Monty Python podían burlarse de la política, la religión, la televisión, la burocracia, la historia británica o las costumbres sociales.
Les Luthiers hicieron algo parecido con la música clásica, la literatura, la cultura académica, la política y la propia solemnidad de ciertos espectáculos.
Pero hay una diferencia interesante.
Los ingleses muchas veces destruían la solemnidad desde el caos.
Los argentinos preferían destruirla desde la precisión.
Unos podían tirar una vaca animada en medio de una escena.
Los otros podían construir un instrumento musical con una bicicleta, tubos, objetos domésticos y una explicación técnicamente impecable.
El resultado era parecido: hacer tambalear aquello que parecía intocable.
El absurdo como forma de inteligencia
Quizás por eso Monty Python y Les Luthiers terminaron siendo comparados tantas veces.
No porque hagan exactamente el mismo humor, sino porque comparten una idea fundamental: el espectador también tiene que trabajar.
Hay chistes que funcionan inmediatamente.
Otros requieren conocer una referencia, entender un juego de palabras o reconocer aquello que está siendo parodiado.
En Les Luthiers, además, la música no era simplemente un acompañamiento: era parte del mecanismo cómico. El propio grupo explicó que buscaba crear humor a través de la música y parodiar estilos musicales sin necesidad de despreciarlos.
Los Monty Python hicieron algo parecido con la televisión, el cine, la historia y la cultura popular.
No necesitaban destruir aquello que parodiaban.
Muchas veces les alcanzaba con tomarlo demasiado en serio.
Del Flying Circus a la cultura popular
El fenómeno Python no quedó encerrado en la televisión británica.
Después llegaron películas como Monty Python and the Holy Grail, Life of Brian y The Meaning of Life, que llevaron aquella mezcla de absurdo, sátira y surrealismo al cine.
Su influencia atravesó generaciones y terminó convirtiendo al grupo en una referencia inevitable de la comedia contemporánea.
Les Luthiers, por su parte, construyeron su propio universo y desarrollaron durante décadas una identidad absolutamente argentina.
Pero resulta curioso mirar hacia atrás y encontrar esas dos trayectorias avanzando por caminos diferentes hacia un lugar parecido.
Unos desde Inglaterra.
Los otros desde Argentina.
Unos con sketches, animaciones y humor surrealista.
Los otros con instrumentos imposibles, música y palabras inventadas.
El preludio
Quizás por eso “preludio” sea una palabra más interesante que “influencia”.
Porque Monty Python no fue simplemente el origen de Les Luthiers.
Pero sí formó parte de ese mismo movimiento internacional que entendió que el humor podía ser absurdo sin ser vacío, inteligente sin ser solemne y culto sin dejar de ser ridículo.
El 5 de octubre de 1969, seis ingleses salieron a la televisión para demostrar que una escena podía empezar en un lugar y terminar en cualquier otro.
Décadas después, seis argentinos podían aparecer vestidos de gala para interpretar una composición de un músico que jamás existió con un instrumento que nadie debería haber fabricado.
Y quizás ahí esté el verdadero parentesco.
Monty Python abrió una puerta. Les Luthiers entraron por otra. Pero ambos descubrieron que detrás de la solemnidad había algo mucho más divertido: el absurdo.
