¿Hacia la era del después? Esa pregunta sirvió como título y disparador general a un riguroso trabajo publicado a fines del año pasado por la Fundación Carolina.
En él, varios internacionalistas destacados analizan los potenciales efectos geopolíticos a partir de la irrupción de las nuevas tecnologías, con foco en la llegada de la Inteligencia Artificial.
De la pregunta general formulada en el comienzo del libro, devienen directamente otros dos fuertes interrogantes: después de qué, y de qué modo el paso a una nueva era podría impactar en América Latina.
Al referirse a un “después”, la publicación se enfoca temporalmente en la era que sigue a la de la consideración del poder basado estrictamente en las capacidades militares y económicas que han erigido a las potencias del sistema mundo configurado en la posguerra.
El supuesto de partida ante el nuevo escenario, es que los países de América Latina están perdiendo la capacidad “de pensar sus propios futuros”.
El nuevo juego de las potencias
Vista en el marco de un proceso, la IA sólo confirma un dato proyectado desde la irrupción de la tecnología digital. Hoy, los actores más poderosos se disputan la capacidad de controlar el máximo posible de los datos algorítmicos.
Al respecto, en ¿Hacia la era del después? se proponen conceptos tales como “arquitectura del poder tecnológico” o bien, y con mayor complejidad, el de una “tecnoplutocracia” basada en estrategias de acceso masivo a los datos que todos proporcionamos en nuestra interacción por medio de celulares.
Sobre este punto, Bernabé Malacalza sitúa a América Latina en el centro de una disputa tecnológica global que atraviesa la rivalidad entre Estados Unidos y China, planteando una situación adversa que condiciona el juego de la gran mayoría de América.
Y para Esteban Actis, nuestra región vuelve a quedar en una situación de desventaja por “disparidades estructurales, baja capacidad de innovación y alta dependencia tecnológica”.
Lo que ocurre en Argentina y en el gran barrio
Entre todos los abordajes, el de Pablo Stefanoni concierne específicamente al caso argentino, por considerarlo una especie de laboratorio para entender la intensidad de las guerras culturales que se ven exacerbadas por la posibilidad que ofrecen las actuales tecnologías de la comunicación.
Además, la autora e investigadora rosarina Gisela Pereyra Doval, examina el modo en que las tecnologías digitales se han convertido en “vectores de posverdad y manipulación emocional” y postula que las extremas derechas latinoamericanas “han sabido operar dentro de las lógicas algorítmicas para producir identidades políticas, enemigos simbólicos y narrativas de confrontación”.
Proyectando sus postulados a la cotidianeidad del debate argentino, se puede inferir que la agenda pública evidencia un declive de valor, en medio de un contrapunto colectivo incapaz de proveer respuestas efectivas a los problemas sociales reales.
Para Pereyra Doval, asistimos a una “precariedad institucional” pre-establecida que motivó los ejes de un nuevo discurso que busca debilitar las instituciones apelando a noticias falsas que hoy pueden circular sin filtros.
La internacionalista agrega que, a la utilización algorítmica del poder de fuego comunicacional de los aparatos de poder, se sumó como problema la llegada de los deepfakes generados con IA.
¿Urgencia u oportunidad?
Visto como problema o como desafío, el nuevo escenario descripto en el texto concebido a finales del año pasado, revela la importancia de ir hacia una discusión integral que procure estrategias regionales de infraestructura digital y que apunte a la ampliación de la capacidad de América Latina de defender de forma autónoma sus horizontes de desarrollo.
La advertencia lanzada por Bernabé Malacalza da debida cuenta de esta necesidad, cuando afirma que “las cruzadas entre EE.UU. y China no se limitan a una lucha por el poder, sino que expresan una disputa por moldear el futuro tecnológico de América Latina”.
En definitiva, todo el trabajo da pistas para proyectar de qué modo la tan mentada grieta, que no es exclusiva de Argentina, podría seguir siendo explotada por medio de un tipo de vigilancia digital, en la medida en que la región no aprenda a generar los anticuerpos contra ese mega-poder algorítmico.
A la pregunta general sobre si estamos yendo hacia la era del después, podrían sumarse como interrogantes específicos los referidos a qué lugar ocupan y cuánta capacidad ostentan hoy los Estados latinoamericanos para afrontar el escenario en el que empieza a prevalecer este nuevo factor de poder.
