El fenómeno de El Niño atraviesa este año una fase de gran intensidad y está generando efectos contrapuestos sobre la producción agropecuaria de Brasil. Mientras los estados del sur enfrentan lluvias persistentes, inundaciones y fuertes vientos, amplias zonas del norte y el nordeste padecen una marcada reducción de las precipitaciones.
El climatólogo Carlos Nobre, investigador de la Universidad de São Paulo (USP), advirtió que los eventos climáticos extremos ya forman parte de la realidad actual y explicó que el calentamiento de los océanos incrementa la evaporación y la cantidad de vapor de agua disponible en la atmósfera.
Ese proceso puede favorecer precipitaciones de gran intensidad en determinadas regiones y, al mismo tiempo, generar condiciones de sequía y temperaturas elevadas en otras.
En Rio Grande do Sul, Santa Catarina y Paraná, las lluvias por encima de los registros habituales ya provocaron inundaciones y afectaron cultivos de trigo, soja, maíz y distintas variedades de frutales.
Uno de los episodios más severos se registró en Rio Grande do Sul, donde durante julio hubo más de diez jornadas consecutivas de precipitaciones. El escenario se agravó posteriormente con el paso de un ciclón extratropical que provocó ráfagas superiores a los 100 kilómetros por hora y afectó a decenas de municipios.
La Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (Embrapa) emitió recomendaciones para los productores de las zonas perjudicadas. Entre las principales medidas se encuentran mejorar el drenaje de los terrenos, reducir los procesos erosivos y reforzar los controles sanitarios de los cultivos.
El exceso de humedad puede afectar las raíces de las plantas y provocar pérdidas importantes. A esto se suman los daños directos ocasionados por los fuertes vientos y el granizo.
El problema cambia de extremo
Mientras el sur enfrenta un exceso de agua, la región amazónica y el nordeste atraviesan un escenario completamente diferente. Allí, la disminución de las lluvias y el aumento de las temperaturas generan preocupación por la disponibilidad de agua para la actividad agrícola.
Las proyecciones de Embrapa anticipan una menor disponibilidad hídrica que podría afectar cultivos permanentes, frutas y hortalizas, con especial preocupación en áreas productivas del valle del São Francisco.
El antecedente más cercano es la crisis hídrica registrada entre 2023 y 2024, cuando varios de los principales ríos de la Amazonía alcanzaron niveles históricamente bajos. Aquella situación generó dificultades para el transporte de insumos y el traslado de las cosechas.
Ante la posibilidad de que se repita un escenario similar, el Gobierno federal mantiene equipos técnicos desplegados en distintas zonas del norte y el centro-oeste para coordinar medidas de prevención y respuesta.
Desde Embrapa remarcan que el desafío no consiste únicamente en anticipar la llegada de El Niño, sino en convertir la información climática disponible en decisiones concretas para los productores.
Entre las recomendaciones figuran ajustar las inversiones y las expectativas de rendimiento de acuerdo con las condiciones que normalmente genera el fenómeno, contratar seguros rurales y utilizar pronósticos oficiales para definir los momentos de siembra y cosecha.
El Ministerio de Agricultura y la Defensa Civil realizan un seguimiento periódico de la evolución climática y mantienen comunicación con cooperativas agropecuarias para acelerar la asistencia en las zonas afectadas.
El escenario obliga al sector agrícola brasileño a prepararse para dos amenazas simultáneas y opuestas: el exceso de agua que golpea al sur y la falta de lluvias que amenaza al norte.





















