Hola, mis queridos lectores de LT9, ¿cómo están?
En esta oportunidad los invito a volver a la localidad de San Javier. A diferencia de la columna que realizamos el año pasado, esta vez viajamos nuevamente a la ciudad arrocera para involucrarnos en la crisis que está atravesando el sector.
El ingeniero Van Opstal nos pone al tanto de lo que está sucediendo y nos ayuda a comprender la realidad que vive una de las economías regionales más importantes de nuestra provincia.
Vamos a leerlo.
Hablar de San Javier es hablar del río, de la pesca, de la ganadería y, desde hace décadas, también del arroz. La actividad arrocera forma parte de la identidad productiva del noreste santafesino y constituye una de las principales fuentes de empleo, movimiento económico y arraigo para miles de familias de la región.
Sin embargo, detrás de esa historia de trabajo y producción, el sector atraviesa hoy uno de los momentos más complejos de los últimos años. Productores, contratistas, transportistas, empleados rurales, trabajadores industriales y comerciantes observan con preocupación cómo una actividad que durante décadas fue sinónimo de desarrollo regional enfrenta una combinación de factores que ponen en riesgo su rentabilidad y su futuro.
La situación no afecta únicamente al productor agropecuario. Lo que ocurre con el arroz tiene consecuencias sobre toda la economía regional.
El departamento San Javier, junto con Garay, atraviesa actualmente una crisis importante en la actividad arrocera. El origen inmediato del problema puede encontrarse en dos campañas consecutivas con precios particularmente bajos para el productor. La explicación principal aparece en el escenario regional: el Mercosur atraviesa un período de sobreoferta y acumulación de stock de arroz, lo que genera una presión bajista sobre los precios que reciben quienes producen en Santa Fe.
La lógica es sencilla y al mismo tiempo devastadora para la rentabilidad: cuando sobra producto en el mercado regional, el precio cae. Y cuando el precio cae durante varios ciclos consecutivos, la capacidad financiera del productor comienza a deteriorarse rápidamente.
Pero el precio es solamente una parte del problema.
Mientras el valor del arroz disminuía, los costos de producción siguieron aumentando prácticamente en todos los rubros. El combustible utilizado para las labores agrícolas incrementó significativamente su valor durante los últimos años, y en los último seis meses debido a los conflictos en el exterior, el aumento fue extremo y sus consecuencias tremendas. La energía eléctrica destinada al riego, uno de los componentes centrales del sistema productivo arrocero, experimentó aumentos muy superiores a la inflación general. Los fertilizantes también registraron incrementos importantes, especialmente durante los últimos dos años.
La consecuencia es una ecuación económica cada vez más difícil de sostener: producir cuesta más y vender genera menos ingresos.
Hablemos de números
Los números muestran con claridad la magnitud del problema. El combustible pasó de valores cercanos a los 0,90 dólares por litro a aproximadamente 1,50 dólares por litro. La energía eléctrica, por su parte, modificó completamente la estructura de costos del cultivo. Hace algunos años representaba entre el 6 y el 7 por ciento del costo total de producción. Actualmente alcanza alrededor del 20 por ciento.
A eso debe sumarse la mano de obra, que representa entre el 25 y el 30 por ciento del costo total de producción.
En otras palabras, una parte cada vez mayor del ingreso del productor se destina simplemente a sostener la actividad antes incluso de comenzar a obtener rentabilidad.
La producción arrocera, además, tiene características particulares que la diferencian de otros cultivos extensivos. Se trata de una actividad intensiva en capital, infraestructura y mano de obra. Requiere inversiones importantes y posee una elevada dependencia del agua y del riego.
Precisamente allí aparece otro de los grandes desafíos actuales.
Durante décadas, Santa Fe construyó una ventaja competitiva respecto de otras regiones arroceras del país gracias a la disponibilidad de agua y a costos relativamente bajos para el riego. Esa ventaja permitía compensar algunas limitaciones naturales de la región.
Los suelos de San Javier y Garay pertenecen mayoritariamente a categorías de menor aptitud agrícola en comparación con otras provincias arroceras como Entre Ríos o Corrientes. Sin embargo, el menor costo del riego y la disponibilidad hídrica permitían equilibrar esa situación y sostener la competitividad del cultivo.
Hoy esa ventaja prácticamente desapareció.
El incremento de los costos energéticos asociados al bombeo y al riego modificó completamente el escenario competitivo. San Javier continúa teniendo suelos con limitaciones productivas, pero ya no dispone del beneficio económico que históricamente compensaba esa situación.
La pérdida de competitividad no es un concepto abstracto. Tiene consecuencias concretas y visibles sobre el territorio.
Históricamente, San Javier fue considerada la tercera cuenca arrocera del país y todavía conserva un enorme potencial productivo. Sin embargo, las sucesivas crisis económicas fueron expulsando progresivamente a numerosos pequeños y medianos productores, que no lograron sostenerse frente a períodos prolongados de baja rentabilidad.
El resultado fue un proceso de concentración productiva y reducción de la superficie sembrada.
Los números vuelven a ser elocuentes.
Hace aproximadamente quince años, el departamento sembraba cerca de 54 mil hectáreas de arroz. Actualmente esa superficie ronda las 30 mil hectáreas.
La reducción es significativa y refleja no solamente una caída de la actividad sino también la desaparición de productores que durante años formaron parte del entramado económico regional.
Paradójicamente, distintos estudios realizados por la Universidad Nacional del Litoral estiman que el potencial productivo de la región podría alcanzar las 200 mil hectáreas.
La diferencia entre las 30 mil actuales y las 200 mil posibles muestra con claridad la distancia entre el potencial y la realidad.
Sin embargo, el desafío inmediato del sector no es crecer sino simplemente sostener la actividad existente.
Porque detrás de cada hectárea de arroz existe mucho más que producción agrícola.
El arroz constituye una de las principales fuentes de circulación de dinero dentro de la economía regional. Genera empleo permanente en el campo, demanda servicios de transporte, requiere talleres mecánicos, electricistas, técnicos especializados, empresas de mantenimiento y trabajadores industriales vinculados al procesamiento y comercialización.
Cuando el arroz funciona, funcionan también numerosos sectores que dependen directa o indirectamente de esa actividad.
Cuando el arroz entra en crisis, la cadena completa comienza a resentirse.
Los productores describen actualmente dificultades crecientes para sostener los pagos y cumplir compromisos financieros. Esa situación genera tensiones que terminan trasladándose al resto de la economía local.
Por eso, hablar de la crisis del arroz no significa hablar exclusivamente de agricultura.
Significa hablar de empleo.
Significa hablar de arraigo.
Significa hablar del futuro económico de localidades enteras.
Existe además otro elemento que agrega preocupación al escenario actual: las alternativas productivas son limitadas.
Muchos de los establecimientos dedicados históricamente al arroz poseen escasa capacidad para incorporar otros cultivos agrícolas de manera rentable. En numerosos casos, la alternativa termina siendo la reconversión hacia la ganadería.
Pero la ganadería presenta características económicas y sociales muy diferentes.
Demanda considerablemente menos mano de obra y genera una integración regional mucho menor que la cadena arrocera.
Mientras el arroz moviliza transporte, industria, servicios técnicos y empleo intensivo, la ganadería requiere menos trabajadores y produce un impacto económico más reducido sobre las comunidades locales.
La sustitución de una actividad por otra no es, entonces, un simple cambio de producción.
Representa una transformación profunda del perfil económico y social del territorio.
Frente a este escenario, el sector plantea una serie de medidas que considera prioritarias para recuperar competitividad y evitar una profundización de la crisis.
La primera es el acceso a financiamiento en condiciones similares a las que poseen otros sectores exportadores. El acceso al crédito constituye una herramienta central para sostener inversiones, incorporar tecnología y atravesar períodos de baja rentabilidad.
La segunda medida apunta a la estructura tarifaria de la energía eléctrica utilizada para riego.
Actualmente, muchos productores deben afrontar cargos fijos durante buena parte del año incluso cuando no utilizan el servicio de bombeo. El sector considera que una revisión de ese esquema permitiría reducir significativamente los costos operativos.
La tercera propuesta se vincula con los impuestos aplicados sobre el combustible utilizado en la actividad, buscando mecanismos que permitan mejorar el flujo financiero y reducir la presión fiscal efectiva sobre el cultivo.
A estas medidas se suma un reclamo histórico: la inversión en infraestructura hídrica y energética que permita recuperar competitividad y aprovechar el enorme potencial productivo de la región.
El sector también reconoce que existen oportunidades de mejora tecnológica y productiva.
En aquellos establecimientos donde es posible implementar rotaciones con soja, maíz o pasturas se observan mejoras en los rendimientos y en la sustentabilidad del sistema productivo.
Sin embargo, esas transformaciones requieren inversiones importantes en nivelación, adecuación de suelos e infraestructura.
Y nuevamente aparece el mismo obstáculo: sin financiamiento, la adopción tecnológica resulta extremadamente difícil.
La pregunta inevitable es si el arroz tiene futuro en San Javier.
La respuesta del sector es prudente pero todavía optimista.
El potencial productivo existe.
La experiencia técnica existe.
La tradición productiva existe.
La infraestructura básica, aunque insuficiente, existe.
Lo que falta es recuperar una condición elemental para cualquier actividad económica: la rentabilidad.
Porque ninguna cadena productiva puede sostenerse indefinidamente cuando los costos aumentan y los precios disminuyen.
El futuro del arroz santafesino dependerá, en gran medida, de la capacidad de articular esfuerzos entre productores, gobiernos y sociedad.
Los productores deberán continuar mejorando la eficiencia y adoptando nuevas tecnologías allí donde sea posible.
El Estado deberá generar condiciones que permitan sostener una economía regional estratégica para la provincia.
Y la sociedad deberá comprender que detrás de cada bolsa de arroz existe una enorme red de trabajo, conocimiento e inversión que sostiene a miles de familias.
Después de todo, para San Javier el arroz nunca fue solamente un cultivo.
Fue y sigue siendo una parte fundamental de su identidad, de su economía y de su historia.
La verdadera discusión no es únicamente cuántas hectáreas se sembrarán el próximo año.
La pregunta más importante es si la provincia está dispuesta a preservar una actividad que durante décadas ayudó a construir desarrollo, empleo y oportunidades en el norte santafesino.
Quiero agradecer al Ing. Agr. Leonardo Van Opstal, quien muy gentilmente nos conto la situación que atraviesa la región arrocera de la provincia.
Nos encontramos el próximo sábado para seguir conociendo la realidad del campo argentino.






















