Hola, mis queridos lectores de LT9. ¿Cómo están?
Este sábado no les voy a hablar del campo… o quizás sí, pero desde otra mirada.
Esta semana cumplimos un año juntos. Un año compartiendo un ratito de sus vidas conmigo. Escribiendo sobre aquello que creo que vale la pena contar y descubrir, junto a ustedes, las historias que hacen grande al campo argentino.
Y justo esta semana también celebramos el Día del Amigo. Pensaba que, aunque no conozca las caras de todos ustedes, siento que de alguna manera somos cercanos. O, al menos, siento que tenemos algo en común: las ganas de compartir, de aprender y de valorar todo lo que sucede detrás de la producción agropecuaria.
Después de un año de encontrarnos cada sábado, me gusta pensar que, de alguna manera, nos acompañamos. ¿Ustedes qué piensan?
Y aprovechando tantos motivos para festejar, quiero contarles sobre la amistad en el lote, esa que nace donde pareciera no haber nada ni nadie.
Como muchos saben, vivo y trabajo en San Justo, pero no nací acá. Llegué a fines de 2011, muy joven, con muchísimas ganas de crecer, mucha inexperiencia y, sobre todo, muy sola.
¿Saben quiénes fueron las primeras personas que me abrieron las puertas? Los contratistas y sus empleados, los transportistas y sus choferes, los encargados de los campos y sus familias.
Escribo estos recuerdos con un nudo en la garganta y los ojos llenos de lágrimas porque no sé si ellos alguna vez supieron todo lo que hicieron por mí. Lo que significaron en esa lucha por ganarme el pan en un lugar desconocido, aprendiendo un trabajo nuevo y enfrentando desafíos que muchas veces me quedaban enormes.
No solo me hicieron compañía. Muchas veces también me sacaron el hambre, porque siempre aparecía un plato más para compartir un guiso casillero, un mate caliente o un té con unas masitas de algún chofer que me veía temblando de frío en aquellas eternas jornadas de cosecha de soja.
¿Y qué decir de las veces que me quedé empantanada? O, peor todavía, aquella vez que me caí en un zanjón. Ahí estaban ellos, ayudándome a salir y, sobre todo, a calmar el susto. Porque el julepe que me pegué ese día… ¡Dios mío! Hoy lo recuerdo entre risas, pero en ese momento fue un gran susto.
Hoy, casi quince años después de mi llegada a San Justo, la vida nos llevó por caminos distintos. Sin embargo, cada vez que nos cruzamos nos saludamos con el mismo cariño y siempre termina apareciendo alguna anécdota de aquellos años, entre risas y recuerdos que el tiempo no pudo borrar.
Por eso, en esta columna de aniversario, simplemente quiero decirles gracias. Gracias a todos los que alguna vez me brindaron su amistad, me tendieron una mano, compartieron un mate, un plato de comida o una palabra de aliento cuando más la necesitaba.
Y a ustedes, queridos lectores, gracias por haberme acompañado durante este primer año de columnas. Sin saberlo, también pasaron a formar parte de este camino.
Este sábado los invito a recordar no solo a los amigos que hoy tienen cerca, sino también a aquellos que la vida llevó por otros rumbos, pero que dejaron una huella imborrable en sus corazones.
Porque hay amistades que, aunque el tiempo o la distancia nos separen, nunca dejan de acompañarnos.
Los espero el próximo sábado para seguir hablando de campo.






















