Hay animales que parecen haber sido diseñados para alimentar una leyenda.
El aguará guazú, también conocido como lobo de crin, es uno de ellos. Cuando aparece entre los pastizales del litoral argentino, Paraguay o Brasil, su figura puede resultar difícil de explicar a primera vista: patas extremadamente largas, cuerpo delgado, una crin negra que se levanta sobre el cuello, hocico oscuro y un pelaje rojizo que se pierde entre la vegetación.
Es el cánido más grande de Sudamérica y puede superar el metro de longitud corporal, sin contar la cola.
No es un lobo. Tampoco es un zorro. Es una especie única, el Chrysocyon brachyurus, adaptada a recorrer grandes distancias por ambientes abiertos y cuyos hábitos son principalmente crepusculares y nocturnos.
Su distribución comprende buena parte de Brasil y Paraguay y alcanza distintas provincias del norte y centro de la Argentina, entre ellas Corrientes, Formosa, Chaco, Santa Fe, Córdoba y Santiago del Estero.
Y entonces aparece una pregunta inevitable:
¿Cómo no iba a nacer una leyenda alrededor de un animal así?
Una noche cualquiera en el campo
Imaginemos a un gaucho andariego, solo en medio del campo.
Es de noche. No hay electricidad ni caminos iluminados. Apenas el fuego de un pequeño fogón, el resoplido de un caballo y ese silencio profundo que parece envolverlo todo.
De pronto, algo se mueve entre los pastizales.
Primero son apenas dos ojos en la oscuridad, brillando por la luna. Después aparece una silueta. Camina sobre cuatro patas, pero es demasiado alta para parecer un perro. Tiene las extremidades largas, el cuerpo delgado y una especie de crin oscura que se levanta sobre el cuello.
El gaucho se queda inmóvil.
No sabe qué está viendo.
El animal tampoco parece tener miedo. Avanza unos metros, se detiene y lo observa. El caballo comienza a inquietarse. El hombre aprieta las riendas y, quizás por instinto, lleva una mano hacia el facón.
Durante unos segundos, hombre y criatura quedan frente a frente.
Después, el animal gira y desaparece lentamente entre los pastizales.
El campo vuelve a quedar en silencio.
El gaucho respira, mira hacia la oscuridad y se queda pensando qué fue aquello que acaba de cruzarse en su camino.
A la mañana siguiente, cuando alguien le pregunte qué vio durante la noche, quizás no diga que era un aguará guazú.
Quizás diga:
“Vi al lobizón.”
Y así, entre la oscuridad del campo, el miedo y aquello que nuestros ojos no alcanzan a distinguir, un animal real puede terminar convirtiéndose en una criatura de leyenda.
El aguará guazú, además, es solitario, cauteloso y de hábitos principalmente nocturnos. Durante siglos, un encuentro fugaz con uno de estos animales, en medio de la oscuridad y a la distancia, pudo dejar mucho espacio para que la imaginación completara aquello que los ojos no llegaban a comprender.
En Argentina, el animal quedó asociado en algunos relatos criollos con la figura del lobizón. Sin embargo, la relación entre ambos no debe simplificarse: el aguará guazú posee también significados propios dentro de distintas culturas originarias, donde ha sido considerado un animal de importancia espiritual.
¿Quién es el lobizón?
La leyenda del lobizón es una de las historias más persistentes del folclore argentino y rioplatense.
La versión más conocida cuenta que el séptimo hijo varón consecutivo de una familia está condenado a transformarse en una criatura semejante a un lobo o un perro salvaje. Según las distintas versiones, la transformación ocurre durante determinadas noches y el ser recorre campos, caminos y zonas rurales mientras el resto del pueblo permanece en sus casas.
La criatura es descripta como un animal feroz y de aspecto monstruoso. Algunas versiones hablan de un ser mitad hombre y mitad animal; otras lo imaginan directamente como un enorme perro o lobo negro.
En las tradiciones vinculadas al mundo guaraní aparece también Luisón, el séptimo hijo de Tau y Keraná, una figura asociada a la muerte y representada con aspecto canino. Con el paso del tiempo, distintas tradiciones indígenas y relatos europeos sobre hombres lobo fueron entrelazándose y dieron lugar a las diferentes versiones regionales de la leyenda.
Pero la historia del lobizón no quedó solamente en los cuentos.
La creencia alrededor del séptimo hijo varón llegó a tener consecuencias sociales concretas y terminó vinculándose con una tradición que dio origen al padrinazgo presidencial. Desde comienzos del siglo XX, el Presidente de la Nación comenzó a apadrinar a séptimos hijos varones consecutivos, una práctica que posteriormente fue institucionalizada por ley para proteger a estos niños de la discriminación y el estigma asociado a la superstición.
Cuando la naturaleza parece ficción
Quizás ahí esté la parte más fascinante de la historia: El lobizón es una criatura fantástica, el aguará guazú, en cambio, existe.
Y, sin embargo, cuando uno observa al animal real, la distancia entre ambos mundos parece achicarse.
Un cánido de más de un metro de largo, con patas desproporcionadamente largas, una crin oscura sobre el cuello, pelaje rojizo y hábitos nocturnos parece exactamente el tipo de criatura capaz de alimentar una historia contada alrededor de un fogón.
No hace falta inventar demasiado. La naturaleza ya había puesto sobre el paisaje una figura extraordinaria.
Quizás por eso, durante generaciones, cuando alguien decía haber visto algo extraño caminando por el campo durante la noche, no resultaba tan difícil creerle.
Porque en las tierras donde habita el aguará guazú, la realidad ya parece una leyenda.
La imaginación no inventa monstruos: simplemente les pone nombre a las sombras.
