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Opinión

La Argentina de los números y la Argentina de la calle

En agosto, los precios acumularon una suba del 21,3% en los primeros ocho meses del año y del 33,5% interanual. Y el promedio tampoco cuenta toda la historia: vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles aumentaron 2,8%, mientras educación subió 2,5%.

Hay dos Argentinas que conviven y que esta semana volvieron a quedar expuestas.

Una aparece en las estadísticas, en los gráficos y en los comunicados oficiales. La otra está en el supermercado, en la fábrica, en el pequeño comercio y en la mesa familiar.

La primera tiene un dato para mostrar: la inflación de agosto fue del 1,7%. Es una buena noticia. Después de años en los que la inflación se convirtió en uno de los principales problemas económicos y sociales del país, que los precios aumenten a un ritmo menor representa un avance que no debería ser negado.

Pero los números abren una pregunta que ellos mismos no pueden responder:

¿Cuánto tarda una mejora macroeconómica en convertirse en alivio para una familia?

Una inflación más baja no significa que los precios hayan vuelto atrás. Significa que aumentan más lentamente. En agosto, los precios acumularon una suba del 21,3% en los primeros ocho meses del año y del 33,5% interanual. Y el promedio tampoco cuenta toda la historia: vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles aumentaron 2,8%, mientras educación subió 2,5%.

Ahí empieza la diferencia entre el dato y la realidad.

Para una familia, la pregunta no siempre es cuánto bajó la inflación. Muchas veces es cuánto dinero queda después de pagar la comida, el alquiler, los servicios, el transporte y las cuotas.

Y ahí aparece otro dato que merece atención: el crédito.

El Banco Central informó que a diciembre de 2025 había 20,3 millones de personas con algún tipo de financiamiento. Durante ese año, además, el saldo promedio por deudor aumentó 24,7% en términos reales.

El crédito no es necesariamente una mala noticia. Puede servir para comprar una vivienda, financiar un emprendimiento o adquirir un bien. Pero no es lo mismo endeudarse para invertir que endeudarse para llegar a fin de mes.

El diputado nacional Esteban Paulón advirtió sobre este fenómeno. Según dijo esta semana a El Observador Santa Fe y Onda Streaming, alrededor de siete millones de personas estarían actualmente en mora y sostuvo que, si no se aborda el problema, podría adquirir una dimensión sistémica.

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La cifra debe ser atribuida a su autor y diferenciada de las estadísticas oficiales. Pero el planteo abre una discusión relevante: ¿qué sucede cuando el crédito deja de ser una herramienta para financiar decisiones y comienza a utilizarse para sostener el presente a costa de comprometer el futuro?

Porque detrás de cada deuda hay ingresos futuros comprometidos.

Por eso, medir la recuperación exclusivamente a través de la inflación resulta insuficiente.

Hay que mirar los salarios. Hay que mirar el empleo. Hay que mirar el consumo. Hay que mirar la producción. Y hay que mirar el endeudamiento.

La economía argentina tampoco muestra una única fotografía. Mientras la inflación se desacelera, algunos sectores continúan atravesando dificultades. La industria manufacturera cayó 4,9% interanual en julio y la tasa de desocupación fue del 7,8% en el primer trimestre.

Es decir: también dentro de la Argentina de los números hay más de una realidad.

Y eso debería servir para escapar de una discusión demasiado sencilla.

No se trata de elegir entre “los números” y “la calle”.

Los números también hablan de la calle.

El problema es que los promedios pueden esconder diferencias importantes entre trabajadores, hogares y sectores productivos.

Una economía puede estar estabilizándose y, simultáneamente, tener personas que todavía no sienten esa recuperación.

Las dos cosas pueden ser ciertas.

Por eso, el debate no debería terminar cuando se conoce el índice de inflación.

La pregunta es qué ocurre después.

¿Los salarios recuperan poder de compra? ¿El trabajador vuelve a consumir? ¿El comerciante recupera clientes? ¿La industria vuelve a producir y contratar? ¿Las familias dejan de financiar con deuda gastos que antes podían afrontar con sus ingresos?

Esas preguntas no invalidan la mejora de la inflación.

La hacen más exigente.

Porque una economía ordenada es necesaria, pero no es el objetivo final. El objetivo debería ser que ese orden permita recuperar trabajo, producción, consumo y, sobre todo, la posibilidad de proyectar.

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La Argentina arrastra problemas demasiado profundos y acumulados como para pretender que una reducción de la inflación resuelva de inmediato años de deterioro.

Pero precisamente por eso el debate debería ser capaz de sostener dos ideas al mismo tiempo.

Si la inflación baja, es una buena noticia.

Si las cuentas públicas mejoran, también.

Si los salarios recuperan poder adquisitivo y la industria, el comercio y el empleo acompañan, la estabilización comenzará a transformarse en recuperación.

Y si determinados sectores siguen atravesando dificultades, esa realidad también debe formar parte de la evaluación.

No hay contradicción entre reconocer una mejora macroeconómica y señalar que sus beneficios todavía no llegaron de la misma manera a todos.

La economía no se vive en una planilla de Excel.

Se vive cuando una persona entra al supermercado y decide qué deja en el changuito.

Cuando un trabajador mira su recibo de sueldo y calcula cuánto le queda.

Cuando un comerciante abre la persiana y espera clientes.

Cuando una familia decide si puede pagar una cuota, reducir una deuda o volver a ahorrar.

Es allí donde finalmente se verifica si una recuperación económica dejó de ser una estadística para convertirse en una experiencia.

Porque gobernar no es solamente bajar la inflación, reducir el déficit o conseguir que una determinada variable cierre.

Gobernar también es decidir cómo se distribuyen los costos de una transformación y cuánto tiempo está dispuesto a esperar quien ya viene haciendo sacrificios.

La Argentina necesitaba estabilidad.

Ahora necesita que esa estabilidad se transforme en trabajo, producción, consumo, inversión y capacidad de proyectar.

Una Argentina puede mirar el 1,7% y decir que las cosas están mejorando.

Y otra puede mirar el mismo número y preguntar:

¿Cuándo voy a sentirlo?

Te invito a mirar mi programa, Un rato más, en el que dialogué con el Dip.Esteban Paulón.

Autor

  • Germán Dellamónica

    Periodista. Director periodístico de LT9. Conductor de Amanecer no es poco, de lunes a viernes de 06:00 a 09:00.

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