Hola mis queridos lectores de LT9, ¿cómo están?
Hoy quiero hablarles de algo que para quienes vivimos y trabajamos vinculados al campo resulta muy difícil de explicar solamente con números: qué pasa cuando sobra el agua.
Porque una cosa es mirar una fotografía de un lote inundado y decir “qué cantidad de agua cayó”, y otra muy distinta es vivir ahí. Es despertarse y mirar si el camino todavía permite salir. Es preguntarse si el camión podrá entrar, si los chicos podrán llegar a la escuela, si se podrá sacar la producción, si habrá que mover los animales y, en una emergencia, si podrá entrar una ambulancia.
Cuando hablamos de exceso hídrico en el campo solemos pensar primero en la producción. Y es lógico. Un cultivo sometido a anegamiento puede sufrir falta de oxígeno en sus raíces, pérdida de plantas, enfermedades, dificultades para absorber nutrientes y, finalmente, una importante reducción del rendimiento. Si el agua permanece demasiado tiempo, directamente puede perderse el cultivo.
Pero el problema empieza mucho antes de contar los quintales que faltaron.
Un suelo saturado tampoco permite trabajar. No puede entrar una sembradora, una pulverizadora ni una cosechadora. Se atrasan labores, se pierden ventanas óptimas de siembra, no pueden realizarse aplicaciones necesarias y, cuando finalmente las máquinas pueden ingresar, muchas veces deben hacerlo sobre un suelo todavía demasiado húmedo, aumentando el riesgo de compactación y deterioro de su estructura.
En ganadería la situación también se vuelve compleja. Las pasturas pueden quedar inutilizadas, los animales permanecen durante días sobre terrenos embarrados, aumenta el riesgo sanitario y muchas veces es necesario trasladar hacienda hacia sectores más altos. Pero para mover animales también necesitamos caminos transitables, camiones que puedan entrar y lugares disponibles donde llevarlos.
Ahí aparece una cuestión que muchas veces olvidamos: un campo no es solamente una unidad productiva. Para muchísimas familias es su casa.
En la ciudad, cuando llueve intensamente, podemos tener calles anegadas durante algunas horas. En el campo, un camino rural deteriorado puede significar días o incluso semanas de aislamiento.
¿Qué pasa con una familia que vive varios kilómetros adentro cuando el camino deja de ser transitable?
¿Cómo llega un chico a la escuela? ¿Cómo sale una persona mayor para realizar un control médico? ¿Cómo llega un medicamento? ¿Cómo entra el alimento? ¿Qué ocurre ante una emergencia?
El exceso de agua empieza entonces a dejar de ser exclusivamente un problema agropecuario para transformarse en un problema social.
El desgaste emocional de vivir mirando el cielo y el camino.
Quien vive en el campo sabe que una lluvia puede ser una bendición. Después de una sequía, pocas cosas generan tanta alegría como escuchar llover. Pero cuando el perfil está completamente cargado, las cunetas rebalsan y el agua ya no encuentra dónde ir, esa misma lluvia comienza a generar preocupación.
Cada nuevo pronóstico se mira distinto.
Porque ya no estamos esperando agua para producir. Estamos esperando que deje de llover para poder vivir y trabajar normalmente.
A esto debemos sumarle el impacto económico.
El productor que pierde una cosecha no pierde solamente el ingreso esperado. Para llegar hasta ese cultivo ya compró semillas, fertilizantes y fitosanitarios; pagó labores, combustible, seguros, alquileres en muchos casos y asumió compromisos comerciales y financieros.
La producción puede desaparecer bajo el agua, pero muchas de esas obligaciones no desaparecen con ella.
Los impuestos siguen llegando. Los créditos continúan venciendo. Los sueldos deben pagarse. Los alquileres tienen fechas establecidas. Las familias continúan necesitando ingresos.
Por eso una inundación genera un efecto económico que se extiende mucho más allá de la tranquera.
Si un productor cosecha menos, contrata menos servicios. Si no puede sacar su producción, trabaja menos el transportista. Se reduce el movimiento de talleres, estaciones de servicio, comercios de insumos, contratistas, acopios y cooperativas.
Y cuando esto sucede en una región extensa, comienza a sentirlo todo el pueblo.
Es importante entender esta cadena porque muchas localidades del interior dependen directa o indirectamente de la actividad agropecuaria. Lo que ocurre dentro de los campos inevitablemente termina repercutiendo en sus comercios, industrias y servicios.
También existe un costo que aparece después.
Porque cuando el agua se va, el problema no necesariamente se va con ella.
Quedan caminos destruidos, alcantarillas dañadas, alambrados que reparar, lotes con erosión o sedimentación, pasturas que deben implantarse nuevamente y suelos que necesitan tiempo para recuperar condiciones adecuadas.
En algunos ambientes incluso pueden aparecer problemas de salinidad o deterioro de la estructura del suelo dependiendo de cuánto tiempo permaneció el agua, de la calidad de esa agua, del tipo de suelo y de las posibilidades de drenaje.
Es decir que después de la emergencia comienza otra etapa: la reconstrucción.
Y reconstruir cuesta.
Cuesta dinero, pero también tiempo.
Por eso creo que cuando hablamos de infraestructura rural tenemos que dejar de pensar solamente en caminos para sacar granos. Un camino rural también es el camino hacia una escuela, hacia un hospital, hacia un pueblo y hacia una casa.
Es infraestructura productiva, pero fundamentalmente es infraestructura social.
Lo mismo ocurre con canales, alcantarillas, puentes y obras de drenaje. El manejo del agua necesita planificación a escala regional porque el agua no reconoce límites de campos, distritos ni departamentos. Lo que se hace aguas arriba inevitablemente puede tener consecuencias aguas abajo.
Y acá aparece uno de los grandes desafíos que tenemos como sociedad: aprender a gestionar tanto la falta como el exceso.
Argentina conoce perfectamente los dos extremos. Podemos pasar de pedir desesperadamente una lluvia a preguntarnos, algunos meses después, cómo sacar el agua de los lotes.
El cambio en el uso del suelo, la infraestructura disponible, el mantenimiento de caminos y canales, el ordenamiento territorial y la planificación de las cuencas son discusiones que tenemos que dar pensando a largo plazo.
Pero mientras discutimos las grandes obras existe una realidad mucho más inmediata.
Hay gente viviendo ahí.
Familias que necesitan salir de sus casas. Productores que necesitan llegar hasta sus animales. Trabajadores rurales que deben trasladarse. Docentes que intentan llegar a escuelas rurales. Chicos que quieren ir a clases.
Quizás por eso, cuando veamos una fotografía de un campo completamente cubierto de agua, deberíamos intentar mirar un poco más allá.
No solamente preguntarnos cuántas hectáreas se perdieron.
Preguntarnos también quién vive ahí.
Porque detrás de cada lote hay inversión y producción, pero también hay personas, historias, escuelas, caminos y comunidades enteras.
El verdadero costo de una inundación no se mide únicamente en quintales por hectárea ni en millones de dólares.
También se mide en días sin poder salir de casa, clases perdidas, kilómetros de caminos destruidos, trabajos que no pudieron hacerse y familias que empiezan a preguntarse cuánto tiempo más podrán seguir viviendo allí.
El campo necesita agua. Sin ella no produce.
Pero cuando el agua deja de ser recurso y se convierte en exceso, sus consecuencias atraviesan la tranquera.
Y entonces comprender lo que sucede en nuestros campos deja de ser solamente un tema del productor.
Pasa a ser un problema de todos.
Hoy, espero que todos los que están viviendo en zonas rural, tengan un plan de contingencia, que sus comuna mas cercada les de apoyo y que se ponga en agenda la infraestructura rural para lo que ya están viviendo en el campo y para los que quiera ir a vivir al campo de todo el país.
Los espero el próximo sábado para seguir compartiendo sobre el campo argentino.
