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Opinón

De Clinton a Trump: tregua, diálogo y conflicto entre Estados Unidos e Irán

Con el mundo nuevamente en vilo, los sucesos en Medio Oriente remiten a un recorrido histórico que alternó diplomacia y tensiones entre los diferentes gobiernos estadounidenses e iraníes.
Por Mariano Colombo

Para ensayar un análisis sobre el resurgimiento del conflicto de Estados Unidos e Israel con Irán, conviene revisar de qué manera los diferentes “huéspedes” de la Casa Blanca se fueron relacionando con la república islámica desde la última década del siglo pasado.

Empezando con Bill Clinton, al gobierno del 42º presidente de Estados Unidos le tocó gestionar el liderazgo estadounidense pos – Guerra Fría durante una etapa bien definida por la aceleración de la globalización.

Aquel escenario fue uno de los elementos que configuró su política exterior, con acento en lo económico-financiero más que en lo militar.

Para Samuel Berger -ex asesor para Seguridad Nacional- “el presidente Clinton entendió, antes que la mayoría, que la fuerza más penetrante en nuestro mundo es la globalización”.

Sin que desaparezca, la agenda de seguridad quedó algo desplazada en la administración del demócrata, e Irán nunca llegó a ser una prioridad estratégica, más allá de algunos planteos del Congreso en el año 2000 sobre la cooperación militar ruso-iraní.

En general, la visión de Clinton era que forzar la participación de Estados Unidos imponiendo sus grandes capacidades armamentísticas, conllevaba el riesgo de aumentar el sentimiento de “anti-norteamericanismo” y por tanto, el peligro de ver reducida la disponibilidad de países para tejer alianzas regionales.

Irán en el “eje del mal” según la doctrina Bush

Los hechos terroristas del 11 de septiembre de 2001 significaron un marcado punto de inflexión con efecto determinante en la política internacional de Bush (hijo).

Para la investigadora Anabela Busso, “los ataques fueron clasificados como un acto de guerra que, como consecuencia, produjeron un contraataque pensado en términos de una confrontación bélica de nuevo cuño llamada Guerra contra el Terrorismo”.

Así quedó asentado el germen para la identificación de un “eje del mal (Irak, Irán y Corea del Norte) y la instauración de la “doctrina de guerra preventiva”.

En sus memorias, George Bush admitió haber tenido sobre la mesa decisoria un plan militar para frenar el programa nuclear iraní, pero ante esa posibilidad terminó pesando más el temor a una conflagración potencialmente extendida a todo Oriente Medio.

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De todas formas, su doctrina marcó un antecedente clave para la actual confrontación entre Trump y la ONU, con una visión según la cual cualquier presunta amenaza, ya quedaba sujeta a una valoración altamente discrecional, convirtiéndose en justificativo de un tipo de gatillo fácil de la guerra que efectivamente se inició en 2003, pero en Irak.

Obama y un ambicioso acuerdo

Durante la campaña electoral de 2008, el todavía candidato demócrata para la presidencia de EE.UU. planteó la necesidad de renovar el liderazgo de su país en el orden internacional mediante una política que reconozca al terrorismo como un problema a combatir con instrumentos que trasciendan las recetas de las viejas confrontaciones entre Estados.

Respecto del uso de la fuerza militar, Obama sostuvo durante la campaña electoral de 2008: “debemos considerar la posibilidad de utilizar la fuerza militar en circunstancias que van más allá de la propia defensa con el fin de preservar la seguridad común que sustenta la seguridad global (…) deberíamos esforzarnos todo lo posible para obtener el apoyo decidido y la participación de otras naciones”.

Sobre el programa nuclear iraní, Obama planteaba: “resulta demasiado peligroso que una teocracia radical disponga de armas nucleares. Al mismo tiempo, debemos mostrarle a Irán y, sobre todo al pueblo iraní, qué es lo que se puede lograr a través de una reforma fundamental. Compromisos económicos, garantías de seguridad y relaciones diplomáticas”.

Ya en ejercicio de su mandato, sobre el programa nuclear iraní, durante el período 2009-2013, el gobierno norteamericano consiguió intensificar las presiones y sanciones a Teherán, pero fueron cuatro años que transcurrieron sin pasos sólidos en la construcción de un acuerdo tendiente a impedir el desarrollo de un arma nuclear por parte de Irán.

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Finalmente, Obama consiguió en el año 2015 arribar al acuerdo para el denominado “Plan de Acción Integral Conjunto”; una hoja de ruta acordada con Irán para limitar sensiblemente el programa nuclear a cambio de la progresiva eliminación de las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos.

Trump y su borrón al acuerdo nuclear

Con encuestas fallidas mediante, Donald Trump ganó las elecciones del 2016, y antes de la mitad de su mandato derogó el acuerdo que había impulsado su antecesor.

Para el nuevo líder de la Casa Blanca, lo acordado reflejaba una mala negociación, a la vez que aseveraba que “el régimen quedaba al borde de conseguir armas nucleares en un corto período de tiempo”.

Entre las razones esgrimidas para la salida del plan, Trump retomó argumentos contenidos en la mencionada “doctrina Bush”, volviendo a señalar a Irán como eje del mal y como país patrocinador del terrorismo, una definición que reiteró durante este convulsionado fin de semana.

Pero su política exterior del primer mandato se vio sacudida por el evento mundial del COVID 19, constituyendo este factor imprevisto, uno de los causales de su derrota electoral a manos de Joe Biden en los comicios de 2020 debido a las críticas que recibió la extraña respuesta sanitaria trumpista ante la pandemia.

Biden que en campaña había hablado del restablecimiento del programa, chocó con otro factor no controlable por su país; la guerra en Ucrania, que en un contexto de vinculación de cuestiones, terminó interfiriendo en el intento de recuperar la agenda, teniendo en cuenta la alianza estratégica reflejada entre Moscú y Teherán.

Hoy en el segundo mandato de Trump, la historia se está escribiendo con una alta dosis de dramatismo e incertidumbre global, con peligrosos indicios de aquella generalización regional del conflicto que temió Bush (h.) en el ejercicio de su lineamiento de “guerra preventiva”.

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