Mis queridos lectores de LT9, hoy quiero invitarlos a conocer una historia que reúne varias de las cosas que más me apasionan: el campo, la educación, los niños, el trabajo y, sobre todo, esas personas que tienen la capacidad de transformar una dificultad en una oportunidad.
Una historia que nació en una escuela de San Justo, en el centro-norte de nuestra provincia de Santa Fe, hace más de veinte años, y que hoy continúa creciendo de una manera verdaderamente original.
Porque, aunque parezca extraño, vamos a hablar de soja, de una fábrica de aceite, de responsabilidad social y de juegos de mesa. Y les aseguro que todo está mucho más relacionado de lo que imaginamos.
Quiero comenzar con una pregunta: ¿alguna vez pensamos cuánto puede cambiar la vida de un niño cuando un adulto, en lugar de decirle que algo es imposible, lo invita a pensar cómo podría hacerlo?
Esta historia comienza alrededor del año 2004, cuando una docente llamada Graciela Carotti trabajaba con un grupo de alumnos de aproximadamente diez años.
En aquel curso, uno de los chicos estaba atravesando una situación familiar complicada: su papá se había quedado sin trabajo.
Y acá aparece algo que considero fundamental. Graciela comprendió que el problema no era solamente económico. El desempleo de un padre repercute en toda una familia, modifica sus rutinas, genera incertidumbre y también afecta emocionalmente a los hijos.
Lo interesante fue la manera en que esta docente decidió abordar la situación.
En lugar de ignorarla o limitarse a acompañar al alumno individualmente, convirtió aquella preocupación en una oportunidad de aprendizaje colectivo.
Les propuso a los chicos pensar cómo se podrían generar nuevas fuentes de trabajo en San Justo.
Imagínense por un momento esa escena: niños de apenas diez años pensando en el desarrollo económico de su ciudad.
Podrían haber elegido muchas actividades, pero decidieron investigar la posibilidad de instalar una fábrica de aceite de soja.
Y así nació un proyecto educativo que se conoció como Los chicos de la aceitera.
Lo maravilloso de esta experiencia es que no se trataba simplemente de imaginar una fábrica. Los alumnos comenzaron a investigar si realmente era posible llevar adelante aquella idea.
Tenían que conocer qué se producía en la región, de dónde saldría la materia prima, cómo se transportaría la soja, qué instalaciones serían necesarias y qué posibilidades de comercialización existían.
Para responder esas preguntas necesitaron utilizar matemática, lengua, ciencias sociales, conocimientos económicos y herramientas de investigación.
De pronto, los contenidos escolares dejaron de ser temas aislados escritos en un cuaderno para convertirse en instrumentos que permitían comprender un problema real.
Y acá quiero detenerme, porque me parece que aparece una de las formas más valiosas de responsabilidad social.
Muchas veces asociamos la responsabilidad social con grandes empresas que realizan donaciones, colaboran con instituciones o financian proyectos comunitarios. Y esas acciones pueden ser muy importantes.
Pero la responsabilidad social también comienza cuando somos capaces de reconocer que lo que le pasa a otra persona no nos resulta indiferente.
Aquellos niños entendieron que el problema de un compañero no era solamente un asunto privado de su familia. Era una situación que invitaba a reflexionar sobre el trabajo, la producción y las oportunidades que podía ofrecer su propia comunidad.
Por supuesto que un grupo de alumnos no tiene la obligación de resolver el desempleo de una ciudad. Pero sí puede aprender que las dificultades sociales merecen ser comprendidas, discutidas y abordadas colectivamente.
Eso también es educar para la ciudadanía.
Y me parece extraordinario que el punto de partida haya sido un cultivo tan presente en nuestra provincia: la soja.
Porque cuando hablamos de soja, muchas veces la conversación queda reducida a cuántas hectáreas sembramos, cuánto rindió un lote o cuánto vale una tonelada.
Sin embargo, detrás de cada grano existe una cadena de valor mucho más extensa.
Todo comienza con la producción primaria: la elección de la semilla, la preparación del lote, la siembra, la fertilización, el manejo de malezas, plagas y enfermedades, y finalmente la cosecha.
Después aparecen el transporte, el almacenamiento, el acondicionamiento y la industria.
La soja es una materia prima que permite obtener aceite y productos proteicos, como la harina de soja, utilizados ampliamente en alimentación animal. Es decir, un cultivo puede alimentar distintas industrias y generar actividades económicas que van mucho más allá del campo donde fue sembrado.
En el caso del aceite, el proceso industrial requiere operaciones de preparación y extracción, seguidas de tratamientos de purificación y refinación según el producto final que se busque obtener.
Luego llegan el envasado, la distribución, el comercio y finalmente ese producto que encontramos en la cocina de nuestras casas.
Entre una planta de soja y una botella de aceite intervienen productores, transportistas, operarios, técnicos, profesionales, comerciantes y numerosas empresas de servicios.
Agregar valor no es solamente vender un producto más elaborado. También significa generar conocimientos, empleo, inversiones y oportunidades de desarrollo.
Y eso es precisamente lo que aquellos chicos empezaron a descubrir desde el aula.
Pero esta historia no termina ahí.
Más de dos décadas después, los hijos de Graciela decidieron recuperar aquella experiencia educativa y transformarla en algo que pudiera llegar a otras escuelas, familias y organizaciones.
Así nació Juegos Locos Bajitos, un emprendimiento que busca trasladar al formato de juegos de mesa y experiencias digitales la manera de enseñar que tenía su madre.
Tuve la oportunidad de conversar con sus creadores y conocer una propuesta que me resultó fascinante: un juego llamado Sistemas Productivos: Aceite de soja.
La idea es sencilla de entender, pero contiene conceptos económicos y productivos muy interesantes.
Los participantes tienen que construir y administrar una planta procesadora de soja.
El juego simplifica la actividad industrial en cuatro etapas: acopio, prensado, filtrado y envasado.
Para avanzar, cada jugador debe decidir qué infraestructura comprar, cuántos operarios contratar, cómo administrar el dinero disponible y en qué momento resulta conveniente vender la producción.

Además, la partida representa un ciclo de doce meses, durante el cual pueden aparecer situaciones inesperadas que modifican las decisiones iniciales.
Por ejemplo, podemos invertir demasiado dinero en infraestructura y descubrir que después no nos alcanza para pagar los salarios o afrontar los gastos de mantenimiento.
También podemos decidir almacenar soja esperando obtener un mejor resultado, pero encontrarnos con que nos falta capacidad para recibir nueva mercadería.
O planificar todo el proceso hasta el producto envasado y que un imprevisto nos obligue a cambiar de estrategia.
¿No les resulta familiar?
Porque eso es, precisamente, lo que sucede todos los días en una empresa agropecuaria, industrial o comercial.
Una cosa es planificar y otra es administrar la realidad, donde aparecen problemas, costos, oportunidades y circunstancias que no siempre podemos controlar.
Y lo interesante es que los chicos pueden aprender estos conceptos jugando.
Pueden equivocarse, perder dinero ficticio, modificar decisiones, volver a empezar y descubrir las consecuencias de sus propias acciones.
Sin poner en riesgo un emprendimiento real, comienzan a comprender qué significa producir, invertir, contratar trabajadores, administrar recursos y agregar valor.
A mí esto me parece particularmente importante porque durante muchos años la educación financiera y económica estuvo poco presente en nuestra formación cotidiana.
Aprendimos numerosas fórmulas matemáticas, pero no necesariamente cómo se organiza una empresa, qué es el capital de trabajo, por qué un negocio puede vender mucho y quedarse sin dinero o qué consecuencias tiene una mala decisión de inversión.
Y estos conocimientos no deberían quedar reservados para quienes estudian administración, economía o agronomía.
Son herramientas que nos ayudan a comprender mejor el mundo en el que vivimos.
También me entusiasma que estas propuestas no establezcan diferencias entre actividades para varones o para mujeres, ni que presupongan que solamente quienes viven en el campo pueden interesarse por la producción agropecuaria.
Una niña de doce años puede descubrir que le interesa administrar una industria. Un chico que vive en una gran ciudad puede comprender por primera vez cómo se produce el aceite que consume su familia.
Incluso un adulto que nunca estuvo vinculado al sector agropecuario puede sorprenderse al descubrir la cantidad de decisiones necesarias para transformar una materia prima en un producto comercial.
Y acá aparece otro aspecto que para mí es fundamental: el juego también permite acercar el campo a quienes no forman parte de él.
Muchas veces hablamos de la distancia entre el campo y la ciudad como si fueran dos mundos separados.
Pero en realidad estamos profundamente conectados.
Los alimentos, la ropa, los combustibles, los materiales y muchos de los productos que utilizamos diariamente tienen alguna relación, directa o indirecta, con las actividades productivas.
Mostrar esas conexiones de una manera sencilla, didáctica y entretenida puede resultar mucho más efectivo que intentar explicarlas mediante discusiones interminables.
Porque cuando una persona participa, toma decisiones y descubre por sí misma cómo funciona una cadena productiva, el conocimiento deja de ser algo ajeno.
Y quiero volver a Graciela, porque creo que ahí está el corazón de esta historia.
Su propuesta educativa se apoyaba en una idea muy poderosa: los chicos no tienen que limitarse a recibir conocimientos, también pueden utilizarlos para transformar su entorno.
Una de las frases que repetía era: “Lo que no existe se inventa”.
Qué extraordinario mensaje para transmitirles a nuestros niños.
No significa decirles que todo será fácil o que con esfuerzo individual alcanza para superar cualquier dificultad.
Sabemos perfectamente que no todos los chicos comienzan desde las mismas condiciones y que el contexto familiar, económico y social puede facilitar o limitar enormemente sus oportunidades.
Pero justamente por eso resulta tan importante el papel de los adultos, de los docentes y de las instituciones.
Porque el contexto puede condicionar, pero no necesariamente debe determinar por completo el futuro de una persona.
A veces, lo que necesita un niño es alguien que le muestre que existen otras posibilidades, que lo escuche, que valore sus ideas y que le brinde herramientas para desarrollarlas.
Y esa es una responsabilidad que no corresponde solamente a las escuelas.
También nos involucra como familias, empresarios, productores, profesionales y ciudadanos.
Me pregunto cuántas ideas maravillosas estarán hoy guardadas en la cabeza de un niño que todavía no encontró a alguien dispuesto a escucharlo.
Cuántos futuros emprendedores, investigadores, docentes o empresarios podrían descubrir su vocación si les ofreciéramos espacios para experimentar y crear.
Y cuántas escuelas de nuestros pueblos podrían trabajar sobre problemas reales de sus comunidades, vinculando la educación con la producción, el ambiente, el trabajo y el desarrollo local.
Lo que comenzó como una respuesta solidaria ante la situación de un compañero terminó generando una experiencia educativa reconocida, recuperada por una nueva generación y transformada en herramientas para seguir aprendiendo.
De hecho, en 2007, la experiencia de Graciela, presentada bajo el título Los chicos de la aceitera, obtuvo el tercer premio en un certamen nacional dedicado a la educación y al pensamiento.
Hoy, Juegos Locos Bajitos continúa ese camino con propuestas que también pueden utilizarse para trabajar en equipo, desarrollar creatividad y entrenar la toma de decisiones dentro de organizaciones y empresas.
Quienes quieran conocer el emprendimiento y explorar sus propuestas pueden visitar su página web www.juegoslocosbajitos.com , donde también se presenta la historia que dio origen al proyecto.
Y para ir terminando, quiero compartirles una reflexión muy personal.
Como ingeniera agrónoma, todos los días trabajo pensando en cómo producir mejor, cómo lograr mayores rendimientos, cómo agregar valor y cómo hacer más eficientes nuestras empresas.
Pero historias como esta me recuerdan que hay otro tipo de valor agregado que no siempre aparece en los balances.
Es el valor que generamos cuando compartimos conocimientos, cuando acompañamos a alguien, cuando despertamos una vocación o cuando ayudamos a una persona a descubrir que es capaz de hacer mucho más de lo que imaginaba.
Una semilla de soja puede convertirse en aceite, alimento, trabajo y desarrollo económico.
Pero una idea sembrada en la cabeza de un niño puede transformarse en algo todavía más difícil de medir: una oportunidad para toda su vida.
Y quizás ese sea el verdadero legado de Graciela y de aquellos chicos de San Justo.
Demostrarnos que la educación y la producción no son mundos separados, que el aprendizaje puede nacer de un problema social y que los niños no son solamente los adultos del futuro, sino personas capaces de pensar y aportar desde el presente.
Ojalá podamos multiplicar estas experiencias en nuestras escuelas, nuestros pueblos y nuestras empresas.
Porque cuando una sociedad invierte en sus niños, los escucha y les enseña a pensar, también está invirtiendo en su propio desarrollo.
Y porque, después de todo, las mejores cosechas no siempre se levantan con una máquina. Algunas comienzan en un aula, con una pregunta, una docente comprometida y un grupo de chicos que se anima a imaginar algo diferente.
Quiero agradecerles profundamente a Javier y Celeste por transformar todo ese aprendizaje que tuvieron la suerte de compartir con su mamá en una propuesta que hoy pueden disfrutar otras familias, escuelas y empresas. Compartir ese legado es también una manera de seguir haciendo crecer lo que ella sembró.
En la web de Juegos Locos Bajitos, las empresas y quienes trabajan en áreas de Cultura y Personas pueden encontrar juegos que invitan a conocer mejor a los integrantes de sus equipos, afianzar el trabajo conjunto y mejorar la comunicación.
Las escuelas también tienen en este espacio una valiosa oportunidad para desarrollar y potenciar las habilidades de sus alumnos a través del juego, promoviendo la empatía, el pensamiento crítico y el aprendizaje compartido.
Los invito a encontrarnos nuevamente el próximo sábado en LT9, para seguir descubriendo historias de nuestra Argentina productiva, de su gente y de todas esas iniciativas que merecen ser conocidas.
Hasta el próximo sábado.





















