El proceso electoral de Brasil quedó impregnado por la incertidumbre, los fallidos de las encuestas, y el dramatismo del proceso de escrutinio provisorio.
Roberto Miranda, eminente teórico argentino en política internacional, suele compartir en sus cátedras, que de tanto en tanto conversa con sus pares de disciplinas de ciencias exactas, confesándole cierta envidia, porque sus cálculos bien hechos van a seguir arrojando una misma cifra con el paso de los siglos.
Pero en materia social –reflexiona usualmente el internacionalista– “no se puede predecir con exactitud, qué es lo que va a ocurrir la semana que viene”.
Y eso no significa que el estudio de la política y de las relaciones internacionales deje de constituir un instrumento para que los países procuren el mejor posicionamiento posible, en un escenario marcado por la interdependencia compleja.
Al contrario, esa misma complejidad es la razón por la que se debe procurar una producción de conocimiento sobre el contexto de los acontecimientos, para generar la capacidad de actuar estratégicamente, previniendo riesgos o aprovechando oportunidades.
En el calendario regional de elecciones, Brasil impuso la mayor atracción del interés mundial por su peso geopolítico, amparado en su liderazgo del ranking de economías latinoamericanas.
La síntesis del proceso, marca que la sorpresiva ventaja de Flavio Bolsonaro en la primera vuelta, se revirtió sólo tres semanas después, con otra inesperada diferencia de más de 3.5% a favor de Lula.
El dato central, está dado en la fuerte ausencia del domingo 4 de octubre, cuando se abstuvo de concurrir a votar poco más de la quinta parte del padrón de 158 millones de ciudadanos habilitados para sufragar.
Y allí la campaña oficialista acertó en una ofensiva hacia el entorno digital, donde las propuestas de la ultraderecha suelen moverse de manera más efectiva.
En el plan contra–reloj, el Partido de los Trabajadores amplió sus contactos incorporando algunos referentes evangelistas, un sector abiertamente proclive al bolsonarismo.
Desde lo estrictamente político, los ejes de la campaña tuvieron el efecto deseado, al incidir también en buena parte de casi el 8% de los votos que se desperdigó en la primera vuelta, entre las opciones que se ubicaron desde el tercer lugar (Augusto Cury), hacia abajo.
Y para lo económico y financiero, en los últimos días de campaña, se transmitió un gesto hacia la “racionalidad” de las cuentas públicas.
Es cierto que la reacción del equipo reeleccionista no sirvió para atenuar la fuerte depreciación del real y el desplome de las acciones brasileñas del día después, pero sí operó exitosamente para el cometido fundamental, que era torcer un resultado que veintiún días atrás, proyectaba una casi segura alternancia partidaria al frente del Planalto.
Para buscar normalizar los mercados, el proyecto tiene mucho más tiempo, pero se vislumbran señales iniciales como el deslizamiento de nombres para el equipo económico, que reúnen un perfil orientado al control del gasto público.
Además, el oficialismo da muestras tempranas del tendido de contactos legislativos apuntando a construir un marco de negociación permanente con las fuerzas minoritarias del Congreso.
En general, las pistas que da el gobierno reelecto, son indicios de un corrimiento al pragmatismo.
Todo indica que el mandato que iniciará Lula el 5 de enero de 2027, contendrá algunos cambios por opción, y otros impuestos por el escenario político, social y económico que se perfila, luego de una instancia electoral que describió un recorrido cambiante e histórico para Brasil y la región.





















