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Opinión

Los chicos que quedaron del otro lado del agua

En los Bajos Submeridionales, las inundaciones transformaron el camino a la escuela en una odisea cotidiana para alumnos y familias rurales.

Hay chicos que hace meses no pueden ir regularmente a la escuela.

No porque no quieran. No porque sus familias no los manden. No porque hayan dejado de estudiar.

Porque el camino no los deja llegar.

La frase pertenece a una realidad que ocurre en el norte santafesino, en el paraje El Palmar, departamento Vera. Y fue Mauricio Serfaty, docente y director de la Escuela N.º 6328 “Vicente de Echeverría”, quien la puso en palabras durante una entrevista con LT9.

“Hay algunos que directamente no vienen”.

Cinco palabras que dicen mucho más de lo que parece.

Desde abril, las lluvias y la situación hídrica de los Bajos Submeridionales alteraron la vida cotidiana de numerosas familias rurales. En El Palmar, uno de los problemas más concretos está en los caminos.

El conocido como “El 55” quedó prácticamente intransitable.

“No se pasa ni en 4×4, nada”, contó Serfaty.

Para algunas familias, cuando el vehículo ya no puede pasar, queda el caballo.

Y no es solamente una cuestión de transporte.

Hay que llevar alimentos. Hay que trasladar garrafas. Hay personas mayores que necesitan asistencia. Hay niños. Hay personas que utilizan silla de ruedas.

Hay una vida cotidiana que sigue necesitando moverse aunque el camino haya desaparecido debajo del agua y el barro.

Y están los alumnos.

Algunos viven a 15 o 20 kilómetros de la escuela y deben atravesar varios puentes en malas condiciones.

Serfaty lo explicó desde un lugar difícil de discutir: no es sencillo atravesar esos caminos con una criatura cuando existe el riesgo de que el caballo meta una pata, se caiga o ocurra un accidente.

Entonces algunos chicos no llegan.

La escuela intenta sostenerlos a la distancia. Los docentes preparan tareas, cuadernillos y fotocopias para que continúen trabajando desde sus casas.

Es lo que se puede hacer.

Pero hay algo que un cuadernillo no puede reemplazar.

El aula.

El encuentro con el maestro.

Los compañeros.

El recreo.

La rutina.

Ese pequeño mundo que para la mayoría de los chicos forma parte de la vida cotidiana y que, para otros, puede quedar del otro lado de un camino inundado.

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Quizás ahí esté una de las dimensiones menos visibles de una inundación. Cuando pensamos en el agua, pensamos en hectáreas anegadas, animales afectados, caminos destruidos, producción perdida.

Pero el agua también modifica cosas que no aparecen en los mapas. Modifica la posibilidad de llegar a una escuela.

De visitar a un familiar.

De acceder a un médico.

De comprar alimentos.

De salir de una casa.Y esas dificultades no pesan de la misma manera en todos los lugares.

En una ciudad, un camino bloqueado suele tener una alternativa. En el campo, a veces no.

En El Palmar, un alumno puede tener que recorrer veinte kilómetros para llegar a su escuela.La distancia ya era parte de su vida.

La inundación la convierte en otra cosa. La vuelve una barrera. No es sencillo encontrar soluciones para una región como los Bajos Submeridionales.

Es un territorio enorme, con una problemática hídrica histórica, grandes distancias y condiciones que pueden cambiar completamente con un período de lluvias intensas.

Por eso sería demasiado fácil convertir esta historia en una lista de responsables.Y probablemente también sería injusto.

Hay problemas que no tienen una solución inmediata. Hay obras que requieren tiempo. Hay situaciones extraordinarias que superan cualquier planificación. Pero reconocer esa complejidad no significa dejar de mirar.

Y lo que vale la pena mirar esta vez son esos chicos.

Porque detrás de la discusión sobre caminos, obras, lluvias y producción hay algo mucho más sencillo: chicos que quieren ir a la escuela y que hoy, en algunos casos, no pueden hacerlo.

No necesitan que nadie romantice su realidad.

Tampoco que los conviertan en una estadística. Mucho menos que se los utilice para una discusión política. Necesitan que sepamos que existen.

Y quizás esa sea una de las grandes distancias entre quienes vivimos en las ciudades y quienes habitan ese interior profundo.Sabemos que existe.

Pero no siempre sabemos cómo se vive. Sabemos que los Bajos Submeridionales se inundan. Pero quizás nunca pensamos qué significa para una familia pasar semanas dependiendo de un caballo para trasladarse.

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Sabemos que hay escuelas rurales.

Pero quizás no imaginamos que para algunos chicos llegar hasta ellas puede significar recorrer 15 o 20 kilómetros por caminos que hoy no garantizan siquiera un paso seguro.

La desigualdad también puede estar hecha de kilómetros.

De barro.

De aislamiento.

De distancia.

Y no siempre se ve. Tal vez por eso esta historia merece ser contada. No para señalar con el dedo. No para buscar una explicación sencilla a un problema complejo. Sino para recordar que Santa Fe también es ese territorio que queda lejos de las ciudades, donde las distancias son enormes y donde una lluvia puede modificar durante meses la vida de una comunidad.

Y donde también hay chicos.

Chicos que tienen las mismas ganas de aprender, las mismas preguntas, los mismos sueños que cualquier otro. La diferencia es que algunos caminan unas cuadras para llegar a la escuela. Otros necesitan recorrer veinte kilómetros.

Y otros, cuando el agua corta el camino, esperan.

Esperan que se pueda pasar.

Esperan que alguien pueda acercarlos.

Esperan que el barro dé una tregua.

Esperan volver a sentarse en un aula.

Por eso, quizás la imagen más fuerte de esta historia no sea la de un campo bajo agua. Sea la de un chico mirando un camino que no puede cruzar. Un chico que quedó, literalmente, del otro lado. Del otro lado del agua. Del otro lado de nuestros mapas. Y, por un momento, también del otro lado de nuestra mirada.

Quizás alcance con eso para hacernos una pregunta:¿Cuánto conocemos realmente de la vida de los chicos que viven lejos de nosotros?

Porque para ellos la inundación no es una noticia que aparece en un portal.

Es el camino que tienen que esperar para volver a encontrarse con su escuela.

Autor

  • Germán Dellamónica

    Periodista. Director periodístico de LT9. Conductor de Amanecer no es poco, de lunes a viernes de 06:00 a 09:00.

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