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Opinión

Del campo a Chicago: quien decide cuánto vale un grano

El productor agropecuario toma decisiones sobre qué sembrar, cuánto invertir y qué tecnología utilizar, pero no fija el precio de su producción. La cotización de la soja, el trigo y el maíz depende de un complejo entramado que conecta los mercados internacionales, Chicago, China, Estados Unidos, Brasil y el mercado físico de Rosario. ¿Cómo se determina finalmente cuánto recibe el productor santafesino?

Hola mis queridos lectores de LT9, ¿cómo están? Hoy les quiero contar sobre el negocio de granos en nuestro país, ¿me acompañan?

Hay una particularidad del campo que muchas veces quienes estamos dentro del sector tenemos tan naturalizada que dejamos de explicarla: el productor agropecuario decide qué sembrar, cuánto invertir, qué tecnología utilizar, qué semilla comprar, cuánto fertilizar, cuándo aplicar un fungicida, cuándo cosechar y hasta qué nivel de riesgo está dispuesto a asumir. Pero hay algo fundamental que no decide: el precio al que va a vender lo que produce.

Y esto resulta bastante extraordinario si lo comparamos con muchas otras actividades económicas.

Una fábrica calcula cuánto le cuesta producir un determinado producto, incorpora sus gastos, impuestos y margen de rentabilidad y establece un precio de venta. Un comercio compra mercadería y define a qué precio la coloca en la góndola. Un profesional determina cuánto cobra por sus servicios. Una empresa de software establece el valor de una licencia.

El productor de soja, trigo o maíz no funciona así.

No termina de cosechar, suma sus costos y dice: “Mi soja vale 400 dólares la tonelada porque necesito ese precio para ganar dinero”.

Puede necesitarlo. Puede haber gastado mucho más de lo previsto. Puede haber tenido una sequía, una inundación, una helada, granizo o un ataque de plagas. Puede haber aumentado el precio de los fertilizantes, el gasoil, los fitosanitarios o los alquileres.

Pero al mercado todo eso, individualmente, no le importa.

El productor es, en términos económicos, un tomador de precios.

Esto no significa que sea la única actividad que funciona de esta manera. Algo parecido sucede con muchos productores de materias primas o commodities alrededor del mundo: petróleo, minerales, café, azúcar, algodón y otros productos cuyos precios se forman en mercados amplios y competitivos.

Pero en la agricultura esta condición se ve con enorme claridad.

Entonces la pregunta es: si el productor no pone el precio de los granos, ¿quién lo pone?

La respuesta corta sería: el mercado.

Pero la respuesta completa es bastante más interesante.

De Chicago a Rosario: cómo se forma el precio de los granos?

Cuando hablamos de soja, maíz y trigo estamos hablando de commodities que se comercializan internacionalmente. Por eso lo que sucede a miles de kilómetros de un campo santafesino puede modificar en cuestión de horas el valor de la producción que está guardada en un silo.

Uno de los grandes centros de referencia mundial es el mercado de Chicago.

Allí se negocian contratos de futuros de soja, maíz y trigo y las cotizaciones reaccionan permanentemente frente a las expectativas de oferta y demanda mundial.

Si Estados Unidos anuncia una cosecha de maíz mayor a la esperada, el mercado puede bajar.

Si aparece una sequía que amenaza los rindes estadounidenses, puede subir.

Si China aumenta sus compras de soja, puede subir.

Si Brasil anuncia una cosecha récord, puede bajar.

Si existe un conflicto en la región del Mar Negro que amenaza las exportaciones de trigo, el trigo puede subir.

Y todo eso puede ocurrir sin que haya cambiado absolutamente nada en el lote de un productor de San Justo, Rafaela, Reconquista o cualquier otro lugar de Santa Fe.

El cultivo es exactamente el mismo que ayer.

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Pero su precio cambió.

Que pasó con la soja, el trigo y el maíz en los últimos días?

El mercado internacional tuvo varias jornadas alcistas. El 25 de agosto los tres principales cultivos cerraron con variaciones positivas en Chicago: el deterioro de las perspectivas productivas estadounidenses sostuvo al maíz, la demanda china impulsó a la soja y las preocupaciones por los embarques desde el Mar Negro dieron respaldo al trigo.

El 26 de agosto volvió a repetirse una rueda positiva: maíz y trigo estuvieron impulsados por temores sobre la oferta estadounidense y del Mar Negro, mientras que la soja volvió a recibir apoyo de las compras chinas.

El 27 hubo una corrección: soja y maíz retrocedieron por toma de ganancias y por la caída del petróleo, mientras que el trigo continuó sostenido por las tensiones en el Mar Negro.

Es decir que cuando escuchamos simplemente “subieron los granos”, detrás de esas tres palabras puede haber clima estadounidense, compras de China, petróleo, guerras, logística internacional y expectativas sobre cosechas que todavía ni siquiera fueron levantadas.

¿Cómo llega ese precio hasta Santa Fe?

Acá aparece otra cuestión fundamental.

El productor argentino no recibe directamente el precio internacional.

Existe un precio internacional de exportación, el famoso FOB, que representa, simplificando, el valor de la mercadería colocada en el puerto para ser exportada.

A partir de ese precio hay que descontar derechos de exportación cuando corresponden, gastos portuarios, costos comerciales y otros componentes. De allí surge lo que conocemos como capacidad teórica de pago, o FAS teórico.

Después aparece el mercado real.

Exportadores, industrias y compradores ofrecen precios de acuerdo con sus necesidades de mercadería, compromisos de exportación, capacidad de procesamiento, disponibilidad de granos y competencia entre compradores.

Y finalmente tenemos referencias como la famosa Pizarra de Rosario.

Pero hay otra aclaración importante: la Pizarra no es una persona sentada en una oficina que por la mañana decide cuánto vale la soja.

Los precios de la Cámara Arbitral de Cereales de Rosario son precios orientativos que surgen como promedios ponderados de los valores de las operaciones realizadas en el mercado físico.

Por eso cuando decimos “la soja vale $540.000” estamos simplificando una enorme maquinaria comercial que funciona detrás de ese número.

¿Qué pasó estos días?

Veamos números concretos porque ayudan a dimensionarlo.

El 20 de agosto la soja en la Cámara Arbitral de Cereales de Rosario cotizaba a $525.000 por tonelada.

El 21 cayó a $521.500.

El lunes 24 pasó a $525.000.

El martes 25 llegó a $530.000.

Y el miércoles 26 alcanzó los $540.000 por tonelada.

En apenas tres ruedas hábiles, desde el viernes 21 hasta el miércoles 26, la soja aumentó $18.500 por tonelada, aproximadamente un 3,5%.

El trigo también acompañó.

Pasó de $334.800 por tonelada el 20 de agosto a $343.000 el día 26, una mejora cercana al 2,5%.

El maíz mostró un comportamiento bastante más moderado y volátil: estuvo alrededor de los $266.000-$272.000 por tonelada durante esos días y cerró el 26 en $270.500.

Por eso tampoco sería correcto decir que “todos los granos están subiendo de la misma manera”.

No lo están.

La soja y el trigo mostraron una recuperación clara en el mercado local durante las últimas jornadas, mientras que el maíz tuvo un movimiento mucho más irregular.

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Y esta distinción es importante porque el mercado de granos nunca tiene una única explicación.

El productor controla la producción, pero no el mercado

Y acá aparece quizás la parte más interesante de esta historia.

Un productor puede ser extraordinariamente eficiente.

Puede elegir una excelente genética, sembrar en la fecha correcta, hacer análisis de suelo, ajustar la fertilización, controlar malezas, monitorear enfermedades y lograr un rendimiento espectacular.

Pero mientras hace todo eso hay otra parte de su negocio moviéndose completamente fuera de su control.

China decide cuánto comprar.

Estados Unidos define cuánto producir.

Brasil aumenta o disminuye su cosecha.

Rusia y Ucrania condicionan el mercado internacional de trigo.

El petróleo sube o baja.

El dólar se mueve.

Cambian los derechos de exportación.

Aparecen nuevas regulaciones.

Los fondos especulativos compran o venden contratos.

Y todo eso termina influyendo sobre el valor de aquella tonelada que salió de un campo santafesino.

Por eso producir bien no necesariamente significa vender bien.

Y ahí aparece una de las grandes transformaciones que atravesó la empresa agropecuaria durante las últimas décadas: la comercialización pasó a ser prácticamente otra actividad dentro de la actividad productiva.

Hoy un productor no solamente debería preguntarse cuánto va a producir.

También debería preguntarse cuánto tiene vendido, cuánto tiene sin precio, qué porcentaje fijó, qué necesidades financieras tendrá durante el año, cuáles son sus costos, cuál es su precio de indiferencia y qué herramientas comerciales puede utilizar para disminuir el riesgo.

Porque esperar a cosechar para recién entonces preguntarse cuánto vale el grano también es una decisión comercial.

Aunque muchas veces no la veamos como tal.

Hay una paradoja: El productor compra prácticamente todos sus insumos a precios que le vienen dados.

Pregunta cuánto cuesta la semilla. Cuánto cuesta el fertilizante. Cuánto cuesta el herbicida.

Cuánto cuesta el gasoil. Cuánto cuesta una máquina. Cuánto cuesta el alquiler.

Cuánto cuesta transportar una tonelada hasta el puerto.

Y cuando finalmente obtiene el producto que generó durante seis meses, vuelve a preguntar:

“¿Cuánto vale hoy?”

Esa pregunta resume buena parte del negocio agropecuario.

Porque existe una enorme diferencia entre costo y precio.

El costo se genera dentro de la empresa.

El precio se forma fundamentalmente fuera de ella.

Y entre ambos aparece el margen.

Por eso cuando sube la soja no significa automáticamente que el productor esté ganando mucho dinero, de la misma manera que cuando baja tampoco significa necesariamente que esté perdiendo.

Para saberlo necesitamos conocer cuánto le costó producir esa tonelada.

Un productor que obtiene 4.000 kilos de soja por hectárea tiene una estructura completamente diferente de aquel que obtiene 2.000.

Un campo propio no tiene la misma estructura que uno alquilado.

Autor

  • Catalina Juliá

    Ingeniera Agrónoma, nacida en María Juana, pero desde hace 14 años vivo en San Justo, lugar que hoy siento como propio porque formé mi familia y también me desarrollé como profesional. Mi cercanía con el campo empezó desde muy chica. Vengo de una familia con raíces profundas en la actividad agrícola tambera, iniciada por mi abuelo, que llegó desde España.

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