Hay funcionarios que llegan para resolver problemas. Y hay funcionarios que se convierten en el problema.
Manuel Adorni ya no es el jefe de Gabinete. Ya no es el vocero. Ya no es un colaborador del Presidente.
Manuel Adorni es el tema. Y cuando un funcionario se transforma en tema, el Gobierno empieza a perder.
Porque mientras Milei necesita que la Argentina hable de inflación, de inversiones, de crecimiento, de reformas y de la recuperación económica, el país habla de dólares, criptomonedas, declaraciones juradas, contradicciones y explicaciones que cambian más rápido que el precio de la lechuga.
Lo extraordinario de esta historia es que nadie obligó al Gobierno a llegar hasta acá. Se metió solo. Y sigue profundizando el pozo con una perseverancia admirable.
Si alguien hubiera escrito hace dos años que un gobierno libertario, que llegó al poder prometiendo terminar con los privilegios de la política, iba a quedar atrapado defendiendo durante meses a un funcionario cuestionado por su patrimonio, cualquier libertario lo habría acusado de kirchnerista.
Pero acá estamos. La realidad siempre tiene peor imaginación que la ficción.
Lo que más llama la atención no es Adorni. Los funcionarios pasan. Lo preocupante es Milei.
Porque el Presidente parece haber quedado atrapado en uno de los vicios más viejos del poder argentino: creer que reconocer un error es perder una batalla.
Y entonces sucede lo inevitable.
Lo que empezó como un problema de Adorni se transformó en un problema de Milei. Y no sólo eso, se convirtió en un problema del Gobierno.
La pregunta ya no es si las explicaciones cierran o no cierran.
La pregunta es por qué el Presidente sigue dispuesto a inmolar capital político por un funcionario que hace meses dejó de aportarle beneficios.
En cualquier manual de gestión política la respuesta sería sencilla. Si un colaborador genera más costos que resultados, se reemplaza. Punto. Sin drama. Sin épica. Sin discursos sobre conspiraciones planetarias. Sin culpar a periodistas, jueces, empresarios, marcianos o fabricantes de sobres.
Pero la Casa Rosada decidió otra cosa. Decidió atrincherarse. Y cuando un gobierno se atrinchera suele ocurrir algo lamentable: deja de escuchar. Empieza a creer únicamente aquello que quiere escuchar. Las encuestas que le gustan. Los funcionarios que le dicen que todo está bien. Los tuiteros que aplauden. Los aduladores profesionales que abundan alrededor de cualquier poder.
Es un fenómeno conocido. Le pasó a Cristina. Le pasó a Macri. Le pasó a Alberto Fernández. Y ahora le pasa a Milei.
Por eso el caso Adorni resulta tan revelador. No por la plata. No por los dólares. Ni siquiera por las declaraciones juradas. Lo importante es que muestra cómo funciona el poder cuando deja de tener frenos.
Porque mientras el Gobierno exige transparencia para todos los demás, acepta explicaciones cada vez más extravagantes cuando el protagonista es uno de los propios.
Es la famosa doble vara argentina. La misma que Milei prometió eliminar.
Lo paradójico es que el Presidente llegó denunciando a “la casta”. Y hoy corre el riesgo de protagonizar el momento más autentico de toda su gestión. Defender a un funcionario cuestionado simplemente porque pertenece al círculo íntimo.
Eso no es nuevo.
Eso es exactamente lo viejo.
Y hay algo más.
Algo que se percibe cada vez con más claridad.
La crisis de Adorni no está creciendo por culpa de la oposición. La oposición está demasiado ocupada peleándose consigo misma. La crisis crece porque el Gobierno administra el tema de manera desastrosa. Cada vez que intenta cerrar el asunto, lo reabre. Cada vez que intenta aclararlo, lo oscurecCada vez que intenta protegerlo, lo expone.
Es una obra maestra de autodestrucción política.
Mientras tanto, los aliados empiezan a tomar distancia. Los libertarios de redes ya no defienden con la misma pasión. Los dirigentes miran para otro lado.
Y algunos empresarios que hace un año hablaban de Milei como si fuera Churchill mezclado con Reagan hoy empiezan a preguntarse si no habrá demasiado fanatismo y demasiado poco sentido práctico en la toma de decisiones.
Es una señal que la Casa Rosada debería mirar con atención. Porque los gobiernos no suelen morir por una denuncia. Mueren cuando pierden la capacidad de distinguir entre la lealtad y la obsecuencia. Entre la firmeza y la terquedad. Entre la convicción y el capricho.
Hace meses que escucho a dirigentes oficialistas repetir que sacar a Adorni sería darle una victoria a los enemigos del Gobierno.
Puede ser.
Pero sostenerlo todos los días también parece una derrota. Y una derrota mucho más costosa.
Porque cada jornada que pasa ya no erosiona solamente a Adorni. Erosiona a Milei. Erosiona el discurso anticorrupción. Erosiona la idea de que esta vez sería diferente. Erosiona la autoridad moral desde la cual el Presidente construyó su liderazgo.
Y cuando un gobierno pierde autoridad moral, empieza a perder algo mucho más importante que una discusión mediática. Empieza a perder credibilidad.
Lo más increíble es que todo esto ocurre mientras la economía le ofrece noticias que cualquier presidente argentino habría firmado con los ojos cerrados.
Un funcionario logró convertirse en más noticia que el propio Presidente. Y eso, en política, tiene un nombre bastante simple. Fracaso.
La pregunta ya no es cuánto tiempo resistirá Adorni.
La pregunta es cuánto tiempo más está dispuesto Milei a pagar el precio de sostenerlo. Porque a esta altura el jefe de Gabinete ya no parece un fusible. Parece un ancla. Y las anclas sirven para evitar que un barco se mueva. El problema es que cuando el barco necesita avanzar, también pueden hundirlo.
Pero la agenda no la domina el dólar.
La domina Adorni.
No la domina la inflación.
La domina Adorni.
No la domina el discurso de “recuperación económica”.
La domina Adorni.
Fin.
