La entrada en vigencia parcial del acuerdo MERCOSUR-UE constituye un hito que conviene dimensionar en contexto histórico.
Este tratado entre dos grandes bloques comerciales es uno de los aspectos más destacados de lo que significó el plano multilateral del último cambio de siglo y de milenio.
De forma sucinta, viene bien recordar la estructura del poder global pos- Segunda Guerra Mundial.
Un mundo partido en dos, con la Guerra Fría marcando las prioridades de las agendas de seguridad nacional de la mayoría de los países, pero especialmente entre EE.UU. y la Unión Soviética, que encabezaron esa bipolaridad acentuada.
Pero a la caída del Muro de Berlín en 1989, le sucedió una nueva era marcada por la distensión de la agenda internacional, dando lugar a nuevos procesos tales como el surgimiento de actores supranacionales.
La UE comenzó a funcionar en 1993, y en Sudamérica, el MERCOSUR se convirtió en una expresión de regionalismo formalmente reconocido en 1994, a pocos años de la firma del Tratado de Asunción.
En 1999 se identificaron los primeros proyectos de asociación comercial entre ambas regiones, pero la iniciativa quedó congelada por largo tiempo.
En el año 2019, en la cumbre mercosuriana celebrada en la ciudad de Santa Fe, se informó el arribo a un pre-acuerdo o borrador, conteniendo muchos de los puntos ahora incluidos en el cronograma de reducciones arancelarias para una zona de libre comercio de 700 millones de habitantes.
Según queda establecido, en un período que abarca desde este año hasta comienzos de la década del 40, el flujo de la mayoría de los productos que intercambian los bloques irá, en forma progresiva, hacia un mecanismo de arancel cero.
En el MERCOSUR hay un destacado horizonte favorable para las exportaciones agropecuarias. Y puntualmente en el caso argentino, la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca del Ministerio de Economía de la Nación, reglamentó esta semana el acceso a los beneficios de los contingentes arancelarios abiertos en el marco del Acuerdo, por el cual la UE otorgó 21 cuotas para el ingreso de diferentes productos agroindustriales.
Otra reacción inmediata a destacar es la de la Asociación de Fabricantes de Automotores de nuestro país, que en un reciente comunicado marcó un horizonte de complementación con la UE, y trazó una perspectiva tendiente a potenciar el perfil exportador para que la industria pueda integrarse más a las cadenas de valor, algo largamente anhelado entre los objetivos de la política comercial externa.
También aparece un aspecto extra-comercial, ya que se abre una gran zona con estímulo a las empresas que se presenten en grandes licitaciones públicas en Sudamérica como en Europa.
Y no menos importante, es el efecto institucional. La histórica puesta en marcha de este instrumento trabajado por décadas, promete dotar de mayor estabilidad tanto al vínculo inter-bloque como a la dinámica intra-MERCOSUR.
En ese sentido, el Acuerdo significa por un lado una revalidación del cometido que originó el Tratado de Asunción en 1991, y por el otro, un amortiguador regional en medio de los reincidentes episodios de tensiones comerciales que protagonizan Estados Unidos y China.
Afortunadamente, al menos en esta oportunidad, la ponderación sobre los efectos de largo plazo de la asociación puesta en marcha desde este mes, primó sobre los ciclos viciados de excesivo bilateralismo e ideologización de la política exterior.
