Qué alegría volver a encontrarnos, queridos lectores de LT9. Hoy los invito a preparar el mate y emprender un viaje hacia una localidad que ya hemos visitado en otras oportunidades y que siempre nos regala historias que valen la pena contar. Nos vamos nuevamente a Coronda, la Capital Nacional de la Frutilla.
Esta visita tiene algo especial. En tiempos donde muchas de las instituciones más importantes de nuestro país atraviesan momentos complejos, donde la incertidumbre parece instalarse como una constante y donde organismos fundamentales para el desarrollo, la educación y la investigación trabajan sin presupuestos y enormes desafíos por delante, hay personas que deciden no bajar los brazos. Personas que siguen creyendo en el conocimiento, en la innovación y en el trabajo conjunto como herramientas para construir futuro.
Por eso hoy quiero contarles una historia que merece ser conocida. Una historia que habla de cooperación, de compromiso y de una visión compartida. Un proyecto que ya está en marcha gracias al esfuerzo de investigadores, técnicos, productores y funcionarios que decidieron unirse detrás de un objetivo común: generar nuevas oportunidades productivas para Coronda y la región.
En esta oportunidad conversamos con la ingeniera agrónoma María del Huerto Sordo, responsable de la Oficina Técnica del INTA Coronda y una de las impulsoras de esta iniciativa. También forman parte del proyecto la doctora Susana Grosso y el doctor Damián Castro, de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional del Litoral; el ingeniero agrónomo Cristian Pernuzzi como asesor privado; el técnico Germán Acosta y la licenciada María Belén Sierra desde la Municipalidad de Coronda; y el productor Guillermo Parra, en cuyo establecimiento ya se encuentra implantado el primer lote comercial del proyecto.
Lo que están construyendo no es solamente un ensayo agrícola. Es una apuesta al desarrollo territorial, a la generación de conocimiento local y a la búsqueda de alternativas productivas que permitan ampliar el horizonte de una región que históricamente ha estado vinculada a la frutilla.
La protagonista de esta historia es la pitanga.
Quizás muchos de ustedes hayan escuchado hablar de ella, o incluso la hayan visto alguna vez en jardines o espacios verdes. La pitanga (Eugenia uniflora) es una especie nativa sudamericana que produce pequeños frutos de intenso color rojo, aroma característico y un elevado contenido de compuestos antioxidantes, vitaminas y minerales. Sin embargo, más allá de sus cualidades nutricionales, hoy despierta interés por su potencial productivo y comercial. Si bien hoy contamos esta historia, la idea de trabajar en frutales nativos comienza en 2016 en el marco del programa de Documentación, Conservación y Valoración de la flora nativa que agrupa varias cátedras de la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNL.
Del encuentro entre investigadores, productores y asesores vinculados a la actividad frutillera, surgió la misma preocupación: la necesidad de generar alternativas que complementen la producción tradicional y permitan diversificar las fuentes de ingresos de los productores.
La diversificación no significa abandonar aquello que se hace bien. Por el contrario, significa sumar opciones para disminuir riesgos y construir sistemas productivos más resilientes frente a los cambios climáticos, económicos y comerciales que enfrentamos permanentemente.
Y aquí aparece uno de los aspectos más interesantes de esta iniciativa. Nadie pretende reemplazar a la frutilla. La frutilla forma parte de la identidad de Coronda y seguirá siendo su principal emblema productivo. Lo que se busca es aprovechar todo el conocimiento, la infraestructura y la experiencia acumulada durante décadas para explorar nuevas oportunidades.
La pitanga fue seleccionada por varias razones. En primer lugar, se trata de una especie nativa, adaptada naturalmente a las condiciones ambientales de nuestra región. En segundo lugar, posee un elevado valor nutricional y un enorme potencial para la elaboración de productos con valor agregado. Y finalmente, porque existe un creciente interés de los consumidores por alimentos funcionales, saludables y vinculados con la biodiversidad local.
Pero la pitanga no está sola en esta historia.
El proyecto también contempla la evaluación de otras especies nativas con potencial productivo, como el guayabo del país (Acca sellowiana), el guaviyú (Myrcianthes pungens) , el mamón del monte (Vasconcellea quercifolia) y la Cereza misionera (Eugenia involucrata), a través de la participación de la Facultad de Ciencias Forestales de la Universidad Nacional de Misiones. Todas ellas forman parte de un programa de evaluación cuyo objetivo es identificar cuáles presentan mejor adaptación agronómica y mayores posibilidades de desarrollo comercial en la región.
La Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional del Litoral aporta el germoplasma seleccionado de estas especies y participa activamente en la evaluación genética de los materiales. Además, capacita al personal del vivero municipal en técnicas de reproducción agámica, fundamentales para garantizar la multiplicación de plantas de calidad. Por su parte el Instituto de tecnología de los alimentos se encarga de los análisis nutricionales, sensoriales y de manejo y conservación postcosecha.
El INTA Coronda tiene a su cargo el seguimiento agronómico de los lotes implantados en establecimientos de productores. Allí se evalúan aspectos tan importantes como la supervivencia de las plantas, su crecimiento, desarrollo vegetativo, floración, comportamiento sanitario y respuesta frente a las condiciones ambientales locales.
Toda esa información será clave para construir recomendaciones técnicas futuras que permitan a otros productores incorporar estos cultivos con mayores certezas.
Y aquí aparece algo que considero fundamental destacar.
Muchas veces hablamos de investigación científica como algo lejano, encerrado entre laboratorios o publicaciones académicas. Sin embargo, este proyecto muestra exactamente lo contrario. Muestra una ciencia que sale al territorio, que conversa con los productores, que escucha las necesidades reales y que busca respuestas concretas para los desafíos cotidianos.
La universidad aporta conocimiento. El INTA aporta experiencia técnica y extensión. Los productores aportan la visión práctica y los campos donde validar la información. El municipio aporta infraestructura y acompañamiento institucional. Todos cumplen un rol indispensable.
Ese es quizás el mayor valor de esta iniciativa.
Desde el punto de vista económico, las posibilidades son realmente interesantes.
La pitanga posee un amplio abanico de usos industriales y gastronómicos. Con sus frutos pueden elaborarse mermeladas, dulces, jaleas, jugos, pulpas congeladas, helados, licores y productos de confitería. Pero además existe potencial para el desarrollo de productos cosméticos como perfumes, cremas y otros derivados vinculados a la industria del cuidado personal.
Este tipo de productos permite generar valor agregado local, algo fundamental para el desarrollo de las economías regionales.
En lugar de comercializar únicamente materia prima, se abre la posibilidad de transformar la fruta en productos elaborados que generan mayor rentabilidad y más empleo.
Además, existe un creciente interés de mercados especializados por alimentos funcionales y productos vinculados a especies nativas. Si bien la producción comercial de pitanga en Argentina aún es muy incipiente, justamente esa situación representa una oportunidad para quienes logren posicionarse tempranamente.
Por supuesto, todavía queda mucho camino por recorrer.
Los próximos años estarán dedicados a generar información confiable sobre adaptación, productividad, comportamiento sanitario y aceptación comercial. Recién entonces podrán tomarse decisiones más firmes sobre escalas de producción y modelos de negocio.
Sin embargo, el potencial existe.
Y quizás uno de los aspectos más atractivos sea su aporte a la sostenibilidad.
Al tratarse de una especie nativa, se espera una buena adaptación a las condiciones ambientales locales. Esto podría traducirse en menores requerimientos de insumos externos y una mejor integración con los ecosistemas regionales.
Además, la diversificación productiva constituye una de las principales estrategias para mejorar la sostenibilidad económica y ambiental de las explotaciones agropecuarias.
Cuando un productor depende exclusivamente de un cultivo, cualquier problema climático, sanitario o comercial puede tener consecuencias muy importantes. En cambio, contar con varias alternativas permite distribuir riesgos y mejorar la estabilidad del sistema.
Otro aspecto relevante es el papel de los polinizadores.
Las flores de pitanga requieren la participación activa de abejas y otros insectos para lograr una adecuada fecundación y una buena producción de frutos. Esto genera un vínculo directo entre la producción agrícola y la conservación de la biodiversidad, algo cada vez más valorado en los sistemas productivos modernos.
Pensando hacia adelante, los objetivos son claros. Consolidar los ensayos en marcha, generar información técnica sólida, validar el potencial productivo y comercial de estas especies e incorporar nuevos productores al proyecto.
Para medir el éxito se analizarán indicadores concretos como la supervivencia de las plantas, su crecimiento, la capacidad de brotación y floración, el comportamiento frente a plagas y enfermedades, el interés despertado entre los productores y la posibilidad de multiplicar material vegetal de calidad.
De hecho, el esquema ya está diseñado para crecer. Las plantas producidas en el vivero municipal serán entregadas a productores interesados, quienes asumirán el compromiso de implantarlas y permitir el seguimiento técnico durante varios años. También forman parte de este trabajo el Vivero Los Robles en la localidad de Santa Rosa de Calchines.
Y aquí es donde volvemos al principio de esta historia.
Porque más allá de la pitanga, de los ensayos o de los indicadores productivos, este proyecto representa algo mucho más profundo.
Representa la capacidad de las instituciones de trabajar juntas. Representa la convicción de que la investigación y la extensión siguen siendo herramientas fundamentales para el desarrollo. Representa el esfuerzo silencioso de profesionales que todos los días siguen apostando por generar oportunidades aun cuando las condiciones no son las más favorables.
Coronda seguirá siendo la Capital Nacional de la Frutilla. Nadie pretende cambiar eso.
Pero quizás dentro de algunos años, cuando hablemos de innovación, diversificación y valorización de especies nativas, también pensemos en la pitanga como parte de una nueva etapa productiva para la región.
Y si eso sucede, seguramente no será fruto de la casualidad. Será el resultado del trabajo conjunto de investigadores, técnicos, productores y funcionarios que decidieron apostar por el futuro cuando hubiera sido mucho más fácil resignarse.
Porque las grandes transformaciones casi nunca empiezan con grandes presupuestos. Generalmente comienzan con personas comprometidas que creen que vale la pena intentarlo.
Y en Coronda, una vez más, hay un grupo de personas demostrando exactamente eso.
Nos reencontramos el próximo sábado por LT9 para seguir descubriendo historias que nacen en el campo, generan conocimiento y construyen futuro para toda nuestra provincia.
