Cada 11 de septiembre, Argentina celebra el Día del Maestro. La fecha recuerda la muerte de Domingo Faustino Sarmiento, ocurrida el 11 de septiembre de 1888 en Asunción, Paraguay. Pero detrás del homenaje al llamado “Padre del Aula” existe una figura mucho más compleja: un hombre que hizo de la educación uno de los grandes motores de su proyecto de país y que, al mismo tiempo, dejó escritos y declaraciones que todavía generan fuertes debates.
Recordarlo implica, entonces, algo más que repetir su nombre como símbolo de la enseñanza. También supone conocer quién fue, qué hizo y cuáles fueron las ideas que defendió.
¿Quién fue Domingo Faustino Sarmiento?
Domingo Faustino Sarmiento nació en San Juan el 15 de febrero de 1811. Fue docente, escritor, periodista, político, militar y diplomático. También fue gobernador de San Juan y presidente de la Nación entre 1868 y 1874.
Su trayectoria estuvo marcada por una idea que atravesó buena parte de su vida: la Argentina debía transformarse a través de la educación, el conocimiento, la ciencia y la incorporación de nuevas instituciones.
En 1845 publicó Facundo: Civilización y barbarie, una de sus obras más importantes y también una de las más discutidas. Allí analizó los conflictos políticos y sociales de la Argentina del siglo XIX y construyó una oposición entre aquello que consideraba “civilización” y aquello que identificaba con la “barbarie”.
Sarmiento admiraba particularmente los modelos educativos, científicos y económicos de Europa y Estados Unidos, y durante sus viajes estudió sus sistemas de enseñanza para intentar trasladar algunas de esas experiencias a la Argentina.
Murió a los 77 años, el 11 de septiembre de 1888. Décadas después, esa fecha quedó establecida como el Día del Maestro en homenaje a su trayectoria vinculada con la educación.
La educación como proyecto de país
Si existe un aspecto de Sarmiento difícil de separar de su legado es su obsesión por ampliar la educación.
Durante su presidencia se produjo una fuerte expansión de la educación primaria. Con apoyo nacional, las provincias crearon alrededor de 800 escuelas de primeras letras, mientras que la cantidad de alumnos pasó de aproximadamente 30.000 a 110.000. También se impulsó la formación de maestros mediante la creación de escuelas normales.
En 1870 se creó la Escuela Normal de Paraná, considerada una institución fundamental para la formación docente en el país. Sarmiento también promovió la llegada de docentes extranjeros, especialmente de Estados Unidos, para colaborar con la enseñanza argentina.
Otro de sus objetivos fue vincular educación, ciencia y cultura. Durante su gobierno se impulsaron instituciones científicas y educativas, se promovieron bibliotecas y se desarrollaron proyectos relacionados con la ciencia y las comunicaciones.
En 1871 se sancionó, además, una ley de subvenciones destinada a ayudar a las provincias a construir y ampliar escuelas y adquirir materiales educativos.
Su proyecto educativo tendría continuidad después de su presidencia y sería uno de los antecedentes de la Ley 1420 de Educación Común, sancionada en 1884, que estableció la educación primaria común, gratuita y obligatoria. Sarmiento tuvo un papel importante en la construcción de las ideas y políticas que precedieron a esa legislación, aunque la ley fue sancionada durante la presidencia de Julio Argentino Roca.
Algunas de sus ideas sobre educación
Para Sarmiento, enseñar no era simplemente transmitir conocimientos. La educación debía servir para transformar a la sociedad.
Su pensamiento educativo estaba asociado con la idea de que una población alfabetizada podía participar de las instituciones, desarrollar nuevas actividades económicas y construir un país moderno.
Esa concepción explica buena parte de su enorme influencia posterior. La escuela pública argentina terminó convirtiéndose en una de las instituciones centrales de la construcción del Estado nacional y en una herramienta fundamental para ampliar el acceso al conocimiento.
Pero justamente allí aparece una de las grandes contradicciones de Sarmiento.
El problema de la “civilización” y la “barbarie”
La misma persona que defendía la expansión de la educación sostenía una visión profundamente jerárquica de la sociedad.
En su pensamiento, “civilización” estaba asociada con las ciudades, la educación, Europa y Estados Unidos, mientras que la “barbarie” aparecía vinculada con los caudillos, el mundo rural y determinados sectores populares.
Por eso, su legado no puede analizarse únicamente desde la figura del maestro preocupado por alfabetizar.
También fue un político involucrado en las guerras civiles y en los conflictos de poder de su época. Y algunas de sus expresiones sobre gauchos, indígenas y otros sectores sociales reflejan una concepción que hoy resulta abiertamente discriminatoria y violenta.
Una de las frases más conocidas aparece en una carta enviada a Bartolomé Mitre en 1861, en el contexto de los enfrentamientos políticos y militares de la época:
“No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos esos salvajes”.
La carta está documentada y es conservada como parte de materiales históricos sobre Sarmiento.
La frase muestra hasta qué punto podía llegar su concepción de la “barbarie”: no se trataba solamente de una diferencia cultural o política, sino de una mirada que deshumanizaba a aquellos sectores que consideraba enemigos de su proyecto de país.
Las Malvinas y otra frase que incomoda
Otro episodio particularmente controvertido aparece en sus escritos sobre las Islas Malvinas.
En 1842, mientras estaba exiliado en Chile y escribía en el periódico El Progreso, Sarmiento publicó un texto en el que se refirió a la presencia británica en las islas en términos que hoy resultan especialmente polémicos.
Una de las versiones más difundidas de aquel pasaje señala:
“La Inglaterra se estaciona en las Malvinas para ventilar después el derecho que para ello tenga… Seamos francos; su invasión es útil a la civilización y al progreso”.
El texto aparece asociado a un artículo publicado en El Progreso el 28 de noviembre de 1842.
La frase debe ser entendida dentro del pensamiento de Sarmiento de aquella época, marcado por su admiración hacia determinadas sociedades europeas y por su convicción de que la llegada de instituciones, comercio y población europea podía representar una vía hacia lo que él entendía como “civilización”.
Sin embargo, existe un dato que vuelve todavía más interesante el análisis histórico: años después, Sarmiento adoptó posiciones diferentes respecto de la soberanía argentina y llegó a referirse expresamente a los “ultrajes hechos a la soberanía de la República Argentina” al abordar la cuestión de las Malvinas. Esto muestra que su pensamiento no permaneció completamente estático durante toda su vida.
Un prócer que también puede ser discutido
Sarmiento fue, sin dudas, una de las figuras fundamentales de la historia educativa argentina. Su impulso a la creación de escuelas, la formación de maestros y el desarrollo científico contribuyó a sentar las bases de un sistema educativo que tendría una enorme importancia durante las décadas posteriores.
Pero reconocer esa obra no obliga a ignorar sus contradicciones.
Sarmiento podía defender la educación como una herramienta para ampliar las posibilidades de una sociedad y, al mismo tiempo, considerar que determinados grupos humanos eran obstáculos para su idea de progreso.
Podía promover la expansión del conocimiento y sostener ideas profundamente elitistas.
Podía admirar el desarrollo de otros países y expresar posiciones sobre la soberanía argentina que hoy resultan difíciles de conciliar con la imagen tradicional del prócer.
Quizás por eso, en el Día del Maestro, recordar a Sarmiento no debería significar solamente repetir que fue “el padre del aula”. También puede servir para mirar la historia con mayor complejidad.
Porque los próceres no fueron personajes perfectos ni construidos para satisfacer los valores del presente. Fueron hombres de su tiempo, con sus avances, sus prejuicios, sus aciertos y sus contradicciones.
Y si algo puede enseñar una buena educación es, precisamente, que incluso las figuras que forman parte de nuestros símbolos nacionales pueden ser estudiadas, discutidas y cuestionadas.





















