Aunque la derrota republicana se respiraba, en la Casa Blanca anhelaban conseguir un control de daños que minimice el condicionamiento para la gobernabilidad de los próximos dos años que restan del segundo y último mandato de Donald Trump.
Sin contar con los números finales, el partido demócrata sobrepasó, por una docena de bancas obtenidas, el piso necesario para conseguir la mayoría en la Cámara de Representantes.
Y para no dejar dudas, la oposición también revirtió el control del Senado, contradiciendo los pronósticos más optimistas que de forma previa, lanzaron los máximos referentes republicanos.
La marea se transformó en huracán azul, y la contundencia de las cifras templó inéditamente el discurso de un presidente que pocos días atrás se mostraba indiferente ante la eventual derrota, advirtiendo que estaba dispuesto a construir su agenda “a puro veto”.
Sin embargo, ese instrumento alcanza para limitar la capacidad de producción legislativa de la nueva mayoría, pero no sirve por su concepción, para dar curso a los proyectos clave del gobierno que deben pasar por el Congreso.
Los números elocuentes parecen haber desalentado el negacionismo con el que el mandatario estaba acostumbrado a reaccionar, al ser interpelado por la suba del combustible que disparó la guerra en Medio Oriente, el recorte drástico de programas de salud, la guerra arancelaria, o la criminalización de la inmigración.
En un tono desconocido para su estilo, Trump se allanó a aceptar los resultados, reveló que recibió llamados de demócratas, y dijo que su administración trabajará con ellos para “lograr que las cosas salgan bien para el país”.
Una campaña oficialista que salió tan mal se traduce en consecuencias tangibles, y una de ellas es el abrupto recorte de poder, en un gobierno estructurado desde tal nivel de personalismo, que llevó al propio presidente conservador a ofrecer, como un tipo de soborno, 5.000 dólares a cada estadounidense mayor de 18 años si el partido republicano conservaba la mayoría.
Pero por otra parte, es evidente que los efectos de las midterms trascienden sobradamente los límites de Estados Unidos.
Y ese hecho es una verdad consciente e incómoda para el gobierno de Javier Milei, que viene de perder la apuesta en Brasil y que ahora suma otro factor externo, que profundiza las dudas sobre un programa de política exterior circunscripto al acoplamiento total con la administración trumpista.
Si la postura argentina vuelve a posicionarse en espejo con Trump, entonces Javier Milei deberá considerar un corrimiento a la moderación y a la diversificación de los objetivos de las relaciones internacionales.





















