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Opinión

La Patagonia también se siembra: conocimiento, asociación y valor agregado

Tomás Ciurlanti, Nicolás Zuber y Ricardo Coggiola, siembran en el Calafate. Es posible sembrar la Patagonia?

Hola, mis queridos lectores de LT9. Hoy los voy a invitar a hacer un viaje bastante largo. Nos vamos a ir desde Esperanza, en nuestra provincia de Santa Fe, hasta El Calafate, en Santa Cruz. Son más de 2.500 kilómetros, paisajes completamente diferentes y dos regiones que, a simple vista, parecerían no tener demasiado que ver entre sí. Pero hay algo que las une: tres jóvenes que pasaron por la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional del Litoral y que un día se hicieron una pregunta tan sencilla como desafiante: ¿por qué no hacer agricultura en El Calafate?

Sus nombres son Tomás Ciurlanti, Nicolás Zuber y Ricardo Coggiola. Y detrás de ellos está AgroCalafate, una empresa que nació de una idea que, al principio, hasta ellos mismos reconocen que parecía una locura.

Y quizás eso sea una de las cosas que más me gustaron de esta historia. No nació de un gran proyecto escrito en una oficina, ni de alguien que llegó con todas las respuestas. Nació de observar.

Tomás creció en El Calafate y, cuando vino a Esperanza a estudiar, comenzó a mirar aquel paisaje patagónico con otros ojos. Ya no veía solamente la estepa, las montañas, el frío o uno de los destinos turísticos más conocidos de Argentina. Empezaba a verlo con ojos agronómicos.

En sus viajes por tierra observaba algo muy simple: en algunos sectores de las banquinas crecía alfalfa. Y si allí podía crecer una planta, la pregunta era inevitable: ¿qué podría pasar del otro lado del alambrado si alguien comenzaba a trabajar esos suelos, a medirlos, a conocerlos y a incorporar tecnología?

Ahí aparece Nicolás Zuber. Nicolás venía de un perfil fuertemente ligado a la investigación, al laboratorio de microbiología aplicada de la Facultad de Ciencias Agrarias y luego a su formación en Ciencias Agrarias. Con Tomás comenzaron a compartir ideas, experiencias y, sobre todo, esa inquietud de probar algo diferente.

Los primeros pasos estuvieron muy lejos de las cientos de hectáreas que hoy manejan. Empezaron haciendo ensayos. Alfalfa, microorganismos adaptados a esos ambientes y distintos cultivos que pudieran comportarse bien con bajas temperaturas y ciclos relativamente cortos.

Y hay una pequeña parte de esta historia que me toca de cerca. En aquellos primeros intentos llegaron a buscar unos pocos kilos de camelina para llevar al sur y probar qué podía pasar. No tenían certezas. Tenían semillas, conocimiento, curiosidad y ganas de medir resultados.

Y la camelina respondió.

Pero rápidamente se dieron cuenta de que para transformar un ensayo en producción necesitaban otra pata fundamental: alguien con experiencia productiva, maquinaria y conocimiento práctico de campo.

Entonces apareció Ricardo Coggiola.

Ricardo y Nicolás ya se conocían de la Facultad y habían compartido trabajos. Un día se juntaron con Tomás en una estación de servicio. Hicieron algunos números, hablaron de camelina, de forrajes, de las posibilidades que podía tener aquella región y de lo que todavía no sabían.

La reunión fue un martes.

El jueves Ricardo ya estaba viajando hacia Santa Cruz.

Y creo que esa pequeña anécdota define bastante bien a los tres.

Cuando llegó a El Calafate, Ricardo miró el suelo, observó la humedad que conservaba después del invierno, recorrió los campos y volvió a hacerse aquella misma pregunta: ¿cómo puede ser que acá no se esté intentando producir algo?

Pero atención, porque acá aparece una de las primeras aclaraciones importantes de esta historia.

No estamos diciendo que toda Santa Cruz pueda transformarse en una nueva región agrícola. Ellos mismos son muy cuidadosos al explicarlo.

Lo que encontraron cerca de El Calafate es un ambiente particular, un verdadero microclima. Hay sectores de antiguos valles de origen glacial donde aparecen suelos profundos, sin la cantidad de piedras que uno imaginaría cuando piensa en Patagonia y con niveles muy interesantes de materia orgánica.

Incluso encontraron valores cercanos al 10%.

Pero tener mucha materia orgánica no significa automáticamente tener nutrientes disponibles para un cultivo. Las bajas temperaturas hacen que la actividad biológica sea más lenta, que la mineralización sea diferente y que la dinámica de los nutrientes no tenga absolutamente nada que ver con la que conocemos en nuestros suelos santafesinos.

Y ahí comenzó otro aprendizaje.

Ellos mismos lo dijeron durante nuestra conversación: tuvieron que sacarse el chip de Santa Fe.

Porque no se podía llegar a Santa Cruz y simplemente copiar una receta de la región pampeana.

Las fechas son distintas. Los ciclos son distintos. Las temperaturas son distintas. Las labranzas son distintas. La disponibilidad de agua es distinta. Y, fundamentalmente, el período libre de heladas es muchísimo más corto.

Tan particular es el ambiente que me contaban que días atrás habían estado sembrando mientras nevaba.

Imagínense esa imagen: una sembradora avanzando por un lote y la nieve cayendo sobre el campo, en cercanías de algunos de los paisajes turísticos más impresionantes de nuestro país.

Sin embargo, esas bajas temperaturas también generan una ventaja importante. Durante el invierno se acumula agua en el perfil y, cuando llega el momento de implantar los cultivos, ese suelo puede comenzar la primavera con una reserva hídrica interesante.

La producción que vienen realizando es mayoritariamente en secano, es decir dependiente exclusivamente del agua de lluvia.

Por eso el manejo del agua es absolutamente estratégico. Cada labor tiene que estar pensada para perder la menor cantidad posible de humedad. No se trata de mover suelo porque sí. Se trata de intervenir cuando corresponde y conservar ese recurso para que el cultivo pueda completar su ciclo.

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Los primeros cultivos que comenzaron a mostrar resultados fueron avena y trigo.

Probaron cebada, centeno, triticale. Hicieron ensayos con arveja y lino. La camelina respondió muy bien e incluso realizaron estimaciones de rendimiento muy interesantes. Ahora están incursionando también con maíz.

Pero siempre con la misma filosofía: primero probar, medir y aprender. Después escalar.

Y acá quiero detenerme en algo que, para mí, es central para entender este proyecto.

Estos tres socios no llegaron a Santa Cruz a alquilar campos ni a reemplazar a los productores que históricamente trabajan esas tierras.

El modelo es otro.

Ellos buscan asociarse con los productores existentes.

El productor aporta la tierra y su conocimiento del establecimiento, del ambiente y de una región en la que muchas familias llevan generaciones produciendo. AgroCalafate incorpora conocimiento agronómico, planificación, administración, tecnología y un plan de manejo diseñado específicamente para cada situación.

No se trata solamente de sembrar un cultivo.

Se analiza el ambiente, se planifican las labores, se definen las especies, las fechas de siembra, la nutrición, el manejo del agua, la maquinaria y el destino final de la producción.

Es decir, se intenta construir una sociedad productiva donde cada parte aporte aquello que mejor conoce.

Y en este esquema aparece además un tercer actor fundamental: el Estado.

Porque producir el grano es solamente una parte de la historia.

Si sembramos trigo, avena, cebada o maíz en Santa Cruz pero después tenemos que subir esos granos a un camión y recorrer miles de kilómetros para encontrar un mercado, probablemente buena parte de la ventaja productiva desaparezca en el costo logístico.

Entonces aparece una idea mucho más interesante: transformar esos granos en el lugar donde se producen.

El productor aporta la tierra.

Los profesionales aportan conocimiento, administración, tecnología y planificación.

Y el Estado aporta o impulsa la infraestructura industrial necesaria para transformar esa producción.

Ahí es donde aparece la planta de alimentos balanceados.

Y esa planta puede convertirse en una pieza absolutamente estratégica para toda la región.

Porque Santa Cruz tiene una enorme tradición ganadera, especialmente ovina, además de producción bovina en determinados ambientes. Y uno de los grandes desafíos de cualquier sistema ganadero es garantizar alimento suficiente y de calidad durante todo el año.

En regiones con inviernos largos, bajas temperaturas y una producción forrajera muy estacional, mejorar la nutrición de los animales puede significar enormes diferencias en productividad.

Significa mejores ganancias de peso.

Mejor condición corporal.

Mayor capacidad para enfrentar los momentos críticos del invierno.

Mejor desempeño reproductivo.

Y, en definitiva, mayor eficiencia de todo el sistema ganadero.

Hasta ahora, buena parte de los alimentos concentrados o de las materias primas necesarias para complementar esas dietas deben recorrer enormes distancias.

Entonces la pregunta vuelve a ser muy sencilla: si una parte de esos granos puede producirse allí, ¿por qué no transformarlos allí mismo y utilizarlos para alimentar al ganado de la región?

Ahí es donde este proyecto deja de ser solamente una experiencia agrícola.

Se transforma en una propuesta de integración productiva.

Agricultura vinculada con ganadería.

Producción primaria vinculada con industria.

Conocimiento vinculado con productores locales.

Sector privado trabajando junto al Estado.

Y, sobre todo, agregado de valor en origen.

Porque un kilo de avena producido en Santa Cruz tiene un valor. Pero si ese kilo de avena se procesa, se combina con otras materias primas y termina formando parte de un alimento balanceado destinado a mejorar la productividad de un rodeo ovino o bovino, estamos hablando de otra cosa completamente diferente.

Estamos hablando de una cadena de valor.

Estamos hablando de que ese grano no necesita recorrer miles de kilómetros para transformarse.

Estamos hablando de generar actividad económica dentro de la propia provincia.

Y estamos hablando de producir alimento para producir más alimento.

Para esta campaña, durante nuestra conversación, los tres hablaban de una planificación que puede alcanzar aproximadamente las 550 hectáreas entre diferentes planteos, y ya llevaban cerca de 300 hectáreas implantadas. Parte destinada a granos y otra parte a producción forrajera.

Si uno lo compara con las enormes superficies agrícolas de Santa Fe, Córdoba o Buenos Aires, puede parecer pequeño.

Pero para un lugar donde hace apenas algunos años prácticamente nadie imaginaba una cosechadora trabajando en estos cultivos, significa muchísimo.

Y la logística merece un capítulo aparte.

Ellos compraron maquinaria y decidieron llevar una cosechadora hacia el sur. Estamos hablando de mover fierros durante miles de kilómetros. Sembrar, fertilizar, cosechar, conseguir repuestos, organizar personal y hacer funcionar una empresa en un lugar donde la red de contratistas y proveedores que nosotros tenemos prácticamente a la vuelta de la esquina no existe con la misma densidad.

Por eso tampoco alcanza con mirar exclusivamente el rendimiento.

Hay que mirar todo el sistema.

Un trigo puede producir muy bien, pero si después tenemos que transportar ese grano miles de kilómetros para venderlo, probablemente perdamos buena parte de la ventaja.

Por eso el verdadero futuro puede estar en agregar valor en Patagonia.

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Harina patagónica. Avena procesada. Cebada para algunas de las cervecerías artesanales de la región. Y, fundamentalmente, alimentos balanceados destinados a la producción ganadera.

Transformar el grano antes de subirlo a un camión.

O mejor todavía: producirlo, transformarlo y consumirlo dentro de la misma región.

Ese círculo productivo quizás sea una de las partes más interesantes de esta historia.

También me llamó mucho la atención otra característica de estos primeros años. Hasta el momento encontraron muy poca presión de insectos y enfermedades y relativamente pocos problemas de malezas.

Pero ellos mismos son prudentes.

El sistema recién empieza.

A medida que aumenta la superficie cultivada también pueden aparecer problemas que hoy todavía no existen. Y probablemente esa sea una de las mayores responsabilidades de quienes están abriendo una nueva frontera productiva: aprender de los errores que cometimos en otras regiones.

Producir, sí.

Pero hacerlo con conocimiento.

Cuidar el suelo.

Cuidar el agua.

Diseñar rotaciones.

Evitar degradar un recurso que tardó miles de años en formarse.

Y, sobre todo, comprender que ese ambiente tiene sus propios límites.

Apenas cien kilómetros pueden cambiar completamente las precipitaciones, los suelos, la presencia de piedras, el viento y la posibilidad de hacer agricultura.

No existe una receta para “agriculturizar Santa Cruz”.

Existen ambientes con potencial que primero hay que estudiar.

Y tampoco se trata de llegar desde afuera a apropiarse de la tierra productiva.

Este modelo propone algo diferente: trabajar junto al productor que ya está allí.

Ese productor conserva su tierra y sigue siendo protagonista del sistema. A ese conocimiento local se le suma agronomía, administración, planificación y tecnología. Y cuando además existe una política pública capaz de generar la infraestructura necesaria para industrializar esa materia prima, comienza a aparecer algo mucho más importante que un cultivo aislado.

Aparece desarrollo.

Eso quizá sea lo más valioso de lo que están haciendo estos tres profesionales formados en nuestra universidad pública santafesina.

No fueron a decirle a la Patagonia cómo tenía que producir.

Fueron a preguntarle qué les permitía producir.

No fueron a reemplazar al productor.

Fueron a asociarse con él.

Y tampoco pensaron la agricultura separada de la realidad productiva de Santa Cruz.

La pensaron como una herramienta para fortalecer algo que esa provincia conoce desde hace muchísimo tiempo: la ganadería.

Cuando les pregunté cuál era su objetivo a largo plazo, Nicolás me dijo que imaginaba una Patagonia mucho más verde dentro de diez o quince años.

No necesariamente cubierta de agricultura, sino con mayor producción, tecnología, forrajes, alimentos e industrias capaces de aprovechar recursos que hoy permanecen subutilizados.

A mí esta historia me dejó pensando.

Tres jóvenes se conocieron estudiando en la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional del Litoral, compartieron laboratorios, trabajos, conocimientos y amistades. Años después, uno miró una alfalfa creciendo en una banquina patagónica y se preguntó si del otro lado del alambrado podía hacerse algo más.

Después llegaron los ensayos.

Después las hectáreas.

Después la sembradora.

Después una cosechadora viajando hacia el sur.

Y hoy, mientras detrás de algunos lotes aparecen montañas, glaciares y algunos de los paisajes más impactantes de nuestro país, hay trigo, avena y otros cultivos creciendo donde hasta hace poco casi nadie imaginaba verlos.

Pero tal vez la innovación más importante no sea solamente que allí pueda crecer un cultivo.

La verdadera innovación puede estar en el modelo.

Un productor que pone su tierra y continúa siendo protagonista.

Tres profesionales que aportan conocimiento, gestión, planificación y tecnología.

Un Estado que genera la infraestructura necesaria para industrializar esos granos.

Una planta que los transforma en alimento balanceado.

Y un ganado santacruceño que puede recibir una mejor alimentación utilizando materia prima producida a pocos kilómetros.

Eso es integración.

Eso es agregado de valor.

Y eso también es pensar el desarrollo de un territorio.

El campo argentino es mucho más que soja, maíz y trigo en la región pampeana.

Es arroz en San Javier, producción en los valles, ganadería en zonas difíciles, agricultura en la Patagonia y profesionales que se animan a preguntarse si aquello que nunca se hizo realmente no se puede hacer o simplemente todavía nadie lo intentó.

Tomás Ciurlanti, Nicolás Zuber y Ricardo Coggiola están intentando responder esa pregunta.

Y lo están haciendo de la mejor manera que conoce la agronomía: observando, ensayando, midiendo, asociándose con quienes conocen el territorio, aprendiendo y recién después avanzando.

Quizás las nuevas fronteras productivas de la Argentina no estén esperando que alguien llegue con todas las respuestas.

Quizás estén esperando que productores, profesionales, industria y Estado se sienten alrededor de la misma mesa y comiencen a hacerse las preguntas correctas.

Nos encontramos el próximo sábado para seguir recorriendo juntos las historias, los desafíos y las enormes posibilidades que tiene el campo argentino.

Autor

  • Catalina Juliá

    Ingeniera Agrónoma, nacida en María Juana, pero desde hace 14 años vivo en San Justo, lugar que hoy siento como propio porque formé mi familia y también me desarrollé como profesional. Mi cercanía con el campo empezó desde muy chica. Vengo de una familia con raíces profundas en la actividad agrícola tambera, iniciada por mi abuelo, que llegó desde España.

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