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Gustavo Díaz, la historia en detalle de uno de los santafesinos que regresó de Malvinas

Una entrevista a fondo con uno de los veteranos santafesinos de la guerra de Malvinas, oriundo de la localidad de Vera, al cumplirse un nuevo aniversario del conflicto bélico en el que perdieron la vida en combate 649 argentinos.

— Por Juan José Storti - Publicado originalmente en 2015

VIERNES 02 DE ABRIL DE 2021

“Afortunadamente yo volví y puedo contarlo”. Aunque si fuera una película seguramente este sería el desenlace, las primeras palabras de Gustavo Díaz, oriundo de Vera, localidad del norte santafesino, son premonitorias de lo que vendrá. Una charla compleja, rebalsada de emociones y de recuerdos encontrados que vuelven a la vida en la memoria y el corazón de nuestros veteranos cada vez que algo roza su profunda identidad malvinense. Las cursivas son del autor.

- En el año ’81 concurría a hacer el servicio militar obligatorio. Transcurrido ese año, nunca se sospechó sobre el hecho de una guerra, pero algunos oficiales hacían comentarios donde se podía entrever que esto no terminaba; que si bien nuestro servicio finalizaba, probablemente volveríamos al siguiente año. Para qué, no sabíamos, pero ya lo venían anunciando, sobre todo a los que estuvimos los últimos días de noviembre en el regimiento. Algo nos dejaron entrever pero no el por qué, ni cuándo, ni cómo. Fue en una discusión que tuve con un oficial. Yo ya estaba saliendo de baja del servicio. Me tocó y me dijo ‘ya nos vamos a ver las caras’.

Al año siguiente, en enero o febrero, estaba haciendo los cursos de ingreso en la universidad de Resistencia e incluso ingresé con uno de mis mejores compañeros, un camarada del servicio militar que me invitó a estudiar al Chaco, Osvaldo Buster. Estando ya en la facultad nos enteramos de la toma de Malvinas. Por supuesto no sabíamos absolutamente nada. Los medios de comunicación de la época no eran los medios de comunicación de hoy. Nosotros no teníamos ciertos medios como para estar informados de  lo que estaba ocurriendo ni siquiera en el país.

Aparte, el contexto histórico y el momento que se vivía en el año ’82 no eran los mejores para el país. Se ocultaba toda la información. Un gobierno militar que venía en franca caída y nosotros poca información del tema. Había gente que inclusive ni sabía que había desaparecidos.

-¿Cuándo le comunican que va a viajar a defender la patria y cuándo se embarca hacia Malvinas?

- Las comunicaciones son así: Por radio convocaban a todos los ex conscriptos clase ’62 para que concurran a sus unidades de combate, a sus regimientos para incorporarse a las listas para ir a Malvinas. Después venían los comunicados escritos a la casa de cada uno de los soldados para que se presenten. Ese fin de semana particularmente charlamos con mi compañero. Le dije ‘vamos a ir pero vamos a presentarnos el día lunes’. El viernes acomodamos más o menos nuestras cosas allá, porque no era abandonar todo y salir. ‘Pasa el fin de semana con tu familia, yo voy a hacer lo mismo con la mía y el lunes nos encontramos en el puerto de Reconquista’.

Teníamos que cruzar en balsa hasta Goya porque nosotros hicimos el servicio en el Regimiento de Infantería 12 que tiene asiento en la ciudad de Mercedes, Corrientes. Ahí hicimos el servicio militar, ahí nos teníamos que presentar. Fuimos ese día lunes. Nos presentamos y automáticamente pasamos a la sección Corte de Peluquería, nos cortaron el pelo y nos uniformaron. Fue una cosa relámpago, muy rápida. Me dijeron ‘usted a partir de este momento es  soldado’, me dieron mi destino dentro de una compañía nueva de combate que se formó con todos los soldados que habían salido de baja y que retornaban al regimiento, la Compañía de Combate “C”.

Me proveyeron del arma. Fui solo a buscarla, todo el mundo andaba a las corridas. Por el patio del regimiento cruzaba una vía. Al otro día pasó el ferrocarril y subimos todos los soldados. No sabíamos primero adonde íbamos, en el camino nos dijeron que nos llevaban a Paraná, allí había un aeropuerto. Esa misma madrugada cuando llegamos nos estaban esperando los camiones. Dormimos en unos galpones del aeropuerto, todo improvisado.

A la mañana temprano subimos todos a un avión que ya estaba listo, sin ningún  asiento, con todos nuestros pertrechos que eran: un casco, los elementos para dormir y para armar una carpa, nada más. Fuimos directamente a Comodoro Rivadavia. Eso transcurrió en 3 o 4 días. Luego nos trasladaron a una localidad que se encuentra a unos kilómetros al sur, Caleta Olivia. Nos instalamos ahí con nuestro regimiento e hicimos algunos ejercicios de combate para ir ajustando algunas piezas y entrar en entrenamiento.

A la semana, aproximadamente el 23 de abril yo toco tierra de Malvinas, uno pierde un poco la noción del tiempo. No teníamos la tecnología de ahora, no teníamos un reloj, por ejemplo, para tener idea de qué día estábamos viviendo. Uno va sacando la cuenta aproximada. Del 20 al 23 de abril aterrizamos en Puerto Argentino (La capital de las islas en la Isla Soledad, única ciudad del archipiélago de más de 2.000 habitantes). Permanecimos una noche y un día completo en ese lugar hasta que nos llegó el primer traslado de destino dentro de Malvinas. Nos movilizaban continuamente a las zonas aledañas de esa ciudad cabecera. Nos establecimos ahí 3 o 4 días.  

Una semana después, viajamos hasta lo que hoy se conoce como Pradera del Ganso (Goose Green), es ahí donde tengo mi destino final. (Allí se produce el primer enfrentamiento  terrestre en las islas luego de la Batalla de San Carlos, conocido como la Batalla de Pradera del Ganso. Del combate participaron los regimientos agrupados como “Fuerza de Tareas Las Mercedes” bajo las órdenes del Teniente Coronel Ítalo Piaggi, entre los cuales estaba el Regimiento 12 del que Díaz formó parte).

Llegamos aproximadamente el 25 de abril hasta el 26 o 27, donde ya se produjeron algunos bombardeos. Apenas llegamos, al otro día, comenzó lo que se llama el conflicto armado en Malvinas. La flota británica ya estaba cerca y comenzaban con las tareas de hostigamiento a las tropas argentinas que ya estaban en el asentamiento.  

El hundimiento del Belgrano es el 2 de mayo, días después. Ahí ya no hubo vuelta atrás. Prácticamente no había vuelta atrás al otro día que se tomó Malvinas. Aquel día la gente salió a la calle. (Es allí donde perdió la vida el marino oriundo de “El Cerrito” Alcides Gómez, paraje del norte santafesino en el departamento Vera, popularmente conocido como Soldado Gómez).

Gustavo se emociona cuando cuenta por qué siempre fue tan importante el tema de Malvinas y da las razones: siempre se lo trabajó mucho desde la escuela, siempre se celebró el día de la soberanía. “Se trabajó mucho el tema”, recuerda.

Para los que fuimos siempre a la escuela en aquella época, Malvinas era una cuestión muy vivida. Jugaron con una cuestión del corazón de los argentinos. El tema pasaba por la forma en que nos criaron y nos educaron, a través de los recordatorios que nos hacían periódicamente, más lo que se charlaba en la casa con los mayores, siempre en alguna casa se charló sobre el tema. La cuestión Malvinas siempre estuvo latente en la comunidad argentina. Jugaron con esa cosa también. Como jugaron con el mundial de fútbol anteriormente.

-En los medios locales se instaló la versión del “Estamos Ganando” que quedó patentizado en la tapa de la Revista Gente y en muchos diarios. ¿Cómo se vivía eso en las Islas? ¿Cuál era el estado de ánimo de los soldados?

-En esos días teníamos una sola radio y  la tenía un sargento que estaba a cargo de nuestra fracción, uno de los que quedaba casi permanentemente con nosotros, donde escuchábamos la información vía radio uruguaya de lo que ocurría con los combates. Por supuesto que era distinta la información. Ahí se comprende cómo se usa la propaganda en tiempos de guerra y sobre todo cómo es el manejo de la información por parte los gobiernos militares.

Toda la información la recibíamos vía Uruguay, de Radio Carve, de Radio Colonia. De toda la otra información me enteré cuando volví al continente y después con los años me fui informando siempre, nunca me quedé con lo que escuché una vez, ni de un lado ni del otro. Aparte la experiencia de vida despierta un interés natural sobre el tema.

A mí me hicieron preguntas cuando volví que yo ni sabía. Por ejemplo, Los Gurkas, una fracción de combatientes que tenían los británicos, yo ni sabía qué eran. Había sido que los Gurkas actuaban para el imperio británico, nosotros no tuvimos nunca contactos con ese tipo de combatientes.

-¿Cómo recibieron la información de la rendición del país? ¿Era algo que se estaba esperando?

-Internamente los combatientes, en algunos casos, sí. Una cosa es el deseo y otra cosa es la realidad. Nosotros no veíamos ningún avance dentro de Malvinas para decir que estábamos ganando. Le hundimos un barco, dos, tres, cuatro, pero los ingleses seguían avanzando. Bajas y combates hubo montones, muertos por los dos bandos hubo muchos, hubo más bajas inglesas que argentinas inclusive. Pero el avance es lo que indica que uno está por encima del otro, no importa la cantidad de bajas.

Internamente algunos soldados se daban cuenta de que había cosas que indicaban que no era factible el triunfo bélico en ese momento. (Aquí Gustavo resalta la palabra bélico, como queriéndolo diferenciar del triunfo absoluto sobre las islas, cosa que no se logró, no caben dudas).

El soldado lo toma con mucha tristeza. Son sentimientos muy encontrados. Por un lado se terminaba el sufrimiento de estar ahí y por otro lado la gran tristeza como un sentimiento de culpa por haber “fracasado”, por decirlo de alguna manera. Porque era un fracaso liso y llano en términos militares y como que nosotros éramos los culpables.

Diario Clarin – 15 de Junio de 1982, dos días después de la llegada de los combatientes a la Argentina


Hay sectores que dijeron ‘con estos pibes cómo vamos a ganar una guerra’, no te digo toda la sociedad, ni todo el pueblo argentino. Hoy todavía un combatiente conscripto de Malvinas es denominado ‘un chico de la guerra’. Después reconocieron que llevaron personal en malas condiciones.

Si yo te llevo a vos para cumplir una misión y vos no la cumplís y después digo que vos estabas mal preparado, vos me estás echando la culpa a mí de algo que vos no hiciste. Y en realidad lo que estoy haciendo es echándome la culpa a mí mismo por no haberte preparado para tal o cual misión, función o trabajo. Entonces ¿De quién es el problema? ¿Quién tiene la culpa? Y, yo otra vez.

¿Quién va a ser el inepto o el que no estaba al tanto de lo que estaba pasando? Era yo, si yo era tu jefe, yo soy el que te mandé. Esa es la culpa que nos quisieron imponer a nosotros y de hecho durante varios años dio resultado porque los combatientes no salimos casi nunca a hablar del tema. Hace muy poco que los combatientes hablan del tema. Las organizaciones vinieron bastante tiempo después de terminada la guerra.

Desde algunos sectores de la sociedad fuimos rechazados. Había algunas leyes que nos favorecían en cuanto a conseguir trabajo y algo más, pero no se cumplieron en realidad. Si no preguntale a todos los organismos oficiales que pasaron, llámese bancos, empresas de la provincia, empresas nacionales, si cumplieron alguno de esos requisitos. En algunos, muy pocos casos si se hicieron cargo pero la mayoría no.


-¿Cómo fue la vuelta al país y la reinserción en la sociedad?


-Una vez que caímos prisioneros estuvimos varios días en la bahía de San Carlos, primero en tierra y luego en un barco. Ahí se juntaron alrededor de 1056 soldados prisioneros, el barco se llamaba Nordland Hill, un barco de la marina que lo usaban como depósito. En ese barco regresamos a Montevideo. Nos recibieron los delegados de Cruz Roja Internacional, nos hicieron una serie de preguntas en cuanto al trato del soldado una vez prisionero. Y después nos liberaron para que volvamos definitivamente a Argentina.

Barco de la Marina inglesa Norland que trasladó a los prisioneros argentinos desde Malvinas a Uruguay


Nos trajeron unos lanchones grandes que son del  ejército. Llegamos al astillero Río Santiago a la madrugada. Fuimos transportados todos de noche. Llegamos aproximadamente 11 o 12 de la noche a Montevideo, después que pasamos todos los trámites nos trasladaron a la argentina en esos buques y desde el astillero Rio Santiago tuvimos que esperar hasta el horario que comenzaba el mundial de España, el 13 de junio del ’82.

Esperaron que comience la parte de la ceremonia inaugural del mundial, más el partido de fútbol de Argentina. Ahí fue cuando todo el mundo se enfocó en el partido. Cuando atravesamos todo Buenos Aires en colectivo hubo un operativo donde cortaron todos los semáforos. Cortaban las calles y pasaban las caravanas de colectivos con todos los soldados combatientes. Las únicas personas que nos vieron fueron los que habitaban en el astillero, hasta que llegamos a Campo de Mayo.

Tapa del diario Clarín del 13 de junio, día en que los soldados eran trasladados en colectivo por  Buenos Aires


Volvimos en el más completo de los silencios, de noche primero y en un horario bastante acomodado, al otro día cuando nos trasladaron a Campo de Mayo. En Campo de Mayo uno de mis hermanos, que en ese entonces vivía en Buenos Aires, me fue a visitar y obviamente se lo negaron.

Le dijeron que ahí no había ningún soldado que haya regresado de Malvinas y menos con ese nombre y con ese regimiento. Así volvimos. (Narra emocionado, en un hondo silencio, casi tan insondable como el de aquella noche en esa larga vuelta de Malvinas a Uruguay y de Uruguay a Argentina. A partir de allí, el sonido del segundero del reloj se vuelve por momentos protagonista, llenando los vacíos que genera la emoción del relato).

Eso fue la primera vuelta. Cuando llegamos a nuestro Regimiento también salimos de noche de Campo de Mayo en un tren que pasó por adentro. Nadie se enteró que nosotros estábamos ahí, nadie se enteró que pasamos por tres provincias, porque salimos de Buenos Aires, pasamos por Entre Ríos, atravesamos casi todo Corrientes hasta llegar a Mercedes, donde estaba nuestro regimiento. Nadie se enteró.

Llegamos a nuestro regimiento, estuvimos varios días ahí hasta que el fin de semana nos dieron un rato de esparcimiento y pudimos llamar por teléfono a nuestras casas. En aquella época no era fácil llamar por teléfono. No había los medios que hay hoy. Con suerte había 50 o 100 teléfonos en todo Vera. Era otro mundo, otra realidad. La información estaba bien filtrada.

-¿Cuándo se enteraron en su casa que había regresado?

En mi casa se enteraron que regresé con vida 10 días después que volví de Malvinas. Todas las cartas que me escribí con mi mamá, no me llegó ninguna. A todas mis cartas me las entregaron en el Regimiento. Mamá las tenía guardadas, ella falleció hace unos años, no sé dónde estarán las cartas. Tengo por ahí algunos documentos de ese tipo.

Estando en Malvinas me escribía con una señora de Buenos Aires que era directora de una escuela de apellido Corbacho y el esposo era Otamendi. Perdí esa documentación por los años que pasaron. Como no tenía comunicación con mi familia empecé a escribirle a esta señora y gracias a ella mi mamá tenía noticias mías. Malvinas – Buenos Aires – Vera, ese era el recorrido.

¿Quién atiende en Buenos Aires? –Dios. No cambió la historia.

¿Qué le pasa cuando le digo la palabra RECONOCIMIENTO? ¿Cree que se ha avanzado en los últimos años en materia de reconocimiento de la lucha del veterano de guerra?

Hay que pensar qué significa el reconocimiento. Si vos me decís la ciudadanía, sí. Nuestros compatriotas, sí. A nivel de reparaciones de los gobiernos, hay sectores que te van a decir ‘sí, fueron reparados’. Se reconoció al veterano, sí. A los caídos en combate, sí, hay monumentos que recuerdan lo que pasó, sus nombres y se mantiene viva la llama por ese lado.

Hay otros sectores que te van a decir ‘No, falta todavía todo un reconocimiento sobre el combatiente que somos los que vivimos’. Qué pasó durante esos 10 años que no hubo ningún tipo de atención ni acercamiento a ese sector de la población que estuvo ahí, que somos a los que nos tocó ir por una cuestión histórica.

Yo no pedí ir a Malvinas, nos mandaron. Si bien nosotros nos presentamos espontáneamente porque era nuestro deber, nuestra obligación; pero fue nuestra generación la que fue. Si llamamos ‘reconocimiento’ a la pensión que se les da hoy al veterano de guerra, si eso se llama reconocimiento en eso estamos bien, podemos vivir con eso.

Hoy un veterano de Malvinas, en general, cobra dos pensiones de guerra, una provincial y otra nacional, aunque no en todas las provincias pasa lo mismo.

El otro reconocimiento pasa por el trabajo. Yo no pedí una pensión, yo pedí trabajo. Cuando volvimos queríamos laburar, teníamos 20 años, queríamos que se nos den las oportunidades. Se sancionaron leyes, pero ¿Se cumplieron? ¿A eso le llamamos reconocimiento? Hay que poner en una balanza a qué le llamamos reconocimiento.

Algunos lo que quieren es plata, otros te dicen que el reconocimiento histórico pasa por otro lugar.

¿Qué cree que falta para que se haga más amplio y más real este reconocimiento?

No sé si soy el indicado para decirte que creo que falta. Una vez un soldado le dijo a un ciudadano ‘cuando estuve allá no me mandaste un barco para volver, sin embargo, me mandaste chocolate y me mandaste abrigo para que me siga quedando’, dice entre lágrimas. No sé si cada ciudadano actuó de acuerdo a las circunstancias lo que creyó que era conveniente en ese momento.

¿Qué le hace falta a un soldado? ¿Abrigo? Sí. Le hace falta contención, ¿Se le mandó palabras de aliento? Sí, se apoyó. Pero nosotros no lo vimos. A todo lo que nos mandaron no lo vimos. ¿Qué falta? ¿Reconocimiento? Sí, por parte de toda la sociedad. Tenemos más suicidados que caídos en propio combate, eso te da una idea cuál es el problema. ¿Qué está faltando? ¿Escuchaste a alguien decir eso?, entonces sí, falta reconocimiento. No una remuneración monetaria. No quiero herir a nadie pero hay mucha bronca dentro del soldado. Ustedes no se imaginan lo que vivió y lo que padeció durante 30 años. Los primeros 10 años fueron terribles. Los que estuvimos en Malvinas y dijimos que estuvimos, no conseguimos trabajo.

Hasta ese punto llegó este relato de Gustavo, una narración coincidente con los cientos de jóvenes, héroes de la patria, que se enfrentaron valientemente contra una de las primeras potencias del mundo. Los que le dieron batalla a Gran Bretaña en una guerra que no eligieron, enviados por un gobierno que no eligieron, saben que la historia no terminó allí y que los relatos no tienen un punto final. Como tampoco lo tiene el sentir de un veterano, que jamás claudicará en su guerra interior, la más violenta guerra que perseguirá hasta el fin de los días: la batalla contra la indiferencia, esa lucha que libran todos los días de su vida para lograr el reconocimiento justo que convierta la expresión ‘Héroes de Malvinas’ en una realidad completa e inclusiva.

A la memoria del soldado Alcides Gómez.

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