Hola, mis queridos lectores de LT9. ¿Cómo están?
Hoy me siento a escribirles con los ojos llenos de lágrimas, porque quiero contarles sobre esos días de campaña, sobre los días de levantar la cosecha… sobre la verdadera fiesta del campo.
Lo que se vive durante la cosecha es una experiencia que esperamos todo el año. Es el momento de recoger los frutos del esfuerzo, del monitoreo constante, de mirar al cielo pidiendo que llueva… o, como pasó este año, que deje de llover. Es el momento de la verdad, de ponerle números a la ilusión y conocer los rindes.
En el campo hay de todo: equipos de cosecha chicos y grandes; algunos que trabajan cerca de su pueblo y otros que recorren el país de sur a norte siguiendo la madurez de los cultivos, haciendo miles de kilómetros. Hay productores que contratan el servicio y otros que tienen maquinaria propia. Hay contratistas que solo cosechan y otros que también siembran.
Pero, sin importar cuál sea la situación, cada vez que una cosechadora entra al lote pasa algo especial. Es una alegría difícil de explicar en palabras.
Arrancar la cosecha significa mucho. Es la combinación justa de factores que, para los que vivimos esto, se vuelve casi natural: que el cultivo esté en su punto, que el contratista tenga disponibilidad, que el día acompañe con sol, que la logística funcione —camiones en el lote o la embolsadora lista— y, sobre todo, que la humedad sea la indicada.
Y después está lo humano.
Porque en los días de cosecha se viven cosas únicas: esos guisos de casilla, el asado con la parrilla bajo algún árbol, la visita de los chicos que se mueren por dar una vuelta en la cosechadora, o la llegada de la patrona con el mate para compartir un rato. Porque en campaña, los que estamos en el campo pasamos pocas horas en casa… si es que tenemos la suerte de volver todos los días. Muchos pasan meses lejos de casa.
La campaña arranca de a poco, pero llega un momento en que hay cosechadoras por todos lados. Y ahí, ahí se pone linda la cosa. El campo se llena de gente: productores, contratistas, mecánicos, camioneros. Se llena de movimiento… y de luces que, vistas desde la ruta, arman un paisaje hermoso.
“Che, arrancó el vecino… capaz ya podemos empezar”, dice el maquinista. Porque cada minuto cuenta. Cada minuto suma hectáreas. Y al final del día, el que más hace, más cobra. Aunque también es cierto que las roturas y el clima suelen marcar el ritmo.
Y están los que cosechan semilla, que muchas veces —aunque con resignación— tienen que esperar. Porque el grano húmedo no sirve, y mientras tanto ven cómo el de al lado “tumba hectáreas”.
No todo es fácil. Cuando una máquina se rompe, aparece el verdadero carácter del contratista. Si el repuesto está a mano, se resuelve rápido. Sino, empiezan los mensajes: “No mandes el camión, se rompió la máquina” o “Traé la embolsadora que vamos a embolsar”. Y ahí, la tensión se siente.
También hay momentos incómodos: cuando el encargado ve algo que no le gusta, cuando se cosechó de más y el rocío deja en evidencia las atoradas, o cuando los “flecos” muestran que alguien se apuró de más. Entonces, se vuelve a hablar y a ordenar cómo se hacen las cosas.
El transporte también tiene lo suyo. Para muchos, cada viaje al puerto es clave. Y aparecen esas frases que quedan para siempre: “Fijate bien que ya tenés que ver la polvareda”, te dicen… y el camión todavía está a 50 kilómetros. La falta de camiones puede frenar todo, pero también están los que saben que la cosecha no se detiene: tienen el silo bolsa listo y siguen adelante.
Y en medio de todo eso, quedan las historias.
Recuerdo una noche de otoño, cerca de las 22. Hacía un frío tremendo y yo estaba sola en la balanza. Un chofer me dejó su garrafa para que pudiera calentar un poco la oficina. Otro día, recorriendo los equipos de noche para ver cómo venía el trabajo, me esperaban con un té caliente y unas masitas. Afuera, la luna iluminaba la cosecha.
¿Cómo no contar las charlas entre maquinistas y tolveros? Las imitaciones al patrón, los cuentos exagerados, las risas en los tiempos muertos. O ese momento en que la cosecha se termina y aparece el asado, el pan fresco, la ensalada… y todo lo que fue duro se transforma en anécdota.
Podría seguir horas. Porque hay tantas vivencias, tantas formas de vivir la cosecha, que no alcanzan estas líneas.
Solo me queda decir gracias. Gracias a todos los que alguna vez compartieron una campaña conmigo, y a cada persona que forma parte de esta tarea tan noble a lo largo y ancho del país.
Bueno, mis queridos lectores, ojalá haya podido transmitirles aunque sea un poquito de lo que sentimos en cada cosecha. Nos encontramos el próximo sábado para seguir descubriendo juntos el campo argentino.





















