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Agronomía

No hay excusas: este invierno hay que sembrar.

El invierno suele ser visto como una pausa en el sistema productivo, pero desde el punto de vista del suelo no debería serlo. Dejar un lote sin cobertura durante esta época implica exponerlo al impacto de las lluvias, aumentar el riesgo de erosión, perder humedad por evaporación y reducir la actividad biológica.

Hola mis queridos lectores, ¿cómo están? Hoy quiero invitarlos a pensar el suelo desde un lugar distinto. No como un simple soporte donde sembramos, sino como un sistema vivo, dinámico, que respira, que se alimenta y responde a cada una de nuestras decisiones productivas. En un contexto donde los márgenes son cada vez más ajustados y cada decisión cuenta, muchas veces el invierno aparece como una oportunidad para “descansar” los lotes. Sin embargo, la evidencia agronómica y la experiencia a campo nos muestran exactamente lo contrario: dejar el suelo desnudo tiene más costos que beneficios. Por eso hoy vamos a hablar de algo clave, silencioso pero determinante: las raíces, y de la enorme importancia de mantenerlas activas durante el invierno mediante la implantación de algún cultivo.

Cuando un lote queda sin cultivo, lo que vemos es simplemente suelo con rastrojo. Pero lo que no vemos es lo que más importa: un sistema biológico que se detiene. Un suelo sin raíces activas pierde su principal motor biológico. Las raíces no solo sostienen a la planta, sino que son el vínculo directo entre el cultivo y la vida del suelo. A través de ellas se liberan exudados, compuestos orgánicos que alimentan microorganismos, estructuran el suelo y generan fertilidad natural. Sin raíces, ese flujo se corta. Y cuando se corta, empiezan los problemas: disminuye la actividad microbiana, se pierde estructura, aumenta la compactación, se incrementa la erosión y se reducen los niveles de materia orgánica. En pocas palabras, el suelo se “apaga”.

Podemos pensar a las raíces como verdaderas ingenieras del suelo. Su rol va mucho más allá de absorber agua y nutrientes. Mejoran la estructura generando poros, rompen capas compactadas y favorecen la infiltración. Alimentan la biología del suelo a través de exudados que sostienen bacterias y hongos. Capturan nutrientes que de otro modo se perderían, especialmente nitrógeno, y además contribuyen al secuestro de carbono, aumentando la materia orgánica. Todo esto ocurre en silencio, debajo de nuestros pies, pero define gran parte del resultado productivo.

El invierno suele ser visto como una pausa en el sistema productivo, pero desde el punto de vista del suelo no debería serlo. Dejar un lote sin cobertura durante esta época implica exponerlo al impacto de las lluvias, aumentar el riesgo de erosión, perder humedad por evaporación y reducir la actividad biológica. Sin embargo, hay un argumento que muchas veces aparece para justificar esta decisión: el agua útil. El miedo a “consumir perfil” suele ser una de las principales razones para no sembrar en invierno.

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Ahora bien, si miramos el contexto actual, esa discusión merece ser revisada. Con las copiosas lluvias que se vienen registrando en muchas regiones del país, los perfiles se encuentran en condiciones muy diferentes a otros años. Y si a eso le sumamos un pronóstico climático que indica la posible entrada en un año Niño, en este escenario, dejar el lote descubierto significa desaprovecharla el recurso agua y la posibilidad de generar vida en suelo con un plus, la renta.

Un cultivo de invierno bien manejado puede transformar ese exceso o esa buena disponibilidad hídrica en estructura, en raíces, en cobertura y en salud del suelo. Puede ayudar a infiltrar mejor, a evitar pérdidas por escurrimiento, a sostener la biología activa y a llegar con un sistema mucho más equilibrado a la gruesa. Dicho de otra manera: no se trata solo de cuánta agua hay, sino de cómo la gestionamos.

Por eso, lejos de ser una limitante absoluta, el agua útil debería ser analizada en contexto. Y en el contexto actual, en muchas zonas, ya no hay excusas para no sembrar. Tenemos humedad, tenemos herramientas, tenemos conocimiento. Lo que falta, muchas veces, es animarnos a dar el paso.

Cuando hablamos de sembrar en invierno, no necesariamente nos referimos solo a cultivos comerciales. Existen distintas alternativas según el objetivo productivo. Los cultivos de servicio como centeno, vicia o avena permiten mejorar el suelo, controlar malezas y aportar materia orgánica. Los cultivos comerciales como trigo, colza o carinata o camelina suman además una renta que puede mejorar el resultado económico del sistema.

Y así volvemos a la gran pregunta: ¿es rentable sembrar en invierno? Si miramos solo el corto plazo, puede generar dudas. Pero cuando analizamos el sistema completo, los beneficios son claros: mejor control de malezas, menor uso de insumos, mejor aprovechamiento del agua, mejores condiciones para los cultivos de verano y menor degradación del suelo. Es una inversión que muchas veces no se mide en una sola campaña, pero que impacta directamente en la productividad a mediano y largo plazo.

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Cada vez se habla más de sustentabilidad, pero en el campo sabemos que no es un concepto teórico, sino una necesidad concreta. Un sistema sin raíces durante varios meses al año es un sistema que se deteriora. Y recuperar un suelo degradado es mucho más caro que mantenerlo en condiciones. Los cultivos de invierno permiten reducir la huella ambiental, mejorar la eficiencia del sistema y aumentar la resiliencia frente a un clima cada vez más variable.

El desafío, entonces, no es solo técnico, sino también cultural. Implica dejar de pensar en campañas aisladas y empezar a pensar en sistemas. Entender que el suelo es nuestro principal capital y que cuidarlo es una decisión productiva, no solo ambiental.

Si hay una idea que me gustaría que nos llevemos hoy es esta: un suelo con raíces es un suelo vivo. Y un suelo vivo produce más, resiste mejor y tiene más futuro. El invierno no debería ser un tiempo muerto, sino una oportunidad. Y en el contexto actual, además, es una oportunidad que difícilmente se repita si no la aprovechamos.

La invitación es clara: miremos los lotes, miremos el perfil, miremos el pronóstico… pero sobre todo, animémonos a llenarlos de vida. Nos encontramos el próximo sábado.

Autor

  • Catalina Juliá

    Ingeniera Agrónoma, nacida en María Juana, pero desde hace 14 años vivo en San Justo, lugar que hoy siento como propio porque formé mi familia y también me desarrollé como profesional. Mi cercanía con el campo empezó desde muy chica. Vengo de una familia con raíces profundas en la actividad agrícola tambera, iniciada por mi abuelo, que llegó desde España.

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