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El folklore no está volviendo. Nunca se fue.

Tal vez lo que cambió no es el folklore, sino nuestra manera de escucharlo, de vivenciarlo, de transmitirlo.
El folklore es folklore, cuando está VIVO y se transforma.

Cada tanto alguien anuncia que el folklore murió, que ya no lo escucha nadie, que los jóvenes prefieren otros ritmos, que perdió la batalla contra los algoritmos erráticos y efímeros de la modernidad.

Convencida creo que el folklore está presente en una guitarra que alguien lleva a una reunión de amigos y cantan canciones sabiendo sólo algunas partes. En un chamamé que se entona en un patio soleado comiendo mandarinas con la abuela. En una peña barrial llena de bailarines deseosos de espacio para bailar con sus pañuelos al aire. En un festival de antaño que consagra artistas cada año. Cuando la familia se junta un domingo a comer y cantar. En una voz nueva que toma una vieja zamba y la canta como si acabara de descubrirla y la modula rara, a su antojo.

El folklore es algo cotidiano. Tal vez lo que cambió no es el folklore, sino nuestra manera de escucharlo, de vivenciarlo, de transmitirlo.

Porque el folklore no es solamente un repertorio tradicional de canciones, ni una colección de danzas, ni una postal de gauchos, pulperías y empanadas. No está encriptado en un museo protegido para que nadie lo toque. El folklore es folklore, cuando está VIVO y se transforma.

Y ahí aparece una de las discusiones más interesantes de estos tiempos: ¿qué significa hacer folklore hoy?

Durante mucho tiempo pareció que había una frontera bastante clara y dicotómica entre lo tradicional y lo nuevo. Por un lado, las formas conocidas, los grandes nombres, las voces que construyeron nuestra memoria musical. Del otro, los artistas que cruzaron otras fronteras, mezclaron otros sonidos, instrumentos y lenguajes. Como si una cosa fuera en detrimento de la otra. Quizás llegó la hora que esta división ya no tenga demasiado sentido.

Porque la tradición no se conserva solamente repitiéndola. También se la “traduce” cuando alguien la toma, la hace propia y la vuelve a poner en circulación.

La tradición también traduce: lo que fuimos, pero también lo que somos y aquello que, sin saberlo, seguimos llevando con nosotros. Está en las palabras que heredamos, en los gestos que repetimos, en las maneras de celebrar, de encontrarnos, de contar quiénes somos. La tradición no llega intacta. Viaja en el tiempo y, al pasar de una generación a otra, algo cambia. Cada época la mira desde su propio lugar, le agrega preguntas, le quita certezas, vuelve a interpretarla. No significa solamente conservarla. Es animarse a traducirla: llevarla de un tiempo a otro y encontrar en aquello que heredamos, un sentido nuevo.

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Quizás ahí esté su verdadera fuerza: en que la tradición no nos obliga a mirar hacia atrás; nos da una raíz desde la cual poder seguir caminando.

Entonces…ahí están los viejos cantores y poetas, que siguen funcionando como una especie de brújula. Atahualpa Yupanqui no solamente dejó canciones. Dejó una manera de mirar la vida. Mercedes Sosa no solamente interpretó autores: convirtió esas palabras en una voz capaz de atravesar generaciones. Armando Tejada Gómez, Hamlet Lima Quintana, Manuel J. Castilla, Julio Migno, Pedroni y tantos otros escribieron sobre el amor, la tierra, el trabajo, la injusticia, la soledad, el paisaje y la vida cotidiana. no es acaso lo que nsoa traviesa hoyyy

Nos dejaron canciones, pero también preguntas.

Y quizás por eso siguen presentes y pueden ser transmutados en las nuevas generaciones de artistas que se acercan al folklore desde lugares inesperados. Jóvenes que no necesariamente crecieron escuchando discos enteros de aquellos grandes maestros, pero que descubren una zamba, una chacarera, una vidala o una canción de raíz folklórica y encuentran allí algo que todavía les habla.

A ellos y sus abuelos.

A ellos y sus futuros hijos.

A veces la puerta de entrada ya no es un disco de vinilo. Es un video, una historia en instagram,  una guitarra y un cantor alrededor de una mesa, una comida, un celular captando el momento. Y eso también es el desafío del folklore en el siglo XXI: la capacidad que tiene la canción para viajar de un tiempo a otro (de un Carabajal a un Milo J)  y encontrar un nuevo intérprete, un nuevo público y hasta una nueva forma de sonar y ser escuchada y mostrada.

Entonces… ¿Qué es folklore “de verdad”? ¿Quién dice dónde termina la tradición y empieza la renovación?

¿Una chacarera deja de ser chacarera porque tiene una diferente producción musical? ¿Una voz joven remixada tiene menos legitimidad porque no suena como las voces que escuchábamos hace cincuenta años? ¿Una canción pierde su raíz porque incorpora elementos de otros géneros?

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Quizás, pienso, el folklore siempre haya sido mucho más rebelde de lo que creemos.

Las músicas y costumbres populares nunca permanecieron quietas. Se mezclaron, viajaron, incorporaron influencias, cambiaron sus instrumentos, su vestimenta, sus formas de interpretación y sus públicos. Esos referentes que hicieron historia, como tantos otros en la Argentina, también fueron revolucionarios en su época y trazaron nuevos rumbos.

Lo verdaderamente folklórico puede que no sea quedarse igual. Nunca lo quiso.

Quizás solo sea pertenecer. Y pertenecer no significa repetir. Significa poder decir: “esto también es mío y hoy quiero hacerlo así”.

Por eso me entusiasma ver nuevas generaciones acercándose al folklore sin pedir permiso. Jóvenes que cantan folklore, que bailan, que producen a su modo, que experimentan, que lo mezclan con otros lenguajes y que lo llevan a espacios donde antes no estaba, y se multiplica y expande.

Quizás se trate de descubrir cuánto folklore llevamos dentro sin darnos cuenta .Canciones que heredamos sin saber quién las escribió. Letras que aprendimos antes de entenderlas. Melodías que reaparecen en nuestra memoria muchos años después. Voces que quedaron asociadas a una época de nuestras vidas y nos erizan la piel al sonar por ahí, de pasada.

Eso también construye identidad.

Y ahí está la enorme responsabilidad —y al mismo tiempo la enorme libertad— de quienes hacen folklore hoy: recibir una herencia que es enorme, pero no sentirse obligados a copiarla. Sino ser capaces de de transformarla.

Los grandes maestros dejaron una puerta abierta.

Ahora les toca a las nuevas generaciones decidir qué hacer con ella.

Tal vez el folklore no necesite que lo salvemos.

Necesite que lo interpelemos.

Que lo canten los que vienen. Que lo discutan. Que lo mezclen. Que lo bailen. Que lo vibren en sus venas. Que lo transformen. Que se equivoquen. Que encuentren sus propias voces.

Porque mientras alguien pueda hacerlo, el folklore no será solamente pasado.

Será presente.

Y siempre seguirá teniendo algo para decirnos.

Los espero en ONDASTREAMING #LAPARIENTA

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